Por Luis Sing
Analista internacional
Tras cruentos combates que cobraron la vida de casi 70.000 civiles en ambos lados del conflicto, desde el inicio oficial de la Guerra el 7 de octubre de 2023, parecía avizorarse un llamado de conciliación entre los beligerantes, lo que implicaba un alto al fuego, en el que ambas partes callasen el sonido de la artillería para darle paso a una serie de compromisos de mutuo acuerdo, en el que ninguno de los protagonistas perdiese.
Me refiero a Hamas e Israel. El plan de los 20 puntos, o también presentado a la faz mundial, como Plan de Paz para Gaza 2025, entró a regir en su fase de jure internacional, dos años y dos días después del resonar de las primeras balas de las ametralladoras, el 9 de octubre del presente año.
Desde un inicio, cuando el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, anunciaron sus propuestas de cómo resolver la crisis en Gaza, este fue considerado por la mayor parte de la comunidad internacional (entiéndase por ello partidarios de Israel como de Hamas), como la bienvenida a un alto a la carnicería humana. Es decir, se acogió favorablemente el objetivo principal y a la vez moral del acuerdo —la detención de la crisis humanitaria— más no los pasos siguientes al cumplimiento de ese objetivo.
Lo anterior se deduce de las posiciones u opiniones sobre el acuerdo en cuestión. Por ejemplo, China expresó que aplaude el cese de las hostilidades, pero consideró prematuro llamarlo acuerdo de “Paz”. De igual modo naciones del Medio Oriente depositaron su confianza en un futuro conciliador entre las partes, aunque no fueron tajantes en hablar de paz, mientras que Francia y Alemania hicieron énfasis solamente en los avances en materia de derechos humanos contenidos en el acuerdo. Conociendo todos esos pormenores, las interrogantes que deben ser respondidas son las siguientes: ¿Por qué no existe consenso a la hora de hablar de paz? ¿Por qué se habla tanto del contenido humanitario del acuerdo? ¿Hamas e Israel respetarán el acuerdo?
La primera interrogante se puede responder haciendo una prospectiva histórica, ya que desde 1979, Egipto ha sido el único país en guerra con Israel, que ha pactado la paz con éste y sólo han normalizado relaciones diplomáticas en los últimos tiempos con Emiratos Árabes Unidos, Bahréin, Sudán y Marruecos. No obstante, ha dejado el tema del reconocimiento del Estado palestino como parte de su derecho soberano. Una prueba de esta última aseveración es que Israel no ha regresado los territorios arrebatados a Palestina (anterior a la Guerra de 1967), sobre cuyo caso la resolución 242 del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas exige su devolución, como requisito indispensable para un acuerdo de paz.
Otra respuesta que la historia nos comparte es el ambivalente resultado de los acuerdos de Madrid (1991) y de Oslo (1993).
La segunda interrogante encuentra su explicación en que si miramos en retrospectiva el Medio Oriente, la región siempre ha sido un foco de inestabilidad política y crisis humanitaria, siendo el epicentro de cuatro guerras de las que aún se perciben consecuencias devastadoras. Con base en ese raciocinio se ha ponderado la importancia que se le otorgó a la primera fase de los 20 puntos, es decir, la que conlleva el intercambio de rehenes y prisioneros, la apertura del paso de Rafah, frontera entre Egipto-Gaza, y la entrada de ayuda humanitaria.
La última interrogante es la que tiene inquieta a gran parte de la civilización entera, ya que del consentimiento de lo acordado por las partes —Israel y Hamas— depende que no se caiga todo lo pactado y no se reanude el conflicto armado, ya que de por sí desde un inicio el acuerdo carecía de sostenibilidad, especialmente en el punto 6 y 9, que a título personal considero son los más difíciles de concretarse. El punto sexto exige a Hamas que depongan sus armas a cambio de amnistía, lo cual es visto por estos como un intento desarmar la única resistencia armada con que cuenta Gaza para poder defenderse de la superioridad militar de Israel.
En otras palabras, Hamas necesita jugar ese juego de ajedrez de poder, con una buena ficha ante un posible ataque militar israelí. Mientras escribo estas líneas, el Ejército de Israel ha vuelto a arremeter de la manera más deshumanizada contra el pueblo de Gaza, con acusaciones sin argumentos y evidenciando ante la palestra internacional que no es un socio fiable en este camino del alto a la violencia.
El noveno punto consiste en una junta temporal en Gaza administrada por Estados Unidos y sus socios, que ellos se reservan el derecho de nombrar, para posteriormente cederle el gobierno de Gaza a la Autoridad Nacional de Palestina.
Las principales objeciones atañen a esa junta temporal administrada por occidente, la cual no propone qué manejará esta junta, cómo lo hará y por cuánto tiempo. Además, no pone fecha de cumpleaños al traspaso del gobierno a la Autoridad de Palestina.
Pareciera ser que el idealismo y el realismo se disputan los resultados de este acuerdo de alto al fuego, pero una cosa es cierta: En las relaciones internacionales hay que hacer una diferencia entre el propósito y lo posible. Si se opta po lección r lo primero, se debe hacer lo indispensable para lograrlo. Esperemos que la historia no nos de otra del fatalismo que ha caracterizado las negociaciones de paz en Oriente Medio.




