El quepis policial es distintivo de vida y jamás honra la muerte

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Agentes de la Policía Nacional de Panamá en un patriótico saludo.

Por David Carrasco

La psiquiatra Íngrid Persky declaró a una televisora local que la entrevistó en busca de evidencias científicas, que hay más casos de los sospechados de intentos de suicidio policial en Panamá. Indicó que los policías “trabajan mucho”. ¿Dónde?, preguntarían con asombro las víctimas de asaltos y violaciones, tras escuchar la voz autorizada en el ámbito forense. Sin embargo, esa tragedia no deja de sacudir la conciencia de una sociedad que toca fondo.

La psiquiatra reconoció que las unidades que portan uniforme de la institución a la cual sirven, sufren episodios de estrés, problemas maritales y de otra índole que pudiesen tener repercusiones en aquellos casos en los que se pone en riesgo la vida humana de quienes llevan en su escarapela el sugestivo lema de “Proteger y Servir”.

Una seguidilla de suicidios de agentes policiales ha despertado curiosidad y alarma en la población sometida a constantes presiones económicas y sociales derivadas del modelo que privilegia el consumismo, el individualismo y la exclusión. Algunos de esos episodios tienen como detonantes las tensiones laborales y el fracaso en las relaciones entre parejas, según los informes oficiales divulgados por los criminólogos.

El suicidio es el acto por el que una persona de forma deliberada se provoca la muerte. Son unos 817.00 suicidios anuales en el mundo y los métodos varían por país. Los más comunes son el ahorcamiento, el envenenamiento con plaguicidas y la manipulación de armas de fuego. Menos común es el harakiri (desentrañamiento) que practicaban los samuráis en Japón, como un ritual honorable y fatalista.

Los disparos realizados con armas de fuego son la forma letal preferida por los policías panameños afectados por cuadros depresivos, en los que no están ausentes los tóxicos conflictos sentimentales, la crisis familiar y el hostigamiento laboral.

En un pasado no muy lejano, se afirmaba en voz baja que un ignoto a quien apodaban “Ricardón” merodeaba cerca de las casas de los agentes policiales cuando ellos laboraban en el cuartel o recinto, o lustraban el arma de reglamento.

Algunos sugieren que el tal “Ricardón” era un ser irresistible para las solitarias esposas de los policías, pero ello parece una leyenda urbana, un cuento de camino inventado por los machistas, sobre la base del imaginario popular y la pérdida de las lealtades en tiempos en que absolutamente todo está en venta, hasta el amor y el afecto.

Cualquiera sea la causa del incremento de casos de suicidios entre los agentes panameños, debe haber un análisis riguroso de los factores de riesgo, así como una adecuada oferta institucional  psicológica, para que los uniformados tengan motivos suficientemente vitales y no mueran por su propia mano, sino defendiendo la integridad de la población frente al crimen organizado y al abominable entreguismo y traición a la patria.

Es necesario que altos mandos envíen a los policías a aprender carreras complementarias en las universidades. Tal vez, ello amplié el horizonte de los responsables de la Seguridad Pública y la enseñanza superior contribuya a derrotar la corrupción en las filas castrenses. Es hora de poner un alto al réquiem por los atrapados sin salida que se inmolan en los cuarteles y dejan las charreteras de sus uniformes bañadas en sangre.

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