La horca, el cuchillo y el balón de fútbol

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De izquierda a derecha, Luis “Lucho” Gómez, el general Omar Torrijos y Roberto Gómez, cuando la Federación de Estudiantes de Panamá (FEP) movilizó a miles de alfabetizadores al campo. (Foto de Archivo).

Por David Carrasco

¡Ustedes dos fueron los que trataron de asesinarme con un cuchillo!, dijo en forma temeraria el ministro de Educación, Roger Decerega, señalando con su dedo índice a dos estudiantes institutores quienes habían acudido a su despacho en 1969 para solicitar el financiamiento de un equipo de fútbol.

Frente al jefe de la cartera de Educación estaban Luis “Lucho” Gómez y yo. Ambos intentábamos hacer que Decerega tuviese un noble gesto de desagravio hacia los institutores, cuyo plantel tenía las paredes agujereadas a causa de las refriegas desatadas por la Fuerza Pública en el período de vida de la república.

“Luchó” Gómez, quien años más tarde, en 1989 dirigió la defensa del distrito de San Miguelito durante la invasión de Estados Unidos a Panamá, no tardó en desmentir la acusación del ministro, un personaje de las filas del liberalismo designado por la Junta Militar para lidiar con la crisis educativa.

‒Está equivocado, señor. En el Instituto Nacional, jamás atentamos contra su vida, acotó “Lucho”.

El episodio al que aludía el integrante del gabinete gubernamental había ocurrido semanas atrás, cuando los alumnos del plantel se sublevaron a causa de un incidente causado por la imprudencia de designados oficiales que pretendían acallar las voces de rebeldía del estudiantado.

En efecto, alguien había lanzado contra Decerega el cuchillo usado para rebanar los vegetales en la cafetería del Nido de Águilas, luego de que la enviada especial Berta Arango, ex directora de la Escuela Normal Juan Demóstenes Arosemena, abofeteó en el pasillo a una chica presuntamente por no portar el uniforme completo.

Decerega tenía una espina adentro por haber sido objeto de encierro y amenaza de linchamiento a manos de jóvenes enardecidos, que cortaron las líneas de comunicación en el Alma Mater e hicieron una larga horca de color azul con corbatas atadas, unas tras otras.

Entonces, interrumpí al ministro, quien ocupaba una inmensa silla con un soporte giratorio en una oficina con muchos libros de leyes colocados en un anaquel contiguo.

‒¿Cómo es posible que, siendo usted un santeño legítimo, le tema a los cuchillos? En la provincia de Los Santos, no hay baile que no termine con alguien cortado, por mirar demasiado a las hijas ajenas, aclaré al dignatario.

Inmediatamente, enfaticé:

‒Si los institutores hubiesen querido matarlo, no habrían usado un cuchillo, sino una guillotina.

Además, advertí al ministro que el objetivo de la visita era que él tuviese la gallardía de dar un paso hacia la luz, vinculando la cátedra con el desarrollo físico del ser humano.

Le hice ver que en la Segunda Guerra Mundial los nazis jugaban partidos de fútbol con los prisioneros de guerra condenados al exterminio. Y que ello había ocurrido en los campos de concentración de Auschwitz y Buchenwald. En realidad, el argumento era falso, pero puso a dudar al alto representante oficial.

“Lucho” había estado renuente a hablar con Decerega después de haber recorrido en forma infructuosa el comercio local en procura de un patrocinio deportivo que parecía remoto y hasta inalcanzable.

Lo más interesante del caso, es que ninguno de los dos éramos jugadores de fútbol, pero intentábamos que estudiantes sin equipo, principalmente de Letras, tuviesen una representación digna en el deporte rey.

En la conversación con Decerega, utilizamos todo tipo de recursos retóricos, incluidos silogismos de la clase de Lógica del profesor Jorge Che Hassan, y extractos de los discursos del ex presidente brasileño Joao Goulart, a favor de los jóvenes.

Ante la perseverante sustentación, a Decerega no le quedó otra salida que meterse la mano en el bolsillo. Sacó 25 dólares, y, ante la insistencia, sumó otra cantidad igual, debido al alto costo de los uniformes requeridos.

‒¡Esto es todo lo que les puedo dar!, asintió el interpelado con una expresión de duda y picardía política.

Finalmente, aceptamos 50 dólares para el equipo, que compitió sin ganar en aquella modesta Liga Institutora, en la que sobresalían hábiles delanteros de la talla de Ricardo Johnson y Ricardo González, baluartes de la selección nacional que años después conquistaría una copa subregional.

Al abandonar la sede del Ministerio de Educación, “Lucho” y yo nos sentimos vencedores. Tuvimos la sensación de haber vendido una podadora de césped en una jungla de asfalto. Le habíamos quitado un pelo al tigre, el mismo que denigró a los institutores, mostrando en cadena de televisión un cuchillo de cocina, como si hubiese sido el arma preferida de Jack el destripador.

Aquello fue, además, una especie de homenaje anónimo a astros que jugaban al pelotazo. Éramos hinchas sin recursos, pero soñábamos que alguna vez Panamá brillaría en una Copa Mundial de la FIFA.

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