Rescate impostergable de la política exterior panameña. Editorial del martes 16 de abril

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La recuperación del papel de “amable componedor” de Panamá en materia de sus relaciones internacionales, particularmente en el ámbito hemisférico, es una prioridad para el próximo presidente electo que asumirá el poder el 1 de julio de 2019. Esa es la misión impostergable que debe marcar los derroteros del país, poseedor de un vía neutral segura y una antigua ruta interoceánica.

En la campaña electoral, donde el tema de política exterior estuvo ausente del debate de los aspirantes al solio presidencial, ha sido escuchado, por fin, una voz con un planteamiento sensato, la del candidato Laurentino Cortizo, quien señaló que pretende someter “a revisión” las actuaciones de este país en el Grupo de Lima, incluido el debatido apoyo al autoproclamado Juan Guaidó.

Las declaraciones formuladas por Cortizo a una agencia de prensa internacional intentan devolver a Panamá la estatura de nación soberana, que se perdió en los últimos 10 años a través de la aplicación de un modelo de subordinación a intereses externos que conspiran contra el proyecto de integración y unidad latinoamericana, y las iniciativas dirigidas a consolidar la paz efectiva en Venezuela.

El planteamiento del candidato presidencial del socialdemócrata Partido Revolucionario Democrático (PRD) deja claramente establecido de que Panamá no tiene por qué verse agitado por las decisiones políticas que adopte Washington o Pekín, ya que su deber es llevar adelante un proyecto de gobierno digno que promueva la plena soberanía, la paz duradera y la autodeterminación.

Las palabras de Cortizo ofrecen a los electores una esperanza en los intentos de recuperar la firme capacidad de diseñar fórmulas de avenimiento en una región sacudida por actos intervencionistas, donde convergen esfuerzos para construir consensos a favor de la paz, en vez de muros, teatros de guerra y cementerios. En esa tarea, no caben las concesiones de principios a las campañas bélicas.

Pese a ello, hay candidatos que apuestan por el reconocimiento diplomático a un gobierno paralelo e ilegítimo en Venezuela, bajo los auspicios de Washington, sin saber que hay un documento del Comando Sur que obliga a Panamá y a otros países de la región a proveer tropas terrestres en una campaña militar contra el Estado venezolano, lo que implica sumarse al carro del intervencionismo.

En un conflicto armado regional, que supone el despliegue intensivo de armamento de última generación, Panamá tendría mucho que perder, incluida la capacidad de enlazar los negocios como “hub logístico”. La respuesta a esa carrera armamentista y de sabotajes, debe ser la defensa del precepto de la neutralidad, el diálogo, la concertación y el rechazo a una nueva agresión contra Estados.

Es necesario que termine la política exterior abyecta y la connivencia instaurada, para que Panamá retire del lodo su mancillada imagen y recupere su buen nombre en el concierto de las naciones del mundo. El próximo gobierno tendrá que sanear las deterioradas relaciones diplomáticas y desmontar el modelo perverso que compromete la seguridad y viola el derecho internacional en forma grotesca.

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