La rebelión de las raíces (Relato)

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Pareja en el bosque.

 

Por Raimundo López Medina

 

Porque soy como el árbol talado, que retoño:
porque aún tengo la vida.
El herido, Miguel Hernández.

La primera e inquietante señal sobre el inusual comportamiento de los árboles le llegó mediante la electricidad: hubo como un parpadeo de las bombillas y la señal del televisor bajó al punto de casi apagarse, pero rápidamente recobró su intensidad habitual. Era un problema que empezaba a hacerse cotidiano desde hacía una semana, pero en la noche terminó por preocuparle.

Sentado en el amplio y cómodo sofá de la sala, su primer pensamiento tuvo que ver con la garantía de los equipos eléctricos, principalmente la refrigeradora, ante una eventual rotura a causa de los altibajos del voltaje. “Sabe Dios dónde guardé las facturas de esas compras”, pensó.

Su esposa regresó de la cocina, unos 20 minutos después de la cena y haber llevado a los dos hijos del matrimonio a su habitación. En la sala la escuchó lavar los platos y después las protestas de los niños, en respuesta a su pedido de dormir temprano. Desde el sofá estudió su silueta, como cada noche, cuando hallaba siempre razones que les ayudaban a derrotar el tedio que provoca el paso de los años. Para felicidad de los dos, siempre habían descubierto un asunto u ocupación que los protegiera de la costumbre en la vida cotidiana, que compartían en las noches y los fines de semana.

— No es la primera vez que pasa -dijo ella.
— Realmente es preocupante, sobre todo, por los equipos eléctricos -respondió él.

Fueron comentarios de ocasión, mientras ella se acercaba a sentarse en el sofá. “Que alivio” -comentó, con alegría. “Tanto tiempo de pie en la escuela cansa, duele en las piernas”, agregó.

Él le tomó una mano y la apretó con ternura, pero continuó mirando las noticias sobre el clima en la televisión. “Volverá a llover”, dijo repitiendo los vaticinios del experto.

Un reportero relataba los daños del último temporal la noche anterior, pero afortunadamente no había informes de víctimas en la población. El joven periodista pasó imágenes de muchos árboles caídos: uno monumental sobre una avenida, cuyas ramas aplastaron parte de dos automóviles, lo que provocó un cierre del tráfico durante horas. Otro se desplomó sobre dos viviendas, pero ambas familias salieron ilesas.

Hechos similares ocurrieron en otras partes de la ciudad y, en todos, grupos de empleados municipales y de los cuerpos de socorro, con sierras portátiles, se ocuparon de cortar las ramas de los árboles caídos para despejar las vías.

— Han caído muchos árboles, en todas partes -dijo ella.
— Es que el suelo está reblandecido por tanta lluvia y las raíces quedan sin donde sujetarse, sin apoyos —le explicó él.
— Me entristece cada árbol caído —lamentó el, es como si se quejaran de tanto espacio que les hemos quitado, o de dolor cuando los mutilan para evitar dañen los cables del teléfono y la electricidad.

Él le dirigió una mirada comprensiva, pero siguió atento a las explicaciones del experto, que alertaba sobre la saturación de humedad del suelo y los riesgos que implicaba. De hecho, un deslave había lanzado sobre una carretera barro y rocas, arrastrando un árbol que aplastó la parte delantera de un automóvil.

— Dicen que los árboles sienten dolor, hay un estudio que lo demostró —afirmó ella, mirando con atención el trabajo de los socorristas.
– Yo creo que les duele lo que le hacemos -insistió, pese al silencio de él.

No era la primera vez que ella le mencionaba el asunto, incluso lo habían debatido en conversaciones informales entre los miembros de la cátedra de biología de la universidad, donde ambos trabajan. Aunque todos los catedráticos coincidían en que las plantas son seres vivos, la sola idea de que pudieran tener sentimientos para la mayoría era un disparate.

Para él la respuesta negativa es casi elemental: las plantas carecen de cerebro y sistema nervioso, es decir, de formas de captar las señales y los golpes de su entorno, mucho menos para experimentar algún tipo de sentimiento como dolor o tristeza. Ella, en cambio, sostenía que la diversidad de la naturaleza es tan grande, que en muchas partes siguen ocultas para el ser humano, todavía imposibles para su comprensión. “Debe de haber otras formas de comunicarse y sentir, sólo que no las hemos descubierto aún”, aseguró en unas de esas conversaciones.

