Los indestructibles lazos entre Costa Rica y Cuba

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Antonio Maceo fue una figura clave de Cuba que se instaló en Nicoya y que ayudó a cimentar los lazos entre la isla y Costa Rica. (Foto: martinoticias.com).

Por José Eduardo Mora
semanariou@gmail.com

Más allá de una política exterior del mandatario de turno, las dos naciones se reconocen mediante sus fuertes vínculos que abarcan la cultura, la historia y la influencia de sus pensadores y líderes.

A pesar de que el 18 de marzo de 2026 el Gobierno de Costa Rica, representado por Rodrigo Chaves, rompió relaciones con Cuba, después de que los vientos alisios soplaran fuerte desde Miami, los lazos culturales e históricos entre ambos países siguen intactos y sostenidos por una tradición que los respalda por más de un siglo.

La presencia de José Martí en dos oportunidades en momentos clave, en los que buscaba por diversos medios la independencia de su amada Cuba, la estadía en el país de Flor Crombet y de los hermanos Antonio y José Maceo, así como el intercambio cultural y político por más de 100 años, tras establecerse de manera formal relaciones en 1907, hacen que la decisión del gobierno de turno, abierta e incondicionalmente a los pies del imprevisible Donald Trump y, por ende, al imperio norteamericano, no tenga la fortaleza para romper los lazos que unen a las dos naciones.

Marlene Vázquez, directora del Centro de Estudios Martianos, fue una de las primeras voces en alzarse en contra de la medida, que recoge ecos de aquella otra que se diera el 10 de septiembre de 1961, cuando, por presiones de Estados Unidos, encontró en la débil y genuflexa Organización de Estados Americanos (OEA) el terreno fértil para llamar a la ruptura con el pueblo cubano.

Antonio Zambrana fue, en criterio del escritor y periodista Armando Vargas, “nuestro guía intelectual, genuino padre y maestro de la democracia y del republicanismo” costarricense. (Foto: La Información).

Para Vázquez, el elemento que une a Cuba y Costa Rica pasa por la figura excelsa del apóstol cubano: “Las dos visitas de José Martí a ese territorio (1893 y 1894) dejaron una huella perdurable en el imaginario costarricense, al punto de que se le rinde homenaje como si fuese uno de los próceres de esa tierra”.

Esa instalación en el imaginario martiano en un sector de la población costarricense pervive actualmente, aunque la cultura oficial haya tendido a relegar la presencia martiana a una nota marginal, situación que contrasta con la realidad.

“El 6 de julio de 1893, en compañía de Pío Víquez, visitó el hogar de la familia García Monge, e impresionó de tal modo al niño Joaquín, que este dedicaría su vida a la difusión y estudio de los ideales martianos y al servicio de la cultura nuestroamericana. El intercambio entre Cuba y Costa Rica, que había alcanzado un punto cenital en el siglo XIX, debido a la ya aludida presencia martiana, pero sobre todo al establecimiento de una nutrida emigración en la zona de Guanacaste y en otras regiones del país centroamericano, continuaría por otros cauces en el siglo XX. García Monge sería el propiciador, por excelencia, de ese diálogo intercultural, con su revista Repertorio Americano (1919-1958), de miras continentales y proyección universal. En sus páginas la obra de Martí y la cultura cubana en general fueron presencia asidua”.

En efecto, el establecimiento en Costa Rica de Crombet y los Maceo permitiría fortalecer el arraigo de lo cubano en el país y, de paso, evidenciaría el compromiso que en su oportunidad asumió esta nación centroamericana con la independencia de Cuba, aunque fuera de manera solapada para evitar desencuentros con España, como recientemente lo puntualizaba en un artículo el exministro de Cultura (90-94) Arnoldo Mora.

“La patria de Juanito Mora fue para los próceres cubanos su propia patria. Varias fueron las figuras destacadas que encontraron en Costa Rica un rincón fraterno; por lo que, agradecidos, nos compensaron con sus invaluables aportes”.

Aunque en el horizonte y por el desgaste que acarrea el fluir del tiempo las líneas entre Costa Rica y Cuba para algunos parezcan difusas, dado que hubo un amplio período con relaciones rotas (1961-2009), lo cultural y lo histórico se ha mantenido como una conexión indestructible en dos pueblos que venían de un tronco común: su liberación de la España imperialista y el abrazar el pensamiento, cada cual con sus matices, del libertador Simón Bolívar.

