Dilma Rousseff: “El Gobierno brasileño es neofascista”

La ex presidenta de Brasil asegura que Jair Bolsonaro está destruyendo la Amazonia y la soberanía del país.

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Dilma Rousseff, ex presidenta de Brasil. En la entrevista. CARLOS ROSILLO.

Por Cecilia Ballesteros
Madrid

Podría decirse que Dilma Rousseff, de 71 años de edad, es una activista de izquierdas devenida en tecnócrata. Cierto, pero Dilma es sobre todo una luchadora. Presidenta de Brasil, fue la primera mujer en gobernar el país, entre 2011 y 2016. Activista desde su juventud, Rousseff irrumpió en la primera fila de la política como ministra de Energía y presidenta de la junta directiva de Petrobras y después como jefa de Gabinete, una suerte de primer ministro, en el último mandato de Lula da Silva, cargos donde se ganó una reputación de dama de hierro por su exigente gestión, su capacidad de trabajo y su dominio de los temas técnicos.

Hija de un inmigrante búlgaro y con madre brasileña, Rousseff nació en una familia de clase media en el Estado de Minas Gerais, en el sudeste, donde se licenció en Economía. Tras el golpe de Estado de 1964 que dio paso a la dictadura militar, se unió a los grupos radicales de izquierda. Aunque dice que nunca intervino en un enfrentamiento armado, fue detenida y torturada, y aquí hay que decir que en estas prácticas los militares brasileños de aquel entonces eran unos auténticos expertos, y pasó tres años en prisión.

Elegida por Lula para continuar su mandato, en un contexto de prosperidad económica que permitió el ingreso en la clase media de 40 millones de brasileños, ganó con holgura las elecciones en 2010 y volvió a ganar cuatro años después, cuando el carnaval de las materias primas, como fue llamado en esos años, impulsado por la demanda china y la bonanza que había producido comenzaba a frenarse. Vino entonces una etapa de vacas flacas y una sociedad más consciente de sus derechos que urgía unas reformas siempre aplazadas. Rousseff presidió un periodo de estancamiento económico y una espiral de corrupción que envolvía al Partido de los Trabajadores (PT). Irónicamente, mucho más dura que sus antecesores en la lucha contra la corrupción —en su primer año de Gobierno despidió a seis ministros imputados— resultó víctima de esta tras una operación de la oposición de derechas que con una triquiñuela legal la desalojó del poder.

Ha pasado mucho tiempo desde entonces. Rousseff superó un cáncer; su sucesor y verdugo político, Michel Temer, está procesado por corrupción, y en noviembre los brasileños eligieron presidente a Jair Bolsonaro, un militar populista de extrema derecha, al que no duda en calificar de “neofascista”. Hoy Dilma a secas, como se la conoce en Brasil, está en Madrid para participar en actos de la UGT y del PCE porque, dice, “la izquierda debe estar unida y no perder la esperanza”.

Pregunta. La ONU debate el cambio climático, tras los incendios en la Amazonia, pero Jair Bolsonaro parece ir en dirección contraria en este y otros asuntos…

Respuesta. Me parece que está destruyendo no solo la Amazonia, sino la soberanía de Brasil. El país tiene un área de preservación en un entorno que es 11 veces el tamaño de España. Todo eso está siendo amenazado. El proceso ya comenzó con el Gobierno anterior, de Michel Temer, pero como a escondidas, por los márgenes. Bolsonaro no. Bolsonaro asumió actitudes gravísimas: por ejemplo, cerró el Consejo Nacional del Medio Ambiente (Conama). Es una política deliberada. Bolsonaro ha hecho explícito su objetivo de explotación minera de la zona. La Amazonia es una epifanía.

Han pasado tres años desde su proceso de impeachment. ¿Cómo ve hoy aquellos hechos?

Fue más que una injusticia. Fue un golpe de Estado. Mi salida fue el primer acto de una pieza teatral que no acabó. El segundo fue colocar a un Gobierno que adoptó medidas no aprobadas por las urnas y una reforma laboral que precariza el trabajo y que nosotros no hubiéramos hecho. Eso crea el ambiente para la llegada de Bolsonaro. La Red Globo de televisión difunde que Brasil está quebrado. ¿Cómo que estaba quebrado? Brasil estaba quebrado cuando Lula da Silva llegó al Gobierno. Los golpistas dan un golpe para implantar un modelo neoliberal. Fueron irresponsables, unieron una crisis política a una económica y comenzaron a vislumbrar que había una posibilidad de que Lula volviese a la presidencia. Primero, comienzan a hacer gestos para criminalizarle, como no lo consiguen, le condenan y le encarcelan. Seguía siendo el favorito para las elecciones.

