Las elecciones y los factores reales de poder

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Complejo escenario electoral. (Foto: Grupo EOASA).

Por Antonio Saldaña
Abogado y analista político

Politólogos, “influencers” y charlatanes mediáticos sin ningún argumento fundamentado en la realidad y el análisis científico, insisten en achacarle al pueblo (electores) toda la culpa de la prevalencia por 34 largos años de un sistema político ya colapsado, que se resiste a la sepultura, pero que tampoco se vislumbra con claridad su reemplazo.

Todos los actores políticos dicen querer cambiar el actual régimen, pero muy pocos se han atrevido a cruzar el Rubicón sistémico. Timoratos y reduccionistas se limitan a endilgar el problema a un tema de personalidades. Hasta ahora, sólo dos candidatos presidenciales se han referido puntualmente a la convocatoria de una Constituyente, como el mecanismo para sustituir a la “clase política” corrupta y clientelar o “refundar la República”.

Sin embargo, el tema de cómo modificar o subrogar un modelo político corrupto y clientelar es más complejo que la forma de cómo vota el pueblo por una oferta electoral que surge de las penumbras de acuerdos de recámaras o de cenas en una hermosa residencia diplomática en el exclusivo barrio de La Cresta. Por supuesto, allí está el detalle, es decir, quienes decidieron el destino político de Panamá de ayer y, nada indica que no lo ventilarán mañana también.

En efecto, el derrotero político o poder político de la República de Panamá, se define mediante la intervención de varios “factores reales de poder”, ellos son, por supuesto, el pueblo panameño, el poder económico y el gobierno de Estados Unidos de América.

Potencialmente, el pueblo panameño es el factor político más importante, no obstante su expresión está limitada por otros componentes políticos transversales, por ejemplo, el bajo nivel de educación política, el ser sujeto del clientelismo político y por una oferta electoral oligopólica, en cuya conformación no tiene “arte ni parte”.

El otro elemento político decisorio en la vida política nacional es el poder económico, de fuerte influencia antinacional y antipopular, cuyo peso específico es determinante. No sólo porque es el principal donante de las campañas electorales, sino porque mediante el control del oligopolio mediático es el más importante intermediario conductual del panameño de a pie.

En pocas palabras, han sido los medios de comunicación social quienes han moldeado los nocivos hábitos políticos del panameño humilde o famélico. También es frecuente escuchar a entendidos y legos en la política, que en más de una ocasión las nóminas presidenciales se “negociaron” con un par de tragos de “Mc callan” en el Club Unión.

Finalmente, para nadie es un secreto la marcada influencia política del gobierno norteamericano en la existencia nacional. Desde que los colombianos ataron al istmo de Panamá a las cadenas del imperio norteamericano, hace 177 años, mediante el oprobioso tratado Mallarino-Bidlack. Como también ocurrió con el tratado del Canal de Panamá de 1903. Así como el difamatorio artículo 136 de la Constitución de 1904, redactado por el “prócer” Tomás Arias y mediante el cual se conculcaba la soberanía e independencia nacional; hasta el tratado de 1977 que nos puso “bajo el paraguas del Pentágono”. En buenas cuentas, el colonialismo cultural no se ha mudado aun de nuestras playas.

En síntesis, con oscilaciones, el desarrollo político panameño ha sido tutelado por el gobierno de EEUU, hasta el punto que para nadie es un secreto en Panamá, que la nómina presidencial del quinquenio 2009-2014, se conformó en un aposento de la embajada del “Norte revuelto y brutal”.

De manera, que por ahora, el pueblo panameño está atado de pies y manos, rindiendo reverencia ante el altar de la plutocracia corrupta y clientelar. Esa situación empieza a modificarse en la medida en que la población va tomando conciencia de la necesidad inexorable de radicalizar la democracia.

¡Así de sencilla es la cosa!.

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