Recuperación de la base de Río Hato marcó el inicio de la descolonización de Panamá

La base de Río Hato, usada para el entrenamiento de batallones, comprendía unos 7.500 kilómetros cuadrados. Fue el hogar de la 139 brigada de infantería del ejército de Estados Unidos en el Comando Sur. Tenía una pista de aterrizaje de asfalto de 2.700 metros, capaz de recibir aviones de carga C-130.

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General Omar Torrijos iza la bandera panameña en Río Hato. (Foto: Ruperto Miller).

Por David Carrasco

El 22 de agosto de 1970, la base de Río Hato, localizada en el llamado Arco Seco de Panamá, era transferida a la jurisdicción panameña. El general Omar Torrijos junto al presidente de la Junta de Gobierno, Demetrio Basilio Lakas, izó allí el pabellón tricolor, en presencia de dignatarios y alumnos del Nido de Águilas, el Instituto Rubiano y la escuela Ángel María Herrera.

Sin embargo, pocos saben que ese primer paso en el proceso de la descolonización del país había incluido, previamente, a un puñado de estudiantes del Instituto Nacional de la generación de 1970. A comienzos de ese mismo año, un grupo de institutores ingresó sin autorización a través de un campo minado en el complejo militar estadounidense para inspeccionar esas instalaciones de uso bélico.

Ese grupo estaba integrado por Julio César De León, Candelario Santana, Erasmo Arévalo y yo. Todos fuimos considerados “intrusos” al penetrar a través de unos matorrales. Soldados armados con ametralladoras nos interceptaron y obligaron a caminar un largo trecho con las manos sobre la cabeza hasta una carpa con paredes de lona, donde un mayor del ejército de Estados Unidos nos interrogó.

Yo fui el primero en responder al oficial responsable de la base:

‒ “Estamos aquí para inspeccionar estas instalaciones. Necesitamos saber en qué condiciones nos la van a devolver”.

Al escuchar esa respuesta, el mayor estadounidense sonrió en forma incrédula y contestó con otra pregunta provocadora:

‒ ¿Y cómo saben ustedes que la vamos a devolver?

Entonces, satisfice su curiosidad con breves palabras:

‒ ¡Porque nos pertenece!

Luego, intervinieron mis compañeros para complementar la respuesta, en el sentido de reforzar un principio soberano vigente, que era el mandato de los mártires de la gesta patriótica del 9 de enero de 1964, en defensa de la integridad territorial.

Tal vez, sorprendido por la firmeza de los planteamientos, el oficial estadounidense ordenó a un subalterno que trajese refrescos. Y, en menos de un minuto, los cuatro institutores teníamos en nuestras manos unas latas de gaseosas heladas.

Aquel mayor cambió su tono hostil inicial por una actitud de respeto y advirtió que nos expusimos al pasar cerca de un campo minado que albergaba explosivos sin detonar. Luego, hizo una pausa y mostró en un mapa los elementos principales de las instalaciones, pero sin revelar nada sobre el arsenal estratégico.

Durante la conversación, el oficial preguntó en diversas formas si el general Omar Torrijos tenía previsto visitar la base, ya que le gustaría tenerlo como “huésped”. Reiteramos que desconocíamos la agenda del comandante. La reunión se prolongó unos 45 minutos y nos retiramos bajo un sol canicular al lugar del que habíamos partido, a un costado de la base, pero sin cruzar a través del suelo minado.

En realidad, habíamos sido invitados por el general Torrijos a conocer la comunidad montañosa Coclesito, a la que semanas atrás había divisado desde el aire. Pero, debido a la falta de asientos disponibles en los helicópteros, algunos preferimos quedarnos junto a unos pilotos de la naciente Fuerza Aérea Panameña (FAP) y el director de la Caja de Seguro Social (CSS), Damián Castillo Durán, e introducirnos bajo nuestra propia responsabilidad al complejo militar extranjero.

Cuando las aeronaves volvieron de Coclesito, los compañeros institutores narraron experiencias extraordinarias, entre ellas la solicitud de dos maestras que pedían escopetas y municiones para enfrentarse a las fieras en tramos de cuatro horas de sinuosos caminos hasta la localidad más cercana. Para ellos, fue una vivencia única e irrepetible, porque empezaban a conocer la cara oculta de la pobreza en este país.

Sin embargo, relaté a Torrijos y a todos los presentes la hazaña de introducirnos en la base vigilada con radares y centinelas dotados de pertrechos. Torrijos reaccionó con sorpresa y sostuvo que enfrentamos un riesgo, porque los “gringos” habrían podido retenernos. Pero, acogió el hecho con un dejo de aprobación personal:

‒ ¡Ustedes tienen huevos, pelados. Han demostrado que se atreven!

Entonces, lo miré fijamente y pregunté sin remilgos:

‒ ¿Vamos a recuperar la base? ¿Si o no?

Torrijos alzó la mirada y manifestó con claridad:

‒ En política, los golpes se dan. No se avisan. Pero, les prometo que ustedes serán los primeros en conocer la decisión. Se han ganado ese derecho. Ahora volveremos a la ciudad de Panamá. Nos esperan otras importantes tareas.

Mientras aguardábamos la prometida respuesta del Gobierno, aceptamos el reto de la alfabetización en las apartadas regiones campesinas, la organización del trabajo voluntario en áreas rurales y una gran movilización para incorporar al régimen de seguridad social a los explotados trabajadores bananeros. Ya habíamos contribuido a la libertad de los presos políticos arrestados en 1968 y 1969.

A mediados de agosto, el rector del Instituto Nacional, Eric Ramírez, recibió una llamada telefónica del jefe militar panameño para invitarnos a la recuperación de la base, que era un remanente de la Segunda Guerra Mundial en Panamá. El día señalado, viajamos con entusiasmo a Río Hato, portando los estandartes del Nido de Águilas, cuna de rebeldías juveniles y sucesivas luchas soberanas.

Aquel acto trascendental echaba por tierra la solicitud formulada en 1969 por el embajador de Estados Unidos en Panamá, quien en la nota N° 501, dirigida a la Cancillería panameña, pidió que la base de Río Hato “continúe en vigor después del 22 de agosto de 1970”, fecha límite para determinar su entrega o renovación. Pero, Panamá ya había trazado un rumbo y los institutores ayudaron a consolidar la idea de que la presencia de ese enclave impedía concretar el proyecto de nación.

El 22 de agosto de 1970, en la ceremonia de traspaso de instalaciones, encontré al oficial estadounidense que nos había interrogado. Me dirigí a él con cortesía:

‒ Hola mayor: es un gran acto emotivo el que estamos viendo este día soleado. Pronostiqué que recuperaríamos la base, y así ha sido.

El oficial estadounidense estaba nostálgico y parco. Simplemente, asintió:

‒ Es cierto. Usted lo planteó. Espero que la cuiden.

En el territorio recuperado se asentaron la Sexta Compañía Expedicionaria, la Séptima Compañía Macho de Monte, la Compañía de Mecánica “Los Rudos”, el Instituto Militar General Tomás Herrera y la Escuela de Suboficiales Benjamín Ruiz. No obstante, tras la invasión de Estados Unidos a este país, en 1989, el área fue ocupada por poderosos grupos económicos vinculados al turismo.

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