El salto de la lucha nacional antiminera

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La multitud marcha en contra del contrato minero.

Por Lilian Guevara
Activista socioambiental y escritora

Lo que algunos califican como carnaval, caminata o brincadera (saltos sostenidos) en la Cinta Costera o Calle 50, en la capital panameña, deberíamos intentar comprenderlo. Llegar a 65.000 personas en la metrópoli, gritando no sólo contra el contrato minero, sino que “No Somos un País Minero”, es decir, lo que queremos ser, hacer y significar como país, no es un brinco, sino un salto a una nueva etapa del movimiento antiminero, para metabolizarse también como ecologista, identitario y soberano.

Por diversos factores, las etapas de la lucha antiminera en Panamá han sido fragmentadas, localizadas y originadas desde epicentros, principalmente rurales y territoriales, y las circunstancias panameñas de las políticas de ajuste nos han impedido desde nuestras vidas distantes y distintas dimensionar como esencial el que necesitamos un país material, y que necesitamos agua y que esa agua, alimentos y energía vienen del campo y no de los corregimientos de Bella Vista y de Betania.

Que sectores y grupos de población, que por décadas sintieron ningún vínculo estratégico con esta problemática, que no vieran venir la crisis ecológica económica, que los hijos de los que actuaron indiferentes, ahora sin más referente que el presente y el mañana estén empujando en una masa intransigente no es ligero, ni es un brinco, es todo un salto.

Que si se desinfla o que si es coyuntural; ahí tampoco estamos leyendo bien la escalada del estallido social que traemos in crescendo desde 2019, sólo interrumpido por la pandemia.

Panamá no es el mismo que hace un año. Sería miope que ante una transformación social de esas proporciones, veamos las movilizaciones como un concurso de estilos de lucha, de cuál es la testosterona más revolucionaria o de cuáles son los «verdaderos» luchadores si lo hacen acá o allá, o con música o sin música, o con mayor o menor hostilidad en sus formas. Ese es el análisis pobre del gobierno, de creer que lo urbano es una ”birria” (juego de barrio), o que es de motivación electoral y pasajera.

Si los cierres de callesy la huelga son claves para ejercer presión, deteniendo la producción, la ola de protestas urbanas es clave para aplastar en la opinión pública nacional e internacional y mostrar el carácter de la crisis panameña.

Que las nuevas movilizaciones urbanas no se hayan procesado y constituido como movimiento en fondo y forma, no es lo importante. Ahora, lo que no se puede negar es el impacto y el terror que con justa razón sienten el gobierno y el sector económico pro minería, al ver levantada una masa intransigente, que no puede ser detenida co millones de dólares, ni represiones, ni propaganda.

Si categorizamos de “yeyesitos” (hijos de padres acomodados) a quienes participan en las protestas urbanas, estamos deslegitimando el componente popular. Y si los luchadores del pueblo Ngäbe saben mirar con respeto los diversos tipos de movilizaciones en la ciudad, Colón, mares y provincias, no veo por qué los demás sectores minimicemos el efecto brutal del estallido urbano, aunque en su inicio sea amorfo; porque esto sólo es el inicio. Aunque en tres meses volvamos a casa, ya tenemos despierto y dispuesto el ”bicho” de la liberación. El lema de que «No Somos un País Minero», ya quedó grabado en el imaginario, así como el nivel que en su momento tuvo (y sigue teniendo) el «Que no somos ni seremos de ninguna otra nación».

La minera y los gobiernos pro minería no es que mueren acá. Van a arremeter, una y otra vez, contra la sostenibilidad ambiental y la soberanía. Pero, no podrán contenerlas. Esto es lo que somos. Unos 2,000 mensajes propagandísticos han sido emitidos diariamente en los medios de comunicación y redes sociales por más de un año, incluidas las amenazas de que viene el lobo. Pese a ello, no han logrado sacarnos de la cabeza que el Oro de Panamá es verde y que Panamá Vale Más Sin Minería.

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