Foro Social Panamá o ensayando salidas no suicidas

En la búsqueda de los pueblos por resolver sus contradicciones existenciales, el suicidio ha sido una de ellas. En Cuba, 1839 y 1845 “se produjeron 1.337 suicidios, de estos 1171 eran de esclavos” (Díaz, 2012).

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Contraste entre pobreza y riqueza en Panamá.

Por Roberto Antonio Pinnock Rodríguez
Sociólogo y docente de la Universidad de Panamá

En la búsqueda de los pueblos por resolver sus contradicciones existenciales, el suicidio ha sido una de ellas. En Cuba, 1839 y 1845 “se produjeron 1337 suicidios, de estos 1171 eran de esclavos” (Díaz, 2012. Verdades ocultas de la esclavitud). Muchos esclavos, optaban por suicidarse, lo que a juicio de los grupos esclavistas demostraba la propensión de la etnia negra por incurrir en su autodestrucción; para nada se les ocurría argumentar que se trataba de una práctica de esta etnia en su condición de clase social, en aras de poner fin a las hieles de la esclavitud.

Evidentemente, no se trataba de una conducta malsana de la población afro. Cuando esta lograba alcanzar una situación de clase distinta (“negros libres”) se suicidaban menos que los de cualquier otra clase, incluida las que poseían “etnias blancas”. En ese mismo período de referencia, Díaz describe que, de los 1337 suicidios, “115 eran de personas blancas, 51 de hombres de color libres” (Ibidem). Es decir, la gente afro en condición de clase no esclava se suicidaba menos de la mitad de lo que lo hacía la población “blanca”, aun cuando esta no llegaba a ser más del doble de los primeros.

El suicidio, por tanto, era una salida no para la gente negra, sino para los que pertenecían a una clase social cuyas condiciones eran insoportables. Algo parecido, al relato de los suicidios de chinos en los tiempos de la construcción del ferrocarril en Panamá: cada riel representaba un chino que se suicidó, cuenta la historia popular. Esta población, en condición de clase trabajadora, vivía bajo similares circunstancias que la de la descripción colonial cubana. Lamentablemente, la solución buscada no superaba la contradicción sufrida.

Herbert Marcuse, filósofo de la escuela crítica alemana, apuntó que, gracias al auge de la sociedad industrial, “ha tenido lugar la integración de la oposición tradicional ‒especialmente entre las clases trabajadoras industriales‒ una integración con el sistema establecido” (…) lo que las convierte en fuerza conservadora (Marcuse, 1969). Esto, junto a otro hecho, a saber: “la inoculación en los individuos de los requerimientos del sistema social establecido, de modo tal que los valores, necesidades y satisfacciones que perpetúan el sistema (…) se convierten en las propias necesidades-satisfacciones y valores de los individuos” (Ibidem). Es decir, se convierten en esclavos mentales, al servicio del mismo sistema que los oprime.

Esta “Sociedad Unidimensional”, como la denominó Marcuse, representa una especie de suicidio colectivo, en el sentido de que, por ejemplo, las necesidades de consumo de la población se confunden con consumismo, para que los mercaderes locales y globales satisfagan sus necesidades del sistema y no al revés. Así, cuando los movimientos sociales se movilizan por “sus” demandas muy frecuentemente están demandando lo que al sistema le resulta pertinente; no siempre a la necesidad social ni individual del pueblo.

¿Quién dijo que aumentar el presupuesto en educación o salud es per se una demanda que satisface necesidades populares? Primero o simultáneamente, hay que resolver otros problemas, como el modelo de desarrollo y la composición del Estado que determina cómo se distribuyen las riquezas y bienes comunes. De lo contrario, se seguirán asignando los recursos para lo que satisfaga a los mercaderes de la educación ‒negocios redondos con insumos escolares, con plataformas virtuales, con banda ancha, etc.‒ lo mismo que a los de la atención de salud ‒demanda artificial de hospitales faraónicos, medicamentos a costos más elevados, etc.‒. Es decir, la salida sigue siendo alguna forma de suicidio social.

Para salir de esa condena similar a la del mítico Sísifo, requerimos fusionar las menguadas y dispersas fuerzas del pueblo. Pero antes debemos contar con una plataforma que permita encontrarnos, poner nuestras visiones de salida de la crisis imperante en común y ensayar su pertinencia. Con esa perspectiva, surge la iniciativa de diversos grupos que revelan no estar jugando al vanguardismo ni a apetitos electoreros y que ofrecen a las fuerzas populares ese paso necesario de un diálogo social entre gente de pueblo. Esta iniciativa es el Foro Social Panamá, a realizarse aquí el 14 y 15 de agosto, ‒existe un blog al que se puede consultar‒ coauspiciado por la Vicerrectoría de Extensión de la UP. Empero ¿esta iniciativa será comprendida por quienes agencian las organizaciones populares? o ¿estas preferirán seguir con las salidas suicidas de la sociedad unidimensional? Ya les contaré después.

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