Por David Carrasco
Director de Bayano digital
A los analistas de la política exterior les cuesta mucho entender que la vía interoceánicas que conecta al Pacífico con el Caribe esté regida por el Tratado Concerniente a la Neutralidad Permanente del Canal de Panamá, mientras que el país que alberga ese paso marítimo se subordine a los planes de dominio hemisférico de Estados Unidos. En realidad, ese mecanismo contradictorio que entraña riesgos en la esfera política, económica y de seguridad para la población panameña.
El Tratado de Neutralidad Permanente del Canal de Panamá, suscrito el 7 de septiembre de 1977 en Washington, por el presidente estadounidense James Carter y el general panameño Omar Torrijos, previó el tránsito seguro y libre de buques en esa vía. Ese instrumento vigente ha sido cuestionado, debido a enmiendas, reservas unilaterales y asuntos conexos, pero está sustentado en el principio de ”Pacta sunt servanda”, fundamento jurídico que establece que los acuerdos, como contratos o tratados, deben ser cumplidos fielmente, con carácter obligatorio, por las partes que los celebraron.
Torrijos, quien no llegó a ver el traspaso del Canal a manos panameñas en 1999, advirtió la necesidad de ser vigilantes de la política intervencionista de Washington. Tras identificar 76 puntos vulnerables de la vía acuática, sostuvo que *el Canal de Panamá es indefendible por medios militares”. Adujo que la mejor protección de la vía acuática radica en garantizar la neutralidad permanente, en la descolonización del territorio y el desarrollo de una política exterior auténtica, alejada de la actitud de los ”waiters” o camareros en busca de propinas jugosas.
Neutralidad vs belicismo
El título III de ese Tratado señala que Panamá declara la neutralidad del Canal para que, en tiempo de paz como en tiempo de guerra, éste permanezca seguro y abierto para el tránsito pacifico de las naves de todas las naciones. No obstante, las reservas, enmiendas, y ”acuerdos” de seguridad impuestos por Estados Unidos con fines hegemónicos menoscaban la soberanía y no impiden que el Istmo de Panamá se convierta en objetivo de represalias en un conflicto bélico entre otras naciones del orbe.
El intimidador despliegue de cruceros, submarinos y portaviones de la poderosa fuerza naval estadounidense en el Caribe, frente a las costas de Venezuela, en medio de ejercicios militares en suelo panameño, han reavivado los temores de que este país pueda ser envuelto en una escalada guerrerista. De hecho, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, amenazó varias veces con tomarse la vía acuática, al margen del Tratado de Neutralidad, al que se han adherido 41 países del mundo.
La respuesta de la Cancillería panameña al desafío burdo y grosero estadounidense carece de coraje. En abril de 2025, el gobierno aceptó un vergonzoso memorando de entendimiento, suscrito por el ministro de Seguridad Pública de Panamá, Frank Alexis Abrego, y el secretario de Defensa de Estados Unidos, Pete Hegseth, quien firmó con sus iniciales, utilizando un marcador negro de punta gruesa.
Según reveló un despacho informativo de la BBC de Londres, Hegseth habló telefónicamente con Trump para destacar lo siguiente: ”China ha tenido demasiada influencia (en la vía interoceánica en este país). Obama (Barack) y otros les dejaron entrar. Nosotros, junto con Panamá, los estamos expulsando, señor”. Esa noticia resonó en las academias como una muestra de la reactivación de la Doctrina Monroe, proclamada en 1823.
La historia de las relaciones políticas y diplomáticas entre Panamá y Estados Unidos, así como las discrepancias por el manejo neutral de la vía acuática y sus áreas ribereñas ha estado plagada de provocaciones. Al respecto, conviene recordar un incidente registrado en 2008, cuando el destructor ruso Almirante Chabanenko, cruzó el Canal de Panamá y fue anclado en la antigua base naval de Rodman, en la vertiente del Pacífico, en medio del malestar de fuerzas estadounidenses que intentaron obstaculizar su arribo a aguas panameñas.
El fantasma de Zelenski se asoma en el patio
En vez de contribuir al clima de distensión internacional y de neutralidad, el gobierno panameño invitó en 2024 al presidente de Ucrania, Volodimir Zelenski, para que abra en este país una embajada, la cual serviría de plataforma de conexión con Latinoamérica en el aspecto diplomático y comercial. Ese gesto diplomático, aplaudido entonces por la Casa Blanca, podría tener consecuencias, como el distanciamiento de tradicionales aliados y socios estratégicos en el contexto internacional.
Sin duda, se trata de una movida imprudente e impulsiva, de la Cancillería panameña ante el posible colapso político y militar del régimen de Kiev y del fracaso del proyecto expansionista de la Organización del Atlántico Norte (OTAN) en Europa del Este. Un procedimiento más minucioso y sensato habría ayudado al Ministerio de Relaciones Exteriores de Panamá a entender que detrás del régimen de Kiev operan bandas neofascistas y la mafia ucraniana involucrada en una amplia gama de actividades ilegales, como el narcotráfico, el contrabando de armas, el ”lavado de dinero”, la extorsión y la corrupción. No es casual que la policía brasileña haya descubierto y decomisado drones y armas ucranianas en poder de las pandillas que operan en las favelas de Brasil.
El momento actual es propicio para subrayar que la neutralidad nutre al diálogo, la colaboración multilateral y la integración. Asimismo, desestimula las disputas estériles emergentes, las intrigas instauradas por el modelo del despojo del patrimonio de las naciones o la pérdida de identidad y la capacidad de determinación.
En el convulso y complejo escenario geopolítico global hay signos reveladores de un nuevo axioma: ”de soberanía, paz y neutralidad también se vive”. Por ese motivo, carece de utilidad para los gobiernos arrodillarse ante los imperios que imponen bloqueos y amenazan a la humanidad con aplicar cercos y castigos inescrupulosos y brutales.
A un año de la conmemoración en este país del bicentenario del Congreso Anfictiónico, de 1826, convocado, convocado por el Libertador Simón Bolívar, es justo y necesario preguntar si Panamá dispone de una estrategia de firmeza soberana y si verdaderamente valora el camino de la paz regional para generar desarrollo y estabilidad




