¿Dónde está la mística de los educadores panameños?

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Carta del maestro Ramón Pérez, Jr., de la Escuela Nicolás Pacheco, suscrita en 1950. (Foto de Archivo).

Por Alberto Velásquez
Periodista y relacionista público

Como resultado de las vergonzosas calificaciones con las que han señalado el proceso educativo panameño, en el examen realizado por organismos internacionales, queda una sensación de malestar, debido a las implicaciones de esa evaluación para Panamá.

Sobre la llamada estrella del actual gobierno, se han volcado públicamente numerosas manifestaciones. Algunos buscan culpables tras los señalamientos y otros presentan propuestas técnicas con la idea de solucionar las carencias de un sistema cuestionado por la pobreza de resultados y la mediocridad

Durante años, el sistema educativo atravesó numerosas etapas. Hubo tiempos en que un maestro rural tenía que salir desde el puerto de Mensabé, en Los Santos, y trasladarse por la playa, aprovechando la marea seca, para llegar a la Escuela de Paritilla y permanecer una semana enseñando antes de regresar por la misma vía a su hogar.

También se acabaron los tiempos en que la ausencia de un alumno le preocupaba al maestro. En muchas ocasiones, el maestro visitaba la familia del estudiante para saber por qué no había asistido a clases y, si estaba enfermo, se preocupaba.

Esos sacrificios del educador de antaño, quienes sobresalía por su dedicación al proceso de enseñanza aprendizaje, se perdieron para siempre. Ahora, muchos educadores han encarnado una lucha dedicada, prioritariamente, a veces con razón, a su propia conveniencia. En cambio, la sociedad no ha experimentado el desarrollo de marchas que busquen realmente corregir el sistema.

Los resultados de las mediciones son catastróficos. A los docentes, se les encomienda encaminar a un alumno hacia el estudio y la responsabilidad frente a la sociedad, pero los resultados obtenidos son desalentadores.

A raíz de numerosas opiniones sobre la educación en Panamá, me he permitido ilustrar la presente con una nota del maestro Ramón Pérez, Jr., de la Escuela Nicolás Pacheco, suscrita en 1950, que demuestra la dedicación de aquellos maestros a exaltar la labor de sus alumnos y de cómo involucraban a los padres de familia en el proceso, resaltando la responsabilidad de los acudientes.

En el desempeño de la labor, el antiguos maestro lo hacía con una gran mística de trabajo. Los tiempos han cambiado frente a la explosión demográfica, el peso de la situación económica y el quiebre de los comportamientos en el seno de la familia.

No obstante, es necesario resaltar los esfuerzos para establecer en la década de 1970 una reforma educativa con aportes pedagógicos y las proyecciones del general Omar Torrijos, hijo de educadores, quien sembró escuelas, popularizó la educación universitaria, pese a la oposición de sectores clasistas opuestos a las clases nocturnas en la Facultad de Ingeniería y Arquitectura en la Universidad de Panamá.

Asimismo, el sector educativo se ha visto empañado por acciones de ministros de Educación que prohibieron en los planteles la circulación de libros del Instituto Nacional y de autores panameños como Ramón H. Jurado, Gil Blas Tejeira, Rogelio Sinán y otros notables, aduciendo que contenían lecturas obsoletas.

No hay duda de que muchos docentes aspiran a mejores condiciones de trabajo y derechos sociales, y sienten la necesidad de optimizar integralmente la educación. Pero, a pesar del encomiable esfuerzo, no pueden justificar la pésima evaluación a la que ha sido sometida este país. Esa realidad obliga a las autoridades del sector a promover cambios urgentes en un sistema que hace aguas en un período de desafíos.

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