El ardid del entretenimiento público. Editorial del 11 de septiembre

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Los sucesivos escándalos mediáticos que implican la divulgación de hechos inciertos, casi siempre envueltos en un velo de misterio y rumores “sembrados” en los grupos formadores de opinión pública, han servido para generar gran confusión en el electorado y desviar la atención colectiva sobre los mayores actos de latrocinio cometidos en Panamá en 100 años.

Un constante bombardeo de imágenes de crónica roja, el uso de redes sociales para la transmisión de mensaje de audio, texto y video cargados de estupidez, envuelven los puntos de referencia de una población aturdida y manipulada por el engaño de grupos responsables de sórdidos negocios que comprometen el futuro democrático y soberano de los panameños.

El diversionismo ideológico no es nuevo, pero en el caso de Panamá la ausencia de un fuerte movimiento social contestatario ha llevado a sectores desposeídos a quedar subordinados al modelo de inequidad vigente. La falta de una organización firme y dispuesta a estremecer y derribar ese modelo también impide un debate para construir adecuados consensos.

Las fuerzas encaramadas en el poder se han encargado de mentir y minar el camino de obstáculos para frenar la marcha popular. Han tenido la habilidad táctica de distraer y entretener a las mayorías para sojuzgarlas y obligarlas al silencio y la pasividad ante un expolio brutal que conspira contra el derecho al desarrollo humano, la seguridad y el acceso al bienestar.

Es más fácil manipular a gente idiotizada, que a un pueblo en vigilia o en rebeldía. En ese ambiente nacional cargado banalidad, ultraje y antivalores propios de una mafiocracia, prospera el desenfreno, el rumor, la desinformación, la campaña sucia, el descrédito, el abuso, la noticia falsa o “Fake News”, el culto al engaño, la incertidumbre, el odio y la desconfianza.

Así se explica la oferta circense al pueblo para compensar el saqueo de bienes y la entrega del territorio al mejor postor. Capitalistas sin escrúpulos no cesan de saquear al Estado y luego le endilgan el mote de “mal administrador”. Se refieren a la pobreza como fallas en el modelo, y no como un hecho derivado del saqueo centenario y la corrupción rampante.

Para gobernar, las elites necesitan que perdure la “Patria Boba” y que nadie se mueva de sus asientos ante las causas perdidas. De hecho, muchos espectadores no se enterarán de nada porque están viendo telenovelas. El colonialismo mental empezó hace mucho, cuando los esclavos aceptaron el látigo como parte de sus vidas. Sin embargo, otros vieron la luz al romper las cadenas.

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