Realmente, era un tema recurrente en sus vidas, en el mundo de cemento y asfalto de la ciudad, donde las plantas estaban confinadas a los jardines, a unos pocos parques y en parte de las aceras o espacios para adornar algunas avenidas. Sus frutos, en caso de ser comestibles, eran otros productos en los mercados, donde la preocupación principal son las oscilaciones de sus precios y la apariencia.

No obstante, ella no podía evitar un sentimiento de dolor al ver cuando empleados de la municipalidad talaban los árboles para La rebelión de las raíces que rozaran los cables del tendido eléctrico. Incluso, se había percatado que muchas de las plantas se marchitaban cuando eran cambiadas de lugar. Quizás las hojas mustias era su forma de expresar tristeza por el cambio al que habían sido forzadas, pensaba.

El asunto estaba condenado a salir de su conversación, incluso en la noche de tormenta, pues después de los noticiarios venía en la programación su telenovela preferida y ella se iría a la habitación para verla desde la comodidad de la cama, mientras él continuaría en la sala, viendo programas deportivos o partidos de beisbol, que para ella eran lo más tedioso del mundo.

Las costumbres de ambos quedaron frustradas de manera imprevista. Cuando ella tocó el picaporte de la puerta de la habitación empezó el apagón. Hubo como un silbido y un relámpago en el televisor, y todo quedó a oscuras. Ella hizo una exclamación de susto y quedó quieta, apoyada en un mueble. Desde su cuarto, la niña exclamó: ¡mamá!, pero ella los tranquilizó: Esperen, ya va papá para estar con ustedes.

Al principio, la oscuridad era absoluta, hasta que los ojos se fueron adaptando y los muebles y ellos fueron apareciendo como siluetas en la penumbra. El silencio adoptó una nueva dimensión, casi palpable, sólo alterado por la lluvia y el viento afuera, moviéndose entre las ramas y el follaje de los árboles que crecieron, como si buscaran el cielo, en los jardines entre los edificios cercanos.

Él finalmente encontró a tientas el teléfono celular sobre la mesa de centro de la sala y encendió la linterna. La luz hizo retroceder las sombras donde apuntaba con el aparato. Los dos se dirigieron hacia el cuarto de los niños apresuradamente, pero estaban tranquilos en sus camas.

— ¿Qué habrá pasado? —preguntó ella.
— Es posible que algo, un árbol, una valla de publicidad, haya caído sobre los cables, en algún lugar cerca. O quién sabe.

Ella se acostó junto a la niña y comenzó a cantar, casi en un susurro, viajas canciones de cuna, mientras acariciaba la cabecita de la pequeña. El tierno ronroneo de su voz y la penumbra finalmente ayudaron a los pequeños a dormirse.

Él se encaminó hacia el ventanal que daba a los jardines entre los edificios. Llovía y el viento que acompaña a las tormentas empujaba con fuerza las ramas de los árboles, con sacudidas en cada racha, que incluso doblaban en parte a los más pequeños y de grueso follaje. Solo uno de los más antiguos y altos, de gruesas ramas que se alargaban desde el tronco hacia las edificaciones, parecía retar con éxito la tormenta, casi protegiendo los cables eléctricos que pasaban entre sus gajos.

Lo observó con respeto y cariño, porque muchas tardes se sentó a su sombra a leer o conversar con vecinos al paso, aprovechando un remanso en el calor de los veranos. En la oscuridad parecía agrandarse, como un gigante que alcanzaba ya los techos de los edificios de cuatro pisos y rozaba con sus hojas parte de las paredes.

