Arde el continente

El Programa de Naciones Unidas para el desarrollo, que también tenía su parte en la implementación, no logró hacer mucho en Colombia en torno al tema.

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Arde el pulmón del Amazonas. (Foto: Reuters).

Por Mariela Sagel
opinion@laestrella.com.pa

El título no se refiere solamente al incendio que ha estado arrasando al pulmón del mundo, la Amazonia, que además de devastar Brasil, ya ha ingresado a Bolivia y sigue descontrolado. Según los medios internacionales, este fuego que consume los bosques amazónicos es el más fuerte e intenso en cinco años y ha quedado en entredicho la gestión del presidente ultraderechista Jair Bolsonaro, cuyos planes eran rebajar los controles que lleva a cabo el Instituto Brasileño de Medio Ambiente (IBAMA), el principal órgano de fiscalización ambiental del país.

Definitivamente que es una tragedia lo que se lee y mira a través de los medios tradicionales y redes sociales que ocurre en esa área del continente, pero lo es también la lamentable noticia de que se han roto los acuerdos de paz en Colombia, alcanzados en 2016.

Un artículo de opinión del diario The New York Times, firmado por Alexander Fattal, antropólogo, dice textualmente que dichos acuerdos, que lograron reunir en un mismo propósito a la guerrilla conocida como las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y al gobierno en ese momento encabezado por Juan Manuel Santos, en La Habana y bajo la mediación de Noruega, significa un retorno a la violencia que ha masacrado al país del que algún día fuimos parte y eso es la culminación de varios factores, el más relevante: una falta de apoyo político de parte de los gobiernos de Washington y Bogotá (ahora bajo la presidencia de Iván Duque, discípulo de Álvaro Uribe).

Recordemos que ese año 2016, ‘el año en que nos volvimos locos’, como lo catalogó el escritor Héctor Abad Faciolince, fue electo el nefasto presidente Donald Trump y al año siguiente, Duque. Ambos, a través de sus actos y omisiones, decidieron que los acuerdos de paz alcanzados no fueran llevados a cabo con éxito.

Según este artículo, y otros en que baso mis señalamientos, Duque, una vez asumió el cargo bajo la influencia ultraderechista de Uribe, ha hecho casi nada para reprimir la ola de asesinatos a líderes sociales y guerrilleros que se habían desmovilizado para permitir lograr la ansiada paz, como se había suscrito en los acuerdos.

El pelirrojo de la Casa Blanca, por su parte, se ha mostrado totalmente indiferente en el caso colombiano y removió casi de inmediato de asumir la presidencia al diplomático Bernard Aronson de su cargo, quien tenía la responsabilidad de apoyar para que se cumplieran los acuerdos. El Programa de Naciones Unidas para el desarrollo, que también tenía su parte en la implementación, no logró hacer mucho en Colombia en torno al tema. La ansiada paz para los colombianos parece ser esquiva.

Con el quiebre del liderazgo del grupo desmovilizado de las FARC y los que ahora se vuelven a la guerrilla, el futuro se ve desolador. Hay intentos de una parte de unificar a este grupo con el fin de forjar una alianza con el todavía rebelde Ejército de Liberación Nacional (ELN), que se había fortalecido desde que las FARC habían buscado la solución pacífica.

La cercanía de estas fuerzas insurgentes a la frontera con Venezuela no ayuda en nada al clima de paz. Colombia tiene límites territoriales tanto con Venezuela como con el incendiado Brasil, justo en el área del Amazonas, lo que hace éstos muy porosos y susceptibles al tráfico ilícito de drogas y otros ingredientes que componen elementos del desasosiego de la población. El fuego que no para en Brasil y Bolivia y la indiferencia de Washington, así como una política desarticulada sobre la región (más allá del empecinamiento de remover a Nicolás Maduro de su cargo) son ingredientes apetecibles para crear una inestabilidad mayúscula que por rebote afecta a Panamá.

El país vecino, Colombia, del que fuimos parte hasta 1903, ha sufrido por más de 50 años de lo que ellos llaman ‘la violencia’ y para todos fue un ejemplo el que se lograran esos acuerdos de paz, que fueron celebrados en el mundo entero. Así como ha sido escenario de cruentas batallas, se ha empinado sobre ellas para desarrollar planes ambiciosos de desarrollo en sus áreas rurales que no cuentan con una infraestructura adecuada, de la que gozan las ciudades más avanzadas. La firma de los acuerdos de paz, a fines de noviembre de 2016 le dio al mundo la esperanza de que muy grandes antagonistas, conflictos políticos y confrontaciones mayores, podían ser motivo de diálogo y puntos de concordancia.

Sería una pena para todo el continente, y un fracaso para los policías del mundo, los Estados Unidos, y ahora en la figura de Donald Trump, que por su negligencia y empecinamiento en buscar batallas donde no las hay, desoiga las lecciones que nos brindó este ejemplo. El norte de América del Sur está a punto de estallar y eso nos afecta a todos.

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