Por Ramón Bernal
Indymedia
Luego de la ilegal agresión militar norteamericana que concluyó con el violento secuestro del presidente Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, grupos opositores extremistas venezolanos en el exilio se agolparon en las calles a festejar. Poco les importó a esos “patriotas” que una potencia extranjera llevara a cabo una operación militar contra su Patria y, menos aún, que unas 100 personas perdieran la vida y probablemente una cifra superior resultaran heridas.
Pero los festejos fueron efímeros. De ello se encargó el propio presidente Donald Trump, quien en conferencia de prensa desde Mar-a-Lago el mismo sábado en la mañana del 3 de enero, afirmó que pondría a Venezuela bajo control estadounidense y desestimó por completo a la opositora María Corina Machado como potencial líder de la transición al considerar que “no cuenta con el apoyo ni el respeto necesario dentro del país”.
La decisión de Trump de ignorar a la líder opositora resultó un tanto insólita y al ser respaldada por Marco Rubio contrarió a esos grupos de la oposición, y también descolocó y puso en situación incómoda a los congresistas cubano americanos, quienes ahora tienen que decidirse entre alinearse con la Casa Blanca o ser consecuentes con las “expectativas democráticas de sus propias bases electorales”.
La reacción de los opositores radicales venezolanos es comprensible, pues siempre vieron en el secretario de Estado norteamericano un firme aliado que hasta la fecha los apoyó en todo momento. En efecto, este político de origen cubano conocido por sus posiciones de extrema derecha ha sido durante años el principal impulsor de medidas de presión y sanciones económicas de todo tipo contra Venezuela, incluido el empleo de la fuerza militar, con el objetivo de provocar un cambio de régimen.
Por ello los tomó por sorpresa. Y como para terminar de aguarle la fiesta a Corina Machado y comparsa, en esa misma conferencia de prensa el presidente norteamericano dejó claro que Marco Rubio, está trabajando directamente con la vicepresidenta ejecutiva de Maduro, Delcy Rodríguez. “Acaba de tener una conversación con ella y ella está esencialmente dispuesta a hacer lo que consideramos necesario para hacer Venezuela grande de nuevo”, añadió Trump.
Es evidente que la Administración norteamericana decidió ignorar a Corina Machado no sólo por no tener la capacidad operativa inmediata para asumir el poder en Venezuela, sino también porque la consideran un elemento que resultaría perturbador. Según analistas, imponer un gobierno percibido como ajeno al chavismo podría derivar en una guerra civil en la que Washington no está dispuesto a involucrarse con tropas sobre el terreno.
Por ello, la Casa Blanca apostó por Delcy Rodríguez para evitar un vacío del poder y porque también resultaba lo opción más segura para preservar la estabilidad del país que en esta etapa es su principal prioridad. Y a pesar de que las conversaciones con los chavistas puede resultar en una transición un tanto incomoda, dan por descontado que pueden manejarlos bajo presión para conseguir todos sus objetivos.
En esta operación militar lo que prevalece son los intereses geopolíticos de Estados Unidos en la región, en correspondencia con su nueva estrategia de seguridad nacional. Su objetivo es hacerse del control del país antes, durante y posterior a la llamada transición, pero sin tener que ocuparlo militarmente. Ello le permitirá adueñarse de sus recursos estratégicos, en primer lugar, del petróleo –el país que posee las reservas más importantes del mundo- los minerales raros de la cuenca del Orinoco, entre otros, además de la defensa del sistema del petrodólar.
Ciertamente, la agresión militar logró los objetivos planeados inicialmente. Con ello el jefe de la diplomacia norteamericana no solo cumple un viejo anhelo sino que para él también representa una victoria personal, especialmente al interior de un gobierno donde se manifestaban fervientes críticos de los intentos de cambio de régimen en Venezuela, en especial el vicepresidente J.D. Vance. Por supuesto, no por simpatías con el chavismo, sino por simple cálculo político.
Al emerger como su principal beneficiario, Marco Rubio se mete de lleno en un arriesgado acto de malabarismo político. Él quiere ser presidente; ya se presentó en el 2016 y ahora buscará convertirse en candidato al debate republicano de cara las presidenciales de 2028. En el enfrentaría al vicepresidente JD Vance, a quienes muchos dan por el heredero natural de Donald Trump.
Sin embargo, el ex senador republicano por Florida no debería precipitarse. Recién comienza la parte más compleja y peligrosa luego de la agresión militar. En primer lugar, Marco Rubio no ha hablado de restablecer pronto la “democracia” en Venezuela que, al menos por ahora, María Corina Machado y Edmundo González –quien dice haber ganado las elecciones de 2024- han quedado marginados. Tendrá que sortear el peligroso campo minado de la construcción nacional y además deberá recuperar la confianza de los legisladores norteamericanos que lo acusan de mentirle al Congreso.
Según expertos, los norteamericanos temen que la situación pueda escapárseles de las manos. Hay muchas variables que pudieran desestabilizar el país y provocar una guerra civil. Si ello sucediera Estados Unidos tendría que ocuparlo militarmente para asegurar sus intereses estratégicos, lo que conllevaría a un exponencial aumento del gasto sin descartar la pérdida de vidas de soldados estadounidenses. “Solo pasa a convertirse en un enorme problema político si el asunto se agranda y cuesta cada vez más”, según Justin Logan, director de estudios del prestigioso Instituto Cato.
Ese probable complejo escenario tendría un alto costo político para la Administración norteamericana que además perjudicaría significativamente a los republicanos en las próximas elecciones. Y frente a esta situación no tengan la menor duda que a quien Trump responsabilizará y hará pagar los platos rotos es a “Little Marco”, como lo llamó el propio Trump para burlarse de él cuando competían durante las primarias republicanas de 2016. Y ese sería el fin de su carrera política.




