Un país de desatinos y espejismos

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Un país de desatinos y espejismos

Si bien el sector construcción y la actividad comercial nos han sacado en innumerables ocasiones del atolladero, en esta ocasión no lo percibimos igual.

Por Rafael Carles
Empresario
opinion@laestrella.com.pa

Panamá es un país de contradicciones e incongruencias. Tiene un crecimiento económico entre los más altos del mundo, pero un desempleo formal en aumento y niveles de endeudamiento del Sector Público No Financiero muy descontrolados. Tiene una inflación entre las bajas de la región, pero un mercado de bienes raíces desbocado y precios en restaurantes más caros que Miami. Tiene un Canal ampliado cuyos ingresos cubren buena parte del presupuesto nacional del gasto público, pero un Gobierno que endeuda a velocidades que dificulta salir del subdesarrollo. Tiene una población que no ahorra, no le gusta pagar impuestos y todo lo quiere regalado, pero un presidente populista que beca a los fracasados, subsidia a los vagos y premia a los maleantes. Es un país que tiene un Banco de Ojos de lujo, pero, debido a la burocracia estatal e ineptitud del Ministerio Público, los ciegos no pueden recibir trasplantes de córneas.

Cuenta con una Contraloría General para poner frenos y contrapesos en las finanzas públicas, pero los tres órganos del Estado despilfarran y manejan partidas secretas. Tiene uno de los mayores consumos de agua potable per cápita del mundo, pero más de la mitad de su gente no recibe el suministro. Donde sus nacionales son vilipendiados por un embajador extranjero y nadie del Gobierno atiende su deber constitucional de proteger la vida, honra y bienes de los panameños. Un país cuyo centro bancario es golpeado cada vez que lo mencionan en listas grises, pero ningún funcionario se atreve a recurrir a la retorsión para preservar la seguridad económica.

Un país donde los jueces y magistrados son acusados de comprar y vender fallos, pero los fiscales investigan ante la mirada de garzas y en concubinato con periodistas. Un país que continúa entre los primeros del mundo con la mayor percepción de corrupción y entre los últimos en áreas vinculadas a la burocracia administrativa, costos y tiempos innecesarios de tramitología, mala calidad de la justicia y débil marco regulatorio.

En definitiva, Panamá es un país que crece, pero no avanza, donde la pobreza disminuye, pero la desigualdad aumenta. Donde las millonarias inversiones en megaobras han empeorado su patrimonio, desquebrajado su institucionalidad y empañado su transparencia. Donde el gasto público de educación por estudiante es igual o mayor al de países desarrollados, pero los resultados por desempeño están pobrísimos. Donde el ministerio encargado de la economía y las finanzas no planifica y básicamente se dedica a pagar salarios, balancear presupuestos y organizar mudanzas. Un país donde entre los años 2000 a 2004 existió un fenómeno llamado ‘Efecto Mireya’, caracterizado por la falta de rumbo en la política económica y social, y años después regresó otro llamado ‘Efecto Tortuga’ que también llamó la atención por la falta de acción y pretensión ilusoria del Gobierno de que somos un país de maravillas, cuando la realidad demuestra otra cosa

Nadie puede ocultar que la economía nacional está en una marcada desaceleración. No solo los indicadores muestran signos de agotamiento, sino que las encuestas de percepción del consumidor dan cuenta de una mortificación ‘in crescendo’ y todo al que se le pregunta contesta que estamos peor que nunca. Incluso hay quienes vaticinan que las perspectivas pueden agravarse, si las tasas de interés suben más y el flujo de capitales se desmejora por la volatilidad de los mercados internacionales y la guerra comercial entre China y EE.UU.

Independientemente de que al actual Gobierno le faltan seis meses para concluir su período, el país no debe postergar más y requiere un duro golpe de timón en el manejo de su economía. Salvo la información escueta que llega sobre sus viajes al extranjero, declaraciones en medio de desfiles y cortes de cintas, y las multas risibles que imponen corregidores por desagravios contra su honra, al mandatario lo sentimos ausente desde el pasado mes de febrero.

Si bien el sector construcción y la actividad comercial nos han sacado en innumerables ocasiones del atolladero, en esta ocasión no lo percibimos igual. La incertidumbre económica es tan abrumadora y la crisis de confianza es tan profunda que hasta ahora no hay señales de que la economía mejorará en el mediano plazo. Al contrario, sectores fundamentales, como turismo, industria y agricultura, todavía no tocan fondo, una calamidad en cierne con ribetes económicos y sociales para la cual nadie en este país se ha preparado para enfrentar.

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