Por Rogelio Antonio Mata Grau
Especialista en Ciencias Sociales
Al cumplirse seis décadas de la insurrección popular del 6 de junio de 1966, en la ciudad de Colón, es indispensable reflexionar sobre el papel protagónico desempeñado por el pueblo colonense en las luchas sociales y nacionales que marcaron la historia contemporánea de Panamá.
Al cumplirse hoy sesenta años de los acontecimientos del 6 de junio de 1966, Panamá tiene la obligación moral e histórica de recordar una de las más importantes gestas populares del siglo XX. La insurrección colonense no fue un hecho aislado ni una simple protesta circunstancial. Fue la expresión de profundas contradicciones sociales, económicas y políticas que afectaban a la provincia de Colón y al conjunto de la nación.
El asesinato del dirigente estudiantil Juan Navas Pájaro actuó como detonante de una indignación acumulada durante años. A partir de ese momento, estudiantes, trabajadores y sectores populares se movilizaron masivamente en una protesta que adquirió características insurreccionales. La ciudad vivió jornadas de intensa confrontación social, mientras edificios públicos eran atacados y la población expresaba su rechazo a las condiciones de exclusión y abandono que padecía la provincia.
La respuesta gubernamental fue una severa represión. Durante aquellos acontecimientos perdieron la vida Carlos Mathews, Elvira Miranda y la niña Damaris Gallardo. Asimismo, numerosos dirigentes estudiantiles y populares fueron detenidos, perseguidos o procesados. Entre ellos figuraban Luis Navas Pájaro, Antonio Yepes De León, Félix Dixon Kennedy, Rolando Sterling y Roger Amor Cuadra.
En estas jornadas desempeñó un papel importante el movimiento estudiantil colonense y particularmente la Asociación Federada de Estudiantes del Colegio Abel Bravo (AFAT), cuyos integrantes participaron activamente en las movilizaciones. Su actuación honró los principios expresados en el himno de su alma mater y reafirmó el compromiso histórico de la juventud con las luchas por la justicia social y la dignidad nacional.
Sin embargo, la insurrección de 1966 solo puede comprenderse plenamente cuando se la vincula con un proceso histórico más amplio. Siete años antes, en 1959, el pueblo colonense había protagonizado la Marcha del Hambre y la Desesperación, una de las movilizaciones populares más significativas de la historia republicana. Aquella lucha expresó el descontento de trabajadores, desempleados y sectores humildes frente a la desigualdad social y contribuyó al impulso de importantes reformas sociales y laborales.
Desde esta perspectiva, la Marcha del Hambre y la Desesperación de 1959 y la insurrección popular de Colón de 1966 constituyen dos momentos decisivos de una misma confrontación histórica entre los sectores populares y el orden político dominante de la época. Amplios sectores de la población cuestionaban un modelo que consideraban excluyente y alejado de las aspiraciones de justicia social, desarrollo nacional y soberanía.
Para numerosos protagonistas de aquellos años, las luchas populares fueron erosionando la legitimidad del viejo orden político y anunciando una crisis que se profundizaría durante toda la década de 1960. Esa crisis desembocó en las transformaciones políticas iniciadas el 11 de octubre de 1968 bajo el liderazgo del general Omar Torrijos Herrera.
Sesenta años después, la insurrección popular de Colón sigue recordándonos que la historia también es construida por trabajadores, estudiantes, mujeres, dirigentes comunitarios y pueblos que deciden organizarse para reclamar justicia y dignidad.
La Marcha del Hambre de 1959, la insurrección del 6 de junio de 1966 y el proceso político inaugurado en 1968 forman parte de una misma trayectoria histórica: la búsqueda de un Panamá más soberano, más justo y más comprometido con las aspiraciones de sus mayorías populares.
Al conmemorarse este sexagésimo aniversario, no solo recordamos un acontecimiento del pasado. Recordamos una herencia de lucha que continúa ocupando un lugar permanente en la memoria histórica de Colón y de Panamá.
Sesenta años después, la insurrección popular de Colón sigue recordándonos que la historia no la construyen únicamente los gobiernos y las élites. También la construyen los trabajadores, los estudiantes, las mujeres, los dirigentes comunitarios y los pueblos que deciden organizarse para reclamar justicia y dignidad.




