La democracia “excluyente” reservada para una elite

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Se acabó el tiempo de las democracias excluyentes.

Por Marco A. Gandásegui, hijo
Profesor de Sociología de la Universidad de Panamá e investigador asociado del CELA

La política en América latina ha sido sacudida por una poderosa ola conservadora que se inició en Honduras en 2007 con el golpe militar contra el presidente Mel Zelaya y pocos años más tarde con la destitución parlamentaria del presidente Lugo en Paraguay. Después, siguieron los fraudes electorales en México, el golpe en Brasil y el retroceso en Argentina.

Desde el triunfo en la cumbre de presidentes en Mar del Plata (Argentina), en 2005, donde el proyecto del ALCA de EEUU fue engavetado, hasta la reunión en Lima en abril de este año (2018), el escenario ha cambiado radicalmente.

Algunos piensan que la política se comporta como la naturaleza. Sin embargo, no es así. La política no se comporta como las mareas que suben y bajan como resultado de la atracción de la luna sobre los océanos. La política es el resultado de las luchas entre los diferentes sectores sociales que aspiran a proteger o ampliar sus espacios de influencia. A fines del siglo pasado y a principios del presente, la región experimentó una creciente participación popular en la actividad política. Como consecuencia, expresiones políticas progresistas llegaron a dirigir la mitad de los gobiernos de la región con apoyo popular significativo.

Estos gobiernos tenían en sus manos los planes y los proyectos que demandaban los pueblos. Los que no tenían era la capacidad para enfrentar el sabotaje del cual eran víctimas por parte de los sectores más conservadores (oligarquía) y de los intereses de EEUU que veían con recelo todo cambio. Con pocas excepciones, todos negociaron y bajaron sus aspiraciones. En los casos mencionados más arriba, fueron eliminados como propuestas políticas. Han sobrevivido –gracias a la movilización popular– los gobiernos de Venezuela y Bolivia. EEUU amenaza al primero con una intervención militar cuyo costo en vidas sería trágica. Al segundo, el Comando Sur de EEUU todavía está estudiando la estrategia para derrotar un pueblo único ‒con raíces milenarias– que está en el poder.

En el caso de Panamá, en 1989 –después de la invasión militar de EEUU– Washington instaló un régimen al cual le dio la tarea de poner en práctica las políticas neoliberales Significó la de-regulación radical de las políticas públicas, la flexibilización de la fuerza de trabajo (crear una masa de trabajadores informales) y la privatización de todas las empresas públicas. Después de casi 30 años de un régimen excluyente, a pesar de condiciones económicas favorables, la estructura social y económica está en quiebra y el sistema político está a punto de colapsar.

La oligarquía, que se apoderó de los sectores más prósperos de la economía, no tuvo la capacidad de crear un sistema político que integrara y ampliara la base participativa. Al contrario, la política excluyente fue creando un sistema que carecía de los eslabones necesarios para unir a los distintos sectores sociales. Se oficializó el “clientelismo” como fórmula política. Los órganos del Estado y los partidos políticos apenas sirven de pantallas para disimular el poder económico que se encuentra detrás. El debilitamiento del aparato político desnuda la intervención –sin los mediadores clásicos‒ de los sectores económicos más poderosos.

La cooptación de los sectores populares, concentrados en los sindicatos, gremios profesionales y productores agrícolas, se realiza también sin mediación alguna. La negociación se hace en forma abierta. La lealtad política se convierte en una mercancía. Se compran y se venden las curules, las togas e, incluso, los títulos de dirigentes. Las grandes corporaciones encabezan la ofensiva, con los políticos de los órganos de gobierno e ideólogos de la llamada sociedad civil legalizando cada paso.

Los diputados y ministros de Estado no gobiernan, no legislan y no ejecutan proyectos. Están en manos de los medios de comunicación que sirven de sus voceros en las disputas. El marco de referencia de las peleas no es el país o algún proyecto de nación. Ni siquiera hay un referente ideológico. Los valores conservadores se han vuelto consignas y las propuestas liberales se reducen a la fórmula de dinero. En su momento –después de 1989– los conservadores levantaron la bandera de la democracia “excluyente”, reservada para una elite financiera, blanca y pro-norteamericana. Los liberales –con poco éxito‒ trataron de complementar la idea dominante con nociones de desarrollo. Tanto liberales como conservadores y sus partidos, se han convertido en cascarones sin eco. Hay dos alternativas. Descubren la salida a la crisis o sucumben a nuevas fuerzas sociales emergentes.

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