Por Gabriel Velásquez H.
Profesor de Mercadeo y Publicidad
Como estudioso del mercadeo y la publicidad, las celebraciones religiosas necesitan ser promocionadas, tal cual lo hace una marca de refresco, un hospital, un restaurante. La diferencia es que la fe se relaciona con un Estado en el que a las creencias se les confiere más valor que cualquier argumento científico.
Una bebida gaseosa, un hospital o un restaurante requieren atraer a sus actuales o futuros clientes, con el afán de obtener lucro. Las actuales y activas denominaciones religiosas no persiguen lucro, sino seguidores y, sobre todo, el objetivo de lograr que los fieles sean adeptos a sus doctrinas y la esparzan el resto de sus vidas.
Este año, como en los anteriores, la Semana Santa “Internacional” en el Casco Antiguo de la ciudad de Panamá ha sido televisada en directo, en cadena nacional, por los canales comerciales y el canal de la televisión del Estado, en un país laico. La conmemoración religiosa del 2026 fue promovida en el exterior con el apoyo de organismos particulares y entidades oficiales.
En la guía impresa distribuida con el calendario de las actividades de la Semana Mayor, la única procesión del Viernes Santo fuera del Casco Antiguo, fue una muy austera en la iglesia Santa Eduviges, en el corregimiento de Bethania. En toda la ciudad capital, esa iglesia se atrevió a salirse de la regla y los vecinos decidieron hacerla suya, lo que se daba antes en otros templos, como la Parroquia de Cristo Rey y La Divina Misericordia, entre otras.
Importados de España, algunos términos como “costaleros” (hombres que cargan las andas), han ido introducidos en este mercadeo religioso. En este período, suelen aparecer en público empresarios del sector inmobiliario ataviados con túnicas, quienes se empeñan en dirigir las procesiones como si fuesen sacerdotes ungidos. A ellos, se ha unido un grupo de distinguidas damas de sociedad, quienes visten a la reverenciada imagen de la Virgen.
Lo anteriormente descrito es una muestra del monopolio religioso que segmenta la celebración en un área específica de la ciudad capital, que deja rezagada a otras iglesias, como si no fuesen parte de la Semana Santa.
Cobrar dinero para acceder a la Catedral Metropolitana y cerrar las puertas principales a discreción del personal del patronato organizador, hace reflexionar sobre la democratización de la iglesia católica y cuestiona el derecho que tienen los demás cristianos de celebrar la Semana Mayor donde tengan acceso y disponibilidad para asistir.
Centralizar la celebración en un único sitio, discrimina y no genera apertura en estos tiempos difíciles en los que los pueblos que siguen al Nazareno y abogan por la paz y la justicia buscan calzarse las humildes sandalias del pescador y abrazar al prójimo.




