Ucrania desde nos

“En cosas de tanto interés, la alarma falsa fuera tan culpable como el disimulo. Ni se ha de exagerar lo que se ve, ni de torcerlo, ni de callarlo. Los peligros no se han de ver cuando se les tiene encima, sino cuando se les puede evitar. Lo primero en política, es aclarar y prever”.  JOSÉ MARTÍ

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Movilizaciones en las calles de Ucrania, en medio de un creciente nacionalismo. (Foto: Getty Images). 

Por Guillermo Castro H.
Sociólogo

Se atribuye al estratega chino Sun Tzu haber definido la victoria como el control del equilibrio. Pocos países hubieran imaginado uno con la capacidad de Ucrania para ejercer el papel de un centro de equilibrio entre Europa y Eurasia, por su posición geográfica, su historia y su riqueza. En cambio, a partir de 2014 optó por convertirse en un protectorado de la OTAN, que ni siquiera la invita a participar en las negociaciones para evitar una guerra que se libraría en su propio territorio.

Al respecto, un artículo de Ilán Semo, señala que en el 2020, el ingreso per capita de Ucrania —3.726 dólares por persona— era un poco más bajo que el de El Salvador —3.796 dólares—. “No siempre fue así”, añade, “Desde la muerte de Stalin,” quien “castigó duramente” al mundo rural durante la colectivización de la tierra entre 1928 y 1934, Ucrania devino una de las repúblicas más prósperas de la región. Desde los años 50, Moscú trasladó a su territorio la construcción integral de los aviones Antonov, la industria de los reactores nucleares, sus bases enteras de submarinos atómicos (situadas en Crimea precisamente) y la convirtió en el granero soviético.

Sin embargo, al desaparecer la Unión Soviética, la mayor parte de las empresas que fueron privatizadas “cayeron en manos de una de las más inverosímiles oligarquías modernas.” Así, cuatro grupos empresariales (concentrados en la construcción, la banca, la producción de alimentos, los medios de comunicación y el comercio) acabaron concentrando 70 por ciento del ingreso nacional. Aunque la mayor parte de ese ingreso proviene de dos fuentes: la renta que Rusia paga a Kiev por permitir el paso de su gas hacia Europa y las exportaciones de trigo a través de los puertos del mar Negro. Desde los años 90, se promulgó una ley que hizo posible (y protege) la concentración de 80 por ciento de la tierra fértil en manos de 21 latifundistas.

[…] A partir de 1993, la pauperización de los trabajadores del campo y la ciudad resultó prácticamente salvaje. Otro de los ingresos vitales lo representan las remesas anuales de 10 millones de ucranianos, los cuales trabajan estacionalmente en Europa. Cuatro millones de jóvenes han emigrado para siempre. Todos y cada uno de los presidentes (incluido el actual, Volodymyr Zelensky) han provenido de esta casta seudoempresarial.

Esta situación ilustra lo dicho por Immanuel Wallerstein a fines del siglo XX, cuando señaló que la desintegración de la Unión Soviética anunciaba el fin del sistema mundial organizado por los vencedores en la Gran Guerra de 1914-1945, y aceleraría la descomposición de las estructuras de mediación social y política en todos los Estados que integran ese sistema. Conviene recordar, si, que la garantía mayor en el equilibrio de ese sistema —más allá del control por el FMI de una economía mundial dolarizada, o del papel del Consejo de Seguridad de la ONU como garante del equilibrio político del subsistema internacional—, fue la Destrucción Mutua Asegurada, como llamaron algunos a un eventual enfrentamiento guerra nuclear entre las dos grandes potencias de la época: Estados Unidos, con el respaldo de la OTAN, y la Unión Soviética, con el del Pacto de Varsovia.

Muchos asumieron que el fin del equilibrio bipolar de 1945–1989 abría paso finalmente a un mundo unipolar, organizado por y para la llegada de “el siglo norteamericano” en la historia universal. Ese siglo, sin embargo, tardó apenas diez años en empezar a desintegrarse a partir del brutal atentado contra los miles de trabajadores que ocupaban las Torres Gemelas de Nueva York en el año 2001.

Tras esa acción criminal, de los rescoldos de la Guerra Fría emergió la “guerra sin fin” contra el terrorismo —como la llamara el presidente George W. Bush—, librada en “los rincones más oscuros del mundo” como Afganistán, Irak, Libia, Somalía y Siria, por mencionar algunos ejemplos. A ello se agregó, con la aniquilación de la antigua Yugoslavia, el desmembramiento del antiguo campo socialista europeo y la limpieza ideológica de sus fragmentos, usualmente a cargo de fuerzas políticas conservadoras colindantes con el fascismo, en países como Hungría, Polonia y (justamente) la Ucrania que vemos hoy.