Admiró su fuerza de campeón invicto que dominaba en paz y sin ruidos un amplio espacio del mundo donde le tocó nacer y crecer; con seguridad ya estaba allí cuando llegaron los hombres a construir, calculó. Mirándolo resistir con vitalidad los vientos de la tormenta, agradeció en silencio su compañía desde los tiempos que se mudaron, poco después de casarse. En todos los hechos afortunados de la familia el árbol frondoso había estado, vio pasar a los niños recién nacidos y luego los amparó en sus primeros juegos al aire libre. “Lo mejor es que nunca se irá, siempre estará ahí, con nosotros”, dijo para sí. En el movimiento de sus ramas creyó ver como una sonrisa y también él sonrió con gratitud.

En ese instante de fantasía fue repuesta la electricidad, de un solo golpe la zona se llenó de luces y de los ruidos de la ciudad. La tormenta se había convertido en llovizna sin viento y todo comenzó a ser como siempre. Él respiró con alivio y se dispuso a terminar la noche. Antes, dirigió una última mirada al árbol y entre el amasijo de cables que cruzaban sus ramas descubrió la luz intensa de chispas sobre una de las ramas, como si alguien soldara.

— Ah, caramba. Ese debe de ser el problema -dijo a la esposa que ya le había abrazado por la espalda.

Los dos observaron con preocupación las lucecitas relampagueantes entre las ramas del árbol. “Hay que avisar, para que la compañía resuelva el asunto”, agregó él.

— Vaya, lo que faltaba -exclamó, con enojo, al comprobar que de la llave de agua apenas salía aire como la respiración de un asmático.
— Primero, la luz y ahora esto —agregó—, con la clara intención que su esposa le escuchara mientras buscaba en la cocina para preparar un desayuno ligero, aprovechando la tenue luz de la aurora.

Él se había levantado mucho antes para adelantar en el uso del baño, ducharse y vestirse, mientras ella preparaba alimentos ligeros para los niños. El nuevo apagón ocurrió cuando ambos dormían y se despertaron con la sorpresa de la carencia de electricidad. Pese a las incomodidades, se decidieron a empezar el día a la luz de las velas, pero sin renunciar a ninguna de las rutinas de cada mañana.

Después de salir de la casa, caminó por las aceras hasta donde se habían reunido varios vecinos a contemplar una especie de manantial inesperado donde brotaba el agua con fuerza y corría sobre el césped, buscando los laterales de un edificio, convertido ya en un estrecho canal. El brote de agua estaba a apenas cinco metros del tronco de su árbol favorito, de cuyas ramas colgaban, ya rotos y con quemaduras de algún chispazo violento en la madrugada.

Frente a todos, estaban las dos razones de sus incomodidades del amanecer. En torno al árbol había una quietud extraña y apenas se movían las hojas, en una mañana de invierno sin brisa. Él se acercó con cuidado, aunque ya no había peligro de un golpe eléctrico, observó el tronco grueso y áspero y las raíces que habían destruido un cerco de concreto con el que trataron de frenar su expansión hacia las aceras. Fue un esfuerzo inútil y hacia uno de los lados, en un hueco en el jardín se veía parte de la raíz ya cortada con una sierra. En otras direcciones, se las arreglaron para pasar por debajo, sin levantar el camino de cemento.

— Va a venir personal de la empresa eléctrica y también del Acueducto —le dijo un hombre al ver su rostro preocupado.
— Parece que explotó la tubería principal de entrada del agua -le respondió él y le sonrió.
– El viento empujó las ramas contra los cables -agregó el hombre.

Se despidió cortésmente y se prometió empeñarse en volver temprano, porque quizás podría ayudar en las reparaciones.

Regresaron los dos juntos y desde la calle, mucho antes de entrar al vecindario, se escuchaban las sierras de los empleados de la empresa eléctrica. El ruido desde las casas les sirvió de comprobación que los servicios de agua y electricidad habían sido restablecidos. Caminaron a paso rápido sobre la acera hacia el área del árbol, donde aún trabajaban unos pocos empleados y tres vecinos curioseaban todavía.

El paisaje había cambiado por completo y en el espacio que antes llenaba el follaje del árbol había un vacío extraño y lleno de luz, sus ramas estaban dispersas por toda el área, y eran cortadas metódicamente con las sierras para acomodar los pedazos sobre el césped, en medio de un monumental desorden de hojas. El árbol, que había ocupado el espacio entre los edificios con exactitud matemática en su ruta al cielo, apenas cabía en pedazos en los espaciosos jardines.

