Advertencias a los administradores del escenario político

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Fachada del Palacio Presidencial en Panamá. (Foto: Crítica).

Por Rafael García Denvers
Ingeniero

Para evitar confusiones, es obligatorio ‒olvidando cuales fueron nuestras preferencias y en qué las sustentábamos‒, ser conscientes de que, una vez más, Panamá pasó por un proceso electoral pos invasión. Las ofertas políticas presentadas no pusieron en riesgo los intereses de los poderes económicos que se disputan la posesión de las riquezas nacionales.

Y restringiendo el comentario a hechos particulares del escenario político, debo felicitar al pueblo por buscar la alternativa más conciliadora y con rasgos de dignidad humana, aun cuando hubo quienes toleraron la rapiña gubernamental promovida bajo el lema “robó, pero hizo”. Con esa consigna se justificó el saqueo ejecutado con el más amplio descaro, como una enfermedad anti valores en la sociedad panameña.

La epidemia de corrupción, fruto de la propia esencia del modelo económico, muestra lo profundo de sus raíces en Panamá.

Un dos por ciento de diferencia entre los primeros lugares y un 20 por ciento representativo de una oferta flotante sin programa ni metas, hablan del gran poder manipulador establecido por los administradores del escenario. Además, muestra lo lejos que nos encontramos de los valores humanos de solidaridad, decencia, honradez y ética que deben ser la base de una sociedad con capacidad de lograr la sobrevivencia del ser humano en esta tierra de recursos finitos y ambición infinita.

Por ello, transmito mis felicitaciones a los administradores del escenario. Son impecablemente efectivos en la tarea de ocultar la verdad tras el telón que representa un horizonte de esperanza y no la realidad de confrontación entre la necesidad colectiva y la apropiación y el despojo de los recursos de este país.

Por otro lado, hay que recordar que las necesidades y soluciones sólo se pueden atender en un marco de equilibrio, para lo cual el Estado debe desempeñar un papel facilitador en el que el Norte esté claramente ubicado en la redistribución de las oportunidades y herramientas de avance, evitando la excesiva concentración de beneficios de un lado, el de los menos.

Para alcanzar un equilibrio efectivo, deben estar claramente representadas las partes en conflicto.

En la actualidad, el capital, en especial el capital financiero nacional e internacional, tienen a su servicio organizaciones, abogados defensores y soldados de alquiler que defienden sus intereses y ambiciones, mientras que del otro lado de la soga hay sectores desorganizados que pelean nimiedades.

Asimismo, hay directores de orquesta que saben mantener la tensión en la soga y la orientación de la fuerza aplicada, aunque luego se disputen la distribución de lo conquistado, mientras que en el otro extremo cada actor hala para sí y en el instante que le parezca, sin ninguna organización o coherencia colectiva.

En ese contexto, el gobierno electo queda sujeto a la presión efectiva y al llanto colectivo que no aporta a la solución de las mayorías. En la ecuación social, la variable organización popular tiene un valor muy bajo y no contribuye lo suficiente para incidir en los gobiernos. De un lado, las metas son a largo plazo, con luces largas, y, del otro, se solicitan parches sin visión de futuro, con luces muy cortas, y, en ocasiones, con los focos rotos.

No esperemos cambios, sino estamos dispuestos a pelear por ellos y defenderlos. Recuerden el Código de Trabajo, Código Agrario, las Juntas Administradoras de Acueductos Rurales y tantos otros logros que dejamos ir. Es necesario señalar el nuevo asalto a la legalidad en que puede convertirse la revisión constitucional, sin una real y unificada participación popular.

Debemos superar el escenario y ver el horizonte con verdaderas luces de carretera, sin desconocer u olvidar los riesgos del camino ni la transitoriedad de los conductores. Sólo entonces seremos capaces de exigirle al nuevo gobernante un comportamiento y un manejo que enfrente los vicios del presente.

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