En ese sentido, en los lazos que han unido a ambos territorios, Vázquez ahonda en su artículo publicado en www.josemarti.cu: “Todo lo que puedo escribir desde el punto de vista histórico y literario palidece ante la emoción experimentada en octubre de 2013, cuando visité Costa Rica por primera vez, invitada como conferencista al encuentro internacional de Cátedras Martianas, en la Universidad de Costa Rica (UCR), sede del Pacífico. Me fue dado encontrarme con personas desconocidas, que me abrazaron espontáneamente porque llevaban en sus venas sangre cubana. Descendían de Flor Crombet, de los Maceo, de los Milanés, de Bayamo, o de los Odio, de Santiago de Cuba, y de otros que ahora no recuerdo, aunque los apellidos se hubieran perdido en la marea de la genealogía familiar.

Al visitar Nicoya, donde estuvo establecido Maceo con un nutrido grupo de cubanos emigrados, se repitió lo que ya había vivido en San José y en Puntarenas. Y la emoción creció aún más al entrar a la escuela, y encontrarme, en la dirección, con dos retratos enormes y hermosos, de Martí y de Maceo, dando la bienvenida a los visitantes”.

La historia de a pie. La que no figura en los libros oficiales de los Ministerios de Relaciones Exteriores, como el de Costa Rica, se ve aquí contrastada con un testimonio vivo de lo que significa el encuentro que a lo largo de la historia han mantenido cubanos y costarricenses, sobreponiéndose a los mandatos del gigante de las siete leguas, que también retratara Martí en Nuestra América.

Vázquez, como un sector valeroso de la población costarricense, sabe que entre la política oficial, dada a entreguismos temporales y sumisa a intereses ideológicos trumpianos, y a lazos establecidos a lo largo del tiempo, con la solidaridad de por medio, por ser dos pueblos de nuestra América, hay un ancla entre Costa Rica y Cuba que sostendrá la relación por encima de las mezquindades de turno.

Así lo resume Vázquez desde el Centro de Estudios Martianos: “Entonces, no es posible echar por tierra lazos de hermandad y recuerdos entrañables que han pasado de una generación a otra: perviven y se concretan en proyectos contemporáneos. Pasarán estos años oscuros de aislamiento, de neofascismo, de rupturas y posiciones lacayunas, pero no decaerán el afecto y la solidaridad entre nuestros pueblos. Están a salvo en toda esa historia compartida”.

Raíces profundas

El escritor y periodista Armando Vargas, autor de Idearium Maceísta y de La huella imborrable, este último sobre las dos visitas de Martí a Costa Rica, hizo un repaso, a petición del Semanario UNIVERSIDAD, de pasajes significativos entre cubanos y costarricenses.

“Nuestra nación ha recibido, a lo largo de los siglos, vitales influencias cubanas”, recordó, al tiempo que destacaba hechos significativos.

“Un gobernador habanero, Tomás de Acosta, introdujo el café a la entonces provincia española de Costa Rica. De la isla llegó el primer manual de caficultura, reeditado por la Imprenta La Paz (1834). El café transformó la más pobre colonia en una república viable”.

En el ámbito educativo, también, se hizo sentir la influencia cubana en Costa Rica: “El periodista y educador cubano Tomás M. Muñoz fundó el semanario ‘La Unión’ (1858) y estableció colegios en Cartago y San José: dirigió el San Luis Gonzaga (1885-1889)”.

Acontecimientos que ocurrieron en la isla tuvieron sus repercusiones en el territorio nacional, con el advenimiento de la migración procedente de la principal isla del Caribe, lo cual se aprecia en numerosos apellidos como lo precisa Vargas.

“Más de un centenar de familias cubanas se arraigaron en el Valle Central, a partir del estallido de la Revolución Cespedista por la independencia (1868-1878): Acosta, Agüero, Boix, Boza, Calleja, Calzada, Céspedes, Duque, Espinal, González, Granados, Martin —hoy Martén—, Mendiola, Miranda, Olivares, Pérez, Pochet, Prado, Renaud, Revilla, Rosabal, Santiesteban, Valiente, Varona, etc. Fue el comienzo de una inmigración que continúa”.