Ese acontecer, además, liberó al viejo orden mundial de las restricciones que limitaban el despliegue de sus propias contradicciones en las distintas sociedades que lo integraban, incluyendo a la Federación Rusa y los Estados Unidos, cuya democracia liberal se cuenta entre las víctimas de este proceso. Con ello ocurrió lo impensable, pues la batalla por la conquista de la unipolaridad ha venido a convertirse en su contrario: la creciente multipolarización del sistema mundial, visible en casos como los de China, Rusia y, a escala menor aún, India y Brasil.

De esa variante inesperada no ha estado ausente Europa. La salida de la Unión Europea de Gran Bretaña, la creciente autonomía de Alemania y Francia y el carácter retrógrado de los regímenes de Europa Central quizás ayude a entender la reticencia de varios miembros de la OTAN a involucrarse en Ucrania al nivel en que los Estados Unidos lo necesitaría para demostrar en el exterior el liderazgo que la administración Biden no puede mostrar en casa.

En este proceso, nos dice Semo, la nueva oligarquía ucraniana en contró en el nacionalismo europeísta “la fórmula para desmantelar las protestas contra la casta local y construir un nuevo enemigo: la minoría rusa que habita las regiones del este y el sur del país”. El problema, añade, fue que “nunca calculó la respuesta: el secesionismo”, que llevó a la población de Crimea y de la región del Don por integrarse a Rusia, ofreciendo a Estados Unidos la justificación para desatar la crisis mediante una confrontación militar que en la que Ucrania, Europa y Rusia pondrían el mayor número de víctimas y de territorios arrasados.

En esta circunstancia, dice Semo, lo que interesa a la OTAN —que no necesariamente a la Unión Europea—, consiste en “continuar replegando la zona de influencia rusa en Europa, como ha sucedido desde 1993.” Ante esta situación, por cierto el actual presidente de Ucrania, ganó las elecciones de 2021 con el lema “Ni la OTAN, ni Rusia”, lo cual, observa Semo, podría ser “la autentica aspiración de la población ucrania: una postura similar a la que ocupa Finlandia desde la Segunda Guerra Mundial en Europa” Faltará ver si llega a tener el valor de hacer ahora lo que propuso entonces, o seguirá esperando por una invitación a la mesa en que se discute el destino de la patria de todos los ucranianos.

Alto Boquete, Chiriquí, 4 de febrero de 2022.

2 COMENTARIOS

  1. Me extraña que tanta sabiduría pueda escribir un artículo en el que describe el destino de un país bajo los intereses de uno de los dos lados (EEUU y la OTAN) sin hacer mención en un solo párrafo del interés del dictador Putin, cómo si ese lado no existiera o no afectará en nada todo el proceso.

    Por otro lado, la descripción que hace el sociólogo de Ucrania se asemeja en gran parte a nuestra historia Patria, solo que nuestro «llamado» protector no era la URSS sino era el Tío Sam. ¿Deberíamos entonces dejar que «las minorías gringas» que habitaban la zona del canal se quedarán porque llegaron con la construcción del canal?

    El mundo sovietico no hizo de Ucrania un granero, se aprovechó de sus tierras para producir los alimentos que el frío de buena parte de Rusia no permitía. Los gringos no nos desarrollaron como nación se aprovecharon de nuestra posición geográfica.

    De verdad me preocupa como los grandes pensadores de este país, siguen ignorando las atrocidades del imperialismo putiniano, que de soviético no tien un pelo y esta dominado por sus amigos de la oligarquía mafiosa rusa y que el sociólogo critica de Ucrania, solo porque dice «combatir» la hegemonía de otro imperialismo que hemos criticado (y sufrido) por años.

    No doctor. Su análisis sólo quiere mostrar un lado de la moneda. Ucrania no se puso en esa posición porque quiso. De hecho, tienen su propio idioma que a pesar se la imposición del idioma ruso por el imperliasmo sovietico, no se pudo eliminar.

    Gran parte de lo que pasa hoy, que ud. ha ignorado en su articulo, inició con la toma unilateral de Crimea por Putin, quien aprovechó la inestabilidad del país luego que le tumbaran a su títere de presidente. No fue la OTAN y su megalómano expansionismo la que invadió, financió (y lo sigue haciendo) las «supuestas milícias en donde se ha comprobado hay soldados rusos y las armas son recibidas de Rusia. La OTAN no ha entregado más de 7 mil pasaportes rusos a quienes viven en esas tierras víctimas de un conflicto que él generó para justificar su presencia y custodia.

    Sería bueno que en nuestros escritos mencionemos (por nombre propio como mencionó el de Biden), siempre los dos lados que se buscan hegemonía a toda costa.

    Como Torrijos decía: no se puede estar medio embarazada. O se es anti-imperialista, o se es anti-imperialista, se pinte de azul o se pinte de rojo.

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