Panamá y China: una tensión innecesaria

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Distribución geográfica de los puertos terminales del Canal de Panamá. (Foto: INFO E&N).

Por Richard Moreno
Periodista

La reciente tensión entre Panamá y la Republica Popular China, atribuida en parte a la presión ejercida por Donald Trump y sectores alineados con su enfoque estratégico, pone el relieve la compleja dinámica del poder global en el siglo XXI.

Debido a su posición geográfica privilegiada y al control del Canal Interoceánico, Panamá representa un modo esencial del comercio internacional y un punto de interés crítico para las grandes potencias. En ese contexto, cualquier reconfiguración de sus relaciones exteriores adquiere una dimensión geopolítica que trasciende el ámbito nacional.

Desde el establecimiento de las relaciones diplomáticas entre Panamá y China, este país ha profundizado la cooperación bilateral en áreas como el comercio, inversión, infraestructura y financiamiento. Ese acercamiento ha generado oportunidades para la diversificación económica y la modernización de sectores estratégicos, pero también ha suscitado inquietudes en Estados Unidos, históricamente influyente en la región y atento a la seguridad y estabilidad del istmo.

La política exterior promovida por Trump se caracterizó por una postura confrontacional frente al ascenso chino, percibido como un competidor directo en los ámbitos económicos, tecnológicos y geoestratégico. Bajo esa lógica, Washington ha buscado limitar la expansión de la influencia China en América Latina mediante presiones diplomáticas y estratégicas dirigidas a gobiernos aliados. Panamá, dado a su relevancia logística, financiera y simbólica, se convierte en un escenario clave de esa disputa entre potencias mundiales.

Esa situación plantea dilemas significativos para la política exterior panameña. Por un lado, el país aspira a consolidar una estrategia de diversificación de alianzas internacionales que le permite fortalecer su desarrollo económico y ampliar su margen de maniobra en el sistema internacional. Por otro lado, enfrenta la necesidad de gestionar su relación histórica con Estados Unidos, socio fundamental en términos de comercio, seguridad e influencia política.

El reto consiste en preservar la autonomía decisoria sin deteriorar vínculos estratégicos ni comprometer la estabilidad económica.

Las posibles repercusiones internas de un conflicto diplomático con China son relevantes. Un distanciamiento con Pekín podría afectar los flujos de inversión, proyectos de infraestructura, así como las oportunidades comerciales con impactos directos en el crecimiento económico y en el empleo. Simultáneamente, una alineación excesivamente subordinada a los intereses estadounidenses podría alimentar cuestionamientos sobre la soberanía y la independencia de la política exterior panameña.

En un plano más amplio, ese escenario refleja la transición hacia un orden internacional cada vez más multipolar, en el cual América Latina vuelve a ser un espacio de competencia estratégica entre grandes potencias. Panamá lejos de ser un actor pasivo, posee la capacidad de articular una diplomacia pragmática, equilibrada y centrada en la defensa de sus intereses nacionales.

En conclusión, la tensión entre Panamá y China, intensificada por presiones externas asociadas a la política de Trump, constituye una prueba crucial para la diplomacia panameña.

La capacidad de este país para sostener una política exterior soberana, equilibrada y orientada al desarrollo será determinante para su adecuado posicionamiento en el escenario global.

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