Sueño canalero

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Trabajadores canaleros en una protesta en la sede de la ACP. (Foto: Albín García / La Estrella de Panamá).

Sueño canalero

Por Gerardo González

Es 26 de junio, será inaugurada la ampliación del Canal de Panamá. En Colón, se ven los 5.000 invitados del Gobierno, en el sector Pacífico de Panamá, veo como 15.000 participantes, entre “rabiblancos” (gente acaudalada con apellidos rimbombantes), invitados internacionales de grandes navieras, políticos oficialistas y la mal llamada oposición, además de empleados públicos llenos de ilusión por la magna obra de ingeniería.

De repente, escucho unos gritos, consignas. Veo a los lejos banderas rojas, pancartas enormes con las figuras de Victoriano Lorenzo, Ascanio Villalaz, Juan Navas, Floyd Britton, y toda la pléyade de héroes y mártires que ofrendaron sus vidas por la patria.

Es una enorme manifestación que se aproxima al área canalera. Son docenas de miles. Veo trabajadores, campesinos encutarrados (con la cutarras bien puestas), indígenas, miles de jóvenes con pancartas del Che, mujeres, negros por todos lados y familiares de los ex combatientes (los que aún no se han dejado embaucar por la oligarquía), ni seducir por el dinero fácil o la coima.

La marcha avanza y resurgen antiguas consignas: “¡haremos del Canal la tumba del imperialismo yanky!”, “¡si sacamos a los gringos, sacaremos a la oligarquía!”, ¡patria o muerte, venceremos!”. Más atrás, aparece un vehículo con un altavoz enorme, recordándole al pueblo que la lucha continúa y que la hora decisiva ha llegado.

Los recién incorporados a la marcha popular entonan cantos de victoria e himnos como “La internacional” y “un pueblo unido, jamás será vencido”. Yo estaba hecho un erizo y oigo con claridad una voz de alguien que reprocha: ¡Qué vergüenza! ¿Por qué carajo nadie me avisó?, ¿quién se atrevió a convocar esta protesta para deslucir el acto solemne y trascenental que montaron respetables hombres de negocios y el gobierno panameñista?

De pronto, en ese escenario perturbado, en el que crece el fervor patriótico, hay personas corriendo. Los organismos de seguridad, dotados de aparatos de comunicación, advierten a los invitados que los manifestantes vienen “emberracados” (violentos). El miedo y la angustia se apoderan de los oligarcas, los encopetados y los representantes internacionales instalados en primera fila en las esclusas en los sectores de Cocolí y Agua Clara.

Nunca habían visto a tantos cholos, negros e indios juntos, luchando por un supremo ideal. La gente viene a buscar lo que le corresponde del Canal interoceánico. Se arma la “corredera” (huida) y el protocolo oficial y las reglas del ceremonial se van al traste. Ruedan por el piso canalero algunas pelucas, y los tripulantes de un buque chino miran con asombro el insólito espectáculo.

Afortunadamente, alguien me despierta de ese sueño extraño y emocionante, en el que me veía a mí mismo, rompiendo una alambrada para que la multitud entrase, otra vez, a tomarse el Canal e izar la bandera tricolor panameña en presencia de una juventud heroica, sin miedo ni claudicaciones.