La idea fascista, que excluye al diferente, al extranjero, que no responde al molde que se ha establecido desde el poder, de nuevo, se contrapone a lo que dictan las realidades de los pueblos, que reclaman aquello que invocaba el poeta Jorge Debravo sobre la necesidad de prescindir de las falsas fronteras de los Estados como mecanismos de marginalidad del otro.

Vargas ejemplifica, con lujo de detalles, la relevancia de personalidades cubanas en el país: “El general Manuel Quesada Loynaz, primer jefe militar de la Revolución Cespedista —suegro de ‘Magón’ —, murió en puerto Limón y su tumba está en el camposanto de la capital. La familia Odio, originaria de Palma Soriano, ha dado al país un presidente de la República, un presidente de la Corte Suprema de Justicia y un arzobispo de San José.

Tres parientes y colaboradores de Carlos Manuel de Céspedes —el padre de la patria cubana— introdujeron el positivismo de Comte y de Littré en Costa Rica, verdadero marco ideológico del orden cafetalero. El profesor de filosofía José María Céspedes Orellano, el jurista Jorge Carlos Milanés Céspedes y el pedagogo Ramón Céspedes Fornaris fueron la vanguardia de un vigoroso foco seminal Cespedista. Don Ramón fue el maestro del presidente Rafael Iglesias”.

En esta vigorosa lista de acontecimientos que han marcado la historia entre los dos países, Vargas resalta el inmenso aporte intelectual de Antonio Zambrana.

“El constitucionalista y revolucionario cubano Antonio Zambrana fue, por tres décadas, nuestro guía intelectual, genuino padre y maestro de la democracia y del republicanismo. Reconocido como mentor por Cleto González Víquez, Ricardo Jiménez Oreamuno y la ‘Generación del Olimpo’. Nada menos que Mario Sancho le dijo a él: ‘Maestro, después del sol sois vos quien ha alumbrado más en Costa Rica’”.

Y de Maceo, en el que Vargas ha profundizado a través de sus investigaciones, acota lo significativo que fue la expedición que salió de Costa Rica para apoyar la independencia cubana.

“El héroe de la independencia cubana, general Antonio Maceo, vivió entre nosotros de 1891 a 1895, junto con un centenar de ‘mambises’. Fundó La Mansión de Maceo, distrito segundo de Nicoya. De aquí, partió la primera expedición armada que hizo posible la Revolución de Martí (1895-1898). Fue beneficiado por la política de solidaridad internacional del presidente José Joaquín Rodríguez. Cuando la Municipalidad de San José develizó en 1941 el busto suyo, el representante de Cuba en Centroamérica dijo que “Antonio Maceo será el punto de contacto imperecedero entre las repúblicas de Costa Rica y Cuba”.

Los lazos, no obstante, no acaban ahí, sino que todavía se pueden invocar acontecimientos que se ubican por encima de cualquier política circunstancial del gobernante del momento, como el caso de Chaves, que abraza a ojos cerrados el neofascismo promovido por Trump, quien ha roto el orden internacional en nombre de la política del petróleo y los drones que bombardean hospitales y escuelas en Oriente Medio.

“La influencia jurídica cubana es significativa: del ‘Código de Bustamante’ a la Constitución de 1940, referente del proyecto de la Constitución de 1949.

A través de las décadas, son miles los compatriotas que han estudiado las más diversas profesiones en la isla. Los matrimonios cubano-costarricenses se cuentan por cientos y la prole ‘cubatica’ asciende a millares”.

Incluso, en referentes culturales del país más específicos, subsiste la influencia cubana, no siempre identificada o reconocida.

“Ya se sabe que la ‘Patriótica Costarricense’ es el poema ‘A Cuba’ de Pedro Santacilia. Lo que no se ha dicho aún es que el ‘Corrido a Pepe Figueres’… es una melodía cubana, pero eso será otro día”.

Y todo lo anterior se hila con sutileza con la visita de Martí al país, mientras preparaba la guerra que buscaba liberar a su isla del yugo español.

