Por Dalys Vargas
Licenciada en Relaciones Internacionales y magistra en enseñanza de inglés
El 4 de junio de 2026, tuve la grata oportunidad de darme una vuelta por la Universidad de Panamá, mi vieja Alma Mater, para asistir al Foro del Bicentenario “A 200 años del Congreso Anfictiónico, entre la Doctrina Monroe y la vigencia de la unidad bolivariana”, organizado por el Centro de Investigaciones de la Facultad de Humanidades, el Departamento de Sociología y la Asociación de Estudiantes de Sociología de esa casa de estudios.
Los expositores en ese acto fueron Olmedo Beluche, Kayra Reece, William Hughes y Jonathan Chávez, y en sus bien sustentadas ponencias, no faltó mencionar la funesta “Doctrina Donroe”.
Ese honesto, valioso e histórico esfuerzo académico, desplegado en un ámbito sumamente reducido —aunque hubo una amplia convocatoria—, con poco eco en la propia Universidad (por ejemplo, en la Escuela de Relaciones Internacionales) y menos en el resto de la República, me motiva a compartir mis reflexiones ante la siguiente pregunta, formulada por un estudiante a los expositores, al finalizar el encuentro: “¿Entonces qué hacer, ante la incapacidad de los gobiernos considerados progresistas, de sostenerse en el tiempo y cambiar la situación a favor de los pueblos?”
Cuando Simón Bolívar convocó desde Lima, Perú, el Congreso Anfictiónico realizado en Panamá en junio de 1826, la participación también fue magra. Apenas comenzaban a formarse los estados nacionales, en el marco del capitalismo naciente en las tierras hispanoamericanas. No se habían delimitado bien las fronteras; no se habían desarrollado los mercados internos con las infraestructuras básicas que permitieran asegurar la existencia de cada país; los viajes eran penosos, lentos y riesgosos, por tierra, ríos y mares; todavía subsistía la esclavitud y los trabajos forzados, pese a la corriente liberadora impulsada por Bolívar; las propiedades y la educación estaban en pocas manos, como sucede hoy.
El historiador Ricaurte Soler ha explicado claramente en sus escritos por qué los líderes y sus pueblos lucharon juntos por la independencia, y por qué no había condiciones para una unión continental como la visualizada por Bolívar. Los emergentes núcleos gobernantes buscaban estabilizarse en medio de sangrientas luchas intestinas y eran tremendamente celosos de su nuevo poder.
En cambio, en los tiempos actuales, los estados nacionales ya están formados, aunque tienen todo tipo de problemas estructurales e institucionales, y carecen de verdadero control soberano sobre todo su territorio, por la acostumbrada subordinación a los intereses externos y la terca miopía de los propietarios de los principales medios de producción y de otros medios —entre ellos, muy especialmente, los de comunicación—, statu quo con el que se conforman quienes se quedan con la mayor parte de los ingresos en cada país. Convertidos, incluso, en obstáculo para el desarrollo económico del que se benefician, ellos son felices controlando el poder y el dinero, en forma bastante rústica, feudal e inhumana.
No es fácil alcanzar la unidad o la integración bolivariana —el trabajo concertado entre los países—, debido a los desequilibrios internos y la sujeción a proyectos foráneos. Sin embargo, hoy es más posible que antes avanzar hacia la unión, tal vez por la misma desesperación creciente de los pobres, cada vez más insubordinados, y las preocupaciones de seguridad de todos los sectores. En respuesta al estudiante, pienso que existen tres soluciones:
Por un lado, como dijo el profesor Hughes, (1) insistir en crear conciencia, para que las personas comprendan que es posible establecer un gobierno de las mayorías, a favor de las mayorías, y que realmente está en sus manos crear las condiciones para ello. (2) A partir de allí, propongo que se promueva estratégicamente, y entre más rápido mejor, la creación de un estado federal que abarque a toda América Latina y el Caribe.
Los estados nacionales han venido madurando al punto de que están insoportables, fallidos y podridos de corrupción. Fraccionados como estamos como países individuales, dominados y puestos a pelear entre nosotros en toda la región, tenemos que levantarnos con valentía a establecer, unidos, relaciones internacionales justas y beneficiosas entre y para todo el bloque de nuestros pueblos latinoamericanos y caribeños.
Por otro lado, (3) es indispensable tener como base sólida una cultura de fuerte espiritualidad y una bien orientada educación en valores humanos en todos los colegios y universidades. Ese es un aspecto sine qua non de la reforma educativa que necesitamos: una ética no excluyente, sino unificadora, que derribe las tradicionales manipulaciones y farsas que tratan de convencernos de que este es el mejor de los mundos posible.
Solo cabe seguir adelante involucrándonos con voluntad inquebrantable, cultivando la solidaridad humana en el plano nacional, regional y planetario, por el valor que ese esfuerzo tendría en sí mismo, aunque parezca tardío en esta vuelta, ante la amenaza de apocalípticas guerras, las consecuencias previsibles del cambio climático, e incluso las novedosas y antiguas advertencias sobre la inevitabilidad de periódicos cataclismos cósmicos.