Él vio la tristeza en los ojos de ella y le tomó la mano. Ella murmuró frases de enojo, pero quedaron entre los dos, como una cólera silenciosa ante la alegría indiferente de la mayoría del vecindario.

— ¿Cuánto habrá sufrido y estará sufriendo? – le preguntó en voz queda, como si hablara para ella.
— ¿Qué dices? —respondió él.
— Lo demostró una investigación de biólogos estadounidenses. No sólo sienten, las plantas son capaces de generar mecanismos de defensa y advertirse entre ellas del peligro.
— ¿Tú crees? Me parece demasiado.
— Lo investigué hoy y aunque hay un gran rechazo en parte importante de la comunidad a eso, con experimentos lo lograron demostrar.
– ¿No será gente interesada en lograr notoriedad y fama?
— Son gente seria y los resultados de la investigación lo publicó una revista prestigiosa. Aquí “bajé” un extenso resumen de una revista española. Mira, compruébalo tú mismo.

Él tomó el celular y fue leyendo a saltos en la pequeña pantalla tramos del texto: “cuando una planta es mordida por un insecto o arrancada por un ser humano, reacciona como un animal. A pesar de no tener sistema nervioso, se activa un sistema de defensa que propaga y comparte el dolor con otra… las plantas son estacionarias y no pueden escapar de los herbívoros, de manera que deben responder con defensas químicas para disuadirlos… Una capacidad de defensa que es clave para todos los organismos… Los científicos han conseguido demostrar que las plantas han desarrollado mecanismos para comunicar sistemáticamente la aparición de una herida para ayudarlas a escapar o defenderse de los depredadores…”. En el titular del siguiente artículo copiado en el celular, se leía en letras de gruesos caracteres: Peter Wohlleben: “Las plantas sienten dolor, y hasta pueden ver”. Más abajo explicaba que se trataba de la tesis de un famoso guardabosque alemán.

— ¿Será cierto? —le preguntó a ella—. Se dicen tantas cosas en internet…

Las miradas de ambos se concentraron en el árbol talado, y luego en el mar de horas sobre el césped, donde ya se apilaban las ramas del árbol cortadas en pedazos de similar tamaño. Luego se fijaron en un hueco abierto en el jardín, del otro lado de la acera, donde los empleados del Acueducto velaban por la calidad de la reparación en la tubería.

— ¿Y ahí qué pasó? —les preguntó él.
— La tubería se rompió. Las raíces la apretaron tanto que se quebró, casi parece que la estrangularon. Y ya eso lo hemos visto en otras partes -le respondió uno de los empleados.

Ella lo miró asombrada y luego le recordó que con cada tormenta son cada vez más los árboles que caen, muchas veces sobre propiedades humanas, pero sin provocar víctimas.

— ¿Se estarán defendiendo? -le preguntó-, les hemos quitado tanto, desalojados de sus espacios, quemados… Quizás han decidido que ya es hora de poner un alto a tanto maltrato.
— No, no es posible -respondió él-. No, no puede ser posible -insistió.

El empleado del Acueducto observó a la pareja, su elegancia y apariencia de un trabajo cómodo de oficina.

— Señor, créame, ya llevo años en este trabajo, años escarbando en la tierra para reparar tuberías y cada vez los árboles las dañan más, ya no sólo las aceras, hasta las raíces dejan caer los árboles que nutren. Es lo más raro que he visto en años.

Él lo miró con incredulidad, mientras en los ojos de ella había una expresión de asombro.

Uno de los empleados de la empresa eléctrica, que escuchaba la conversación, hizo un gesto de aprobación y miró a la pareja con atención.

— Créame, señor, es cierto: hay una rebelión de las raíces y nadie sabe todavía cómo va a terminar esto.

Ellos dos lo miraron con respeto y se percataron con alarma que en la voz del joven empleado había la firmeza, el tono grave y profundo de un profeta.

NOTAS:
Y en el límite del patio allí me estaba esperando
Como se espera a un amigo
Parecía sonreírme como queriendo decirme: ”mira
Estoy lleno de nidos”.
Mi árbol y yo, Alberto Cortés.

12 de septiembre de 2022.

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