“José Martí, vindicador de nuestra patria, nos visitó dos veces y dejó huella imborrable. Nos definió como ‘industriosísima colmena’ y, seducido por la pródiga naturaleza, nos llamó ‘república esmeralda’. En la Conferencia Internacional Americana (Washington, 1890), escribió: ‘Costa Rica se levanta y dice: pequeño es mi país, pero, pequeño como es, hemos hecho más, si bien se mira, que los Estados Unidos’”.

José Martí ha sido un puente indestructible entre Costa Rica y Cuba. Aquí fue fotografiado en La Florida, Estados Unidos, en 1892. (Foto: portal www.josemarti.cu).

En medio de ruptura

Por su parte, Mora recordó, en declaraciones para este reportaje, cómo en medio de la ruptura diplomática a mediados de la década del 70 se restablecieron vínculos con la Cuba liderada por Fidel Castro a nivel consular.

“Dichas relaciones datan de 1975, cuando el entonces presidente Daniel Oduber estableció relaciones diplomáticas a nivel consular, con el Gobierno revolucionario de Cuba presidido por Fidel Castro. Por su parte, el Gobierno cubano decidió crear en 1975, en San José, un Centro Cultural, con el fin de difundir la verdad de lo que en realidad era esa revolución y así desmentir la campaña difamatoria e infamante que los medios comerciales venían impulsando por presión y financiamiento del gobierno imperial norteamericano”.

En este contexto, Mora asumió un rol principal en ese ejercicio puente entre Costa Rica y Cuba: “Los partidos de izquierda e incluso de sectores progresistas del propio partido gobernante me designaron presidente de ese centro. En condición de tal, viajé a Cuba ese año y el siguiente, lo que me permitió conocer toda la isla, provincia por provincia. Dejé la presidencia en 1976, pero seguí colaborando activamente. Tuvimos mucha aceptación en todo el país”.

Ya en tiempos más recientes, los vínculos con Cuba se estrecharon, una vez más, por encima de las consideraciones estrictamente formales.

“Desde entonces, mis relaciones con la Cuba revolucionaria han sido asiduas. Como ministro de Cultura viajé a Cuba en enero de 1995 y estuve una semana, donde firmé un acuerdo con el gobierno de La Habana para traer técnicos deportivos y asesores en cultura popular. Vinieron tanto en deportes como en cultura. A los primeros los designé para que asesoraran comités deportivos de las municipalidades que me lo solicitaron; pero, como eran muchas las solicitudes y no podía complacerlos a todos, sólo asigné un experto cubano a aquellas municipalidades que mostraron tener una buena organización, de modo que aprovecharan esa oportunidad al máximo. El resultado fue excelente, tanto que esas delegaciones deportivas lograron ocupar altos lugares en los juegos nacionales”.

Cuba, que ha sido pionera latinoamericana en ballet, dio su aporte en este campo a la cultura nacional: “También fundé el ballet juvenil del Ministerio de Cultura con una pareja de bailarines discípulos de la legendaria Alicia Alonso”.

Tal fue la compenetración de Mora con la causa y la cultura de la isla, que en su oportunidad le hicieron un reconocimiento: “El gobierno revolucionario me condecoró con la distinción de la Medalla a la Amistad con el pueblo de Cuba”.

Tras la cumbre “Escudo de las Américas”, realizada el 7 de marzo de 2026, en Miami, Florida, en la que Chaves participó con mandatarios representantes de la derecha latinoamericana como Javier Milei y Nayib Bukele, sobrevino la determinación de su gobierno de romper las relaciones restablecidas por Óscar Arias en 2009 con Cuba.

La historia, sin embargo, no se hace ni se escribe a partir de políticas coyunturales ni de decretos, sino que la van creando los pueblos a través de los más sutiles entramados a lo largo de amplios períodos.

Es el caso de Costa Rica y Cuba —cuyos pueblos a través de más de un siglo se han impuesto a los obstáculos políticos y se han mirado frente a frente para darse la mano y reconocerse como patrias latinoamericanas que recogen el legado de próceres como Martí, Bolívar, San Martín y Juanito Mora—, ambos han reconocido una asidero común de sueños, esperanzas y desafíos, ante la sombra imperialista que, dada la anuencia del gobierno tico de turno, busca romper los lazos indestructibles entre las dos naciones.

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