¿Pero esa trama es la única responsable de que Bolsonaro llegue al poder? Está la corrupción por el caso Lava Jato, el saqueo de Petrobras…

Los partidos de centro, centroderecha y derecha se destruyeron en el proceso. Iniciamos el fortalecimiento de las instituciones, con una legislación que permitía el combate contra la corrupción. Lula dio, además, recursos y profesionales a la policía federal y yo sancioné una ley de combate contra las organizaciones criminales en 2013, antes de la Operación Lava Jato. Las instituciones en las democracias jóvenes corren un riesgo, transformarse de instituciones en corporaciones, que, como se sabe, solo se ocupan de defender su propio interés. Las instituciones judiciales se han convertido en una corporación y con Sérgio Moro como jefe de los fiscales de Curitiba desencadenaron la Operación Lava Jato. Es cierto que descubrieron muchas cosas, pero la cuestión es en quién se enfocaron. En Lula.

¿Qué opina de las filtraciones que The Intercept en colaboración con EL PAÍS Brasil ha publicado sobre el ministro de Justicia Moro?

En cualquier otro país, los fiscales deberían ser interrogados e incluso juzgados. Cometieron irregularidades y una serie de actos ilegales e irregulares. Y aún más grave, esas filtraciones demostraron que no tenían pruebas contra Lula y que forzaron delaciones falsas. Segundo, actuaron de forma política. En relación con el ex presidente Fernando Henrique Cardoso que tenía la misma situación que Lula, Moro escribió: “No hay que investigar a un aliado”. Se comprometió la justicia brasileña. Un juez no puede comportarse como un acusador. No sé cómo va a desenvolverse esa situación en un Gobierno neofascista como el de ahora que ataca a todos los sectores.

¿Cómo hacer que Brasil se vuelva a enamorar del PT?

Tuvimos una derrota. Perdimos, llegamos en segundo puesto, pero somos los únicos que sobrevivimos a la razzia de la extrema derecha, con 47 millones de votos, un 44,8%. Sufrimos una derrota, pero no estratégica. El PT mantuvo su dignidad. Tuvimos errores y aciertos. Impedimos la llegada del neoliberalismo.

¿Cree que la autocrítica y nuevos rostros devolverán el poder al PT? ¿Piensa volver a la política? Se presentó como senadora y no fue elegida…

Bolsonaro no llegó al poder por nuestros errores, sino por nuestros aciertos. La exigencia de autocrítica viene de un sector de los medios que crearon el clima que facilitó la llegada de Bolsonaro al poder, y de sectores del empresariado. Pude equivocarme cuando di una exención de impuestos, fue un gran error, porque los empresarios simplemente se lo metieron en el bolsillo. Podemos habernos equivocado en no haber reglamentado el mercado oligopólico de los medios, que llevó a la absoluta ambición de una parte de las élites brasileñas de implantar ya las reformas neoliberales. Yo estoy en la política. Creo en la política en sentido griego, como servicio público.

En el documental de Netflix (Democracia en vértigo) ha dicho que en algún momento de su mandato llegó a sentirse sola.

No recuerdo haberlo dicho. Y si lo han puesto en mi boca, sería fuera de contexto. Todo lo que tenía era compañeros alrededor. Nunca me quedé sola. Y yo tampoco nunca he sido de decir “Ay, pobre de mí, estoy sola”.

¿Cómo ve a la izquierda latinoamericana?

Con mucha esperanza. Ya tuvimos a López Obrador, ahora está la posibilidad de que en Argentina ganen Alberto Fernández y Cristina Fernández de Kirchner, para que regresen… porque el Gobierno de [Mauricio] Macri revela a donde lleva una política endiosada. Recordemos qué se dijo cuando ganó: que salvaría a Argentina del caos, que tendría mucho éxito porque era empresario y haría una política muy eficiente. ¿Qué ha hecho? El endeudamiento más brutal. Y es extraño que el FMI conceda un préstamo de 56.000 millones de dólares que huye de todos los parámetros técnicos. Van a quebrar Argentina otra vez.

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