Por José de la Rosa Castillo
Especialista en Relaciones Internacionales
En 2026, se cumplen doscientos años del Congreso Anfictiónico de Panamá, convocado por Simón Bolívar en 1826. Las celebraciones oficiales pretenden exaltar el carácter visionario del Libertador y a reivindicar el istmo como punto de encuentro continental.
Sin embargo, más allá de la conmemoración protocolar, el bicentenario obliga a una reflexión crítica: ¿fue el Congreso un ideal romántico condenado al fracaso o una advertencia temprana sobre los riesgos estructurales que aún enfrentan las repúblicas latinoamericanas?
El Congreso fue celebrado en un momento de profunda incertidumbre internacional. Tras el Congreso de Viena de 1815, Europa intentaba restaurar el orden monárquico mediante la acción de la Santa Alianza, que veía con sospecha las revoluciones liberales americanas. España no renunciaba formalmente a sus antiguas colonias, y la posibilidad de reconquista no era una fantasía retórica, sino un riesgo geopolítico real.
En ese contexto, en 1823, el presidente James Monroe proclamó la Doctrina Monroe, sintetizada en la frase “América para los americanos”. Aunque esa Doctrina fue presentada como un escudo frente a Europa, también estableció un principio de influencia hemisférica que con el tiempo serviría de fundamento para múltiples intervenciones de Estados Unidos en la región.
Lo que inicialmente se enunció como defensa de la soberanía americana terminó convirtiéndose, en diversas coyunturas históricas, en instrumento de proyección de poder.
Bolívar comprendió esa ambigüedad. Su propuesta no consistía en delegar la seguridad continental en una potencia emergente, sino en construir un sistema autónomo de defensa y concertación política entre las nuevas repúblicas. La idea de una liga o confederación —inspirada en las antiguas ligas anfictiónicas griegas— buscaba institucionalizar la cooperación, establecer mecanismos de arbitraje y consolidar una política exterior común. No se trataba sólo de evitar guerras entre vecinos, sino de evitar la subordinación frente a actores externos.
Sin embargo, el proyecto chocó con la realidad política del momento. La Gran Colombia, núcleo del proyecto bolivariano, enfrentaba tensiones internas que desembocarían en su disolución pocos años después. México, Perú y las Provincias Unidas del Centro de América tenían agendas propias y temores respecto a la cesión de soberanía. La identidad nacional emergente prevaleció sobre la identidad continental en gestación. El Tratado de Unión, Liga y Confederación Perpetua, firmado en 1826, no logró la ratificación plena necesaria para su implementación efectiva.
Desde una perspectiva estrictamente institucional, el Congreso puede calificarse como un fracaso. Pero desde una perspectiva histórica más amplia, constituye un antecedente fundacional del pensamiento integracionista latinoamericano. Organismos como la Organización de los Estados Americanos, la UNASUR o la CELAC retoman, con matices y limitaciones, la aspiración de concertación regional que Bolívar formuló en 1826.
Aquí radica la dimensión polémica del bicentenario. Las celebraciones oficiales tienden a presentar el Congreso como símbolo de unidad histórica, pero rara vez confrontan el hecho de que la fragmentación ha sido una constante estructural en América Latina. Tampoco siempre se aborda con suficiente profundidad la tensión entre el ideal de autonomía continental y la persistente influencia de potencias externas, ya sea en el siglo XIX bajo el paraguas de la Doctrina Monroe, o en el siglo XX y XXI a través de dinámicas económicas, militares y diplomáticas más complejas.
La vigencia del Congreso Anfictiónico no reside únicamente en su valor simbólico, sino en su carácter premonitorio. Bolívar anticipó que la desunión haría vulnerables a las nuevas repúblicas frente a intereses externos. Dos siglos después, la región continúa enfrentando desafíos similares: dependencia económica, asimetrías estructurales, polarización política y competencia entre potencias en un mundo multipolar.
Conmemorar el Congreso en 2026 debería implicar algo más que actos protocolares y discursos evocativos. Debería ser una oportunidad para debatir con honestidad el grado real de integración alcanzado y los límites de la soberanía regional en un sistema internacional marcado por rivalidades estratégicas. La pregunta que el bicentenario plantea no es solo histórica, sino profundamente contemporánea: ¿es posible hoy construir la autonomía colectiva que Bolívar imaginó, o seguiremos atrapados entre la fragmentación interna y la influencia externa?
A 200 años del Congreso Anfictiónico de Panamá, el sueño bolivariano sigue siendo, simultáneamente, una aspiración inspiradora y una tarea inconclusa. Tal vez, su mayor legado no sea haber fundado una confederación, sino haber dejado planteado el dilema central de América Latina: la tensión permanente entre unidad y fragmentación, autonomía y dependencia, ideal y realidad.




