Flagelación vs soberanía. Editorial del 16 de enero

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La población panameña reaccionó con estupor tras los hallazgos de evidencias forenses de una fosa múltiple con los cadáveres de personas torturadas y asesinadas en áreas indígenas de este país, presumiblemente en cumplimiento de un mandato divino para expiar las culpas de quienes eran sometidos a exorcismos y rituales perversos que incluían el abuso en perjuicio de adolescentes.

Sin embargo, el suceso cargado de escenas de horror es más grave que una simple crónica roja sensacionalista. En realidad, todo lo acontecido revela la vulnerabilidad de este país ante los planes desestabilizadores urdidos por los enemigos de América Latina para reducir las posibilidades de cohesión y justicia social, y frenar las transformaciones contenidas en la encíclica del Papa Francisco.

Una parte de la población lo ha olvidado, pero la multiplicación en Panamá de sectas pentecostales, así como otras denominaciones religiosas y cultos esotéricos se debe a un plan que la Agencia Central de Inteligencia (CIA), de Estados Unidos, armó y diseñó en la década de 1980 para frenar el avance de iglesias identificadas con la causa de los pobres y los válidos reclamos de justicia social.

El Documento de Santa Fe II, fechado secretamente en 1986, tiene claras alusiones a los mecanismos y métodos para detener el avance de la izquierda latinoamericana y de la teología de la liberación. A ello se debe la presencia de pastores iluminados y falsos profetas que inundaron los campos de Panamá, para ofrecer a la gente pobre “milagros” en vez de lucha soberana y resistencia.

Tras la muerte del general Omar Torrijos, en 1981, esos grupos financiados intensificaron el fanatismo religioso, la desorientación colectiva, el individualismo dogmático, la obediencia ciega y hallaron en las comunidades deprimidas un terreno fértil para la manipulación de la voluntad popular. Sobre la base de la estrategia trazada, diversos predicadores asumieron el control de programas mediáticos.

La apuesta de esos grupos subordinados a Washington es la de crear una arquitectura espiritual capaz de frenar el avance social de una iglesia contestataria y el pensamiento de teólogos promotores de la paz, el desarrollo humano y la equidad. No es extraño que grupos fanatizados que cometen crímenes, esgriman también la palabra para engañar a súbditos y alejarlos del objetivo social.

El gobierno panameño y las fuerzas políticas han sido advertidos de los graves eventos en áreas indígenas y no pueden ser indiferentes a la actividad de las sectas que engañan y contaminan a la juventud panameña para castrarla ideológicamente. El reto vigente es la construcción de un país seguro, y no el arquetipo del entreguismo que fomentan falsos profetas y conspiradores temerarios.

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