Colón se revienta

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La crisis golpea a los más pobres.

Por Ricardo Stevens

Colón y la crisis

Esta hipótesis “Colón y crisis”, la preparé para la Coordinación de los Padres Vicentinos de la República de Panamá, realizada en la ciudad de Colón, el martes 15 de marzo del 2005, convidado por el padre amigo Alan Mc Llelan, ya finado.

Al recuperar estas ideas de hace más de 17 años, puedo afirmar que las condiciones que obligan hoy a la lucha popular son las mismas que cuando Andrés Galván en 1959 y la Marcha del hambre y la desesperación, y la indiferencia del gobierno es igualmente patética, como entonces lo fue.

Algunos, que con anterioridad han leído esta nota, han reclamado conclusiones; por la naturaleza de la invitación que se me hizo en la ocasión, los remates, las ideas finales, serían obra de los del encuentro, como ahora serán de los lectores.

Objetivo histórico de la ciudad y su gente

La ciudad que conocemos fue creada a mediados del siglo XIX (1852), como terminal de tránsito entre los océanos Atlántico y Pacífico, en una región donde no fue la primera en ese propósito. Antes los fueron Nombre de Dios, inicial, y Portobelo después.

Topográficamente, es la incorporación de la entonces muy adyacente isla de Manzanillo a tierra firme por el relleno que conocemos como El Corredor, casi imperceptible hoy si uno no se detiene y se fija, que todavía están las evidencias.

Su gente, compuesta fundamentalmente, y hasta hace pocas décadas de manera clara e incuestionable, por los descendientes de los afro-antillanos que llegaron con las diversas inmigraciones para las obras del ferrocarril y luego la del Canal, y por criollos istmeños y de Colombia, estos, asumiendo con método excluyente el comercio, las labores burocráticas civiles, las de la oficialidad militar y de las profesiones liberales. Esta fue la base de una sociedad estratificada de forma rígida entre ex-esclavos procedentes de las colonias británicas principalmente y francesas, y ex esclavistas, siendo, estos últimos, la clase social y políticamente dirigente (De conformidad con los Censos Nacionales de 1911, en la provincia de Colón eran 14,114 los negros, 7,035 los mestizos y 2,916 los blancos).

La manera de producir en la ciudad, luego de abolida la esclavitud en el istmo en 1852, ha sido la misma por 153 años: el trabajo asalariado, y la realización casi invariable de la regla, de que a mayor oferta de mano de obra, más barata ésta es.

La actividad principal sigue igual: la prestación de servicio internacional, al inicio con el ferrocarril como instrumento y el trasporte de mineros y el oro de las minas de California, luego el Canal y el trasiego de la mercadería del mundo, de gente de diferente índole y de soldados y pertrechos de guerra también, y el servicio a todos, el establecimiento de la más grande, importante y duradera zona de comercio mundial, en 1948, la Zona Libre, y, más recientemente, uno de los puertos más preponderantes de América Latina, Manzanillo International Terminal.

Como extremo del Canal, la ciudad y su gente -aunque más íntimamente, en carne viva-, corrieron la suerte que el resto del país en la relación con los Estados Unidos y el enclave establecido en el entorno de la vía de agua, el acantonamiento de sus tropas, la institución de sus barrios, sus escuelas, sus comercios y su cultura segregados, y su completo desprecio por lo local.

Con todo, la ciudad era, en efecto, la segunda del país, cuando esa posición tenía alguna significación y la distinguía ostensiblemente de las de menor trascendencia, pues era el lugar al que se abocaban sin reservas no solamente los turistas extranjeros y las celebridades políticas internacionales, como Perón, y las musicales de renombre internacional; igual encontró un destino regular en esta ciudad el excursionista interno, que se tomaba los almacenes de venta de telas finas, de sofisticada sombrerería y los talleres de los más talentosos sastres y orfebres, quizá, del país. Eran los tiempos aquellos de la discutible Tacita de oro.

Algunas razones de la crisis.

Todo el holgorio de las noches de cabaret y de cabareteras, el entrar y salir de restaurantes de toda comida y a todas las horas, los cines más grandes, las majestuosas salas de baile, el derroche y la particularidad de los Carnavalitos y el retumbar de la celebración de la patria los 5 de Noviembre, eran la fiesta, la alegría de la cara del payaso, que, tras el blanco y el carmín, enmascara la realidad de su tristeza.

Es que la ciudad, su sociedad, seguía siendo la misma en su relación original, donde de la pobreza no había escapatoria, ésta se reproducía y ampliaba. Los negros y demás pobres (indígenas, cholos, inmigrantes pauperizados) eran los saloneros y las camareras y los cocineros, los vendedores de la boletería en las entradas de los centros de diversión, los aseadores, los artesanos, los de trabajos manuales, los clientes de las casas de empeño, los inquilinos, los desahuciados por morosidad, los propietarios eran y siguen siendo otros.

Y cuando los propietarios decidieron trasladar las riquezas logradas en esta ciudad, con el sudor, el sacrificio y el dolor de los trabajadores y las trabajadoras, a la ciudad de Panamá, y mudarse también ellos y sus familias, fue haciéndose imposible disfrazar la pobreza material y luego moral que nos ahoga hoy, desde hace demasiado tiempo.

El desempleo aguantable del 3% antes del 68; luego del 7% durante el gobierno de Omar, el primer Torrijos, pudo sosegarse con planes de emergencia; pero desde hace rato, la desocupación que, en esta parte del país, excede el 20% de la población económicamente activa, no puede sofocarse y es inaguantable, socavando la ciudad que conocemos, arrastrando al hambre y la miseria a decenas de miles de hombres y mujeres, de niños y ancianos, a las sendas de la mendicidad, a la minería de los basurales, a la vida inhóspita de las calles y las noches, a la prostitución de nuestras mujeres, a la paternidad infantil -niños teniendo niños-, a la deserción escolar, a los vicios y a la delincuencia, a la asociación de pandillas, en fin, los malabares de sobre-morir, y el trastocamiento serio de los valores morales, y, peor todavía, la falta de credibilidad y esperanzas.

Las políticas públicas poco han hecho para detener la caída, si algo. El enfrentamiento a la pobreza, como problema nacional, no se hace ni con la determinación ni el tino que la urgencia demanda. En consecuencia, para Colón, la demora se ve más dramatizada. La pobreza se traslada del casco de la ciudad, primero, a Río Alejandro, ahora, a La Feria, por ejemplo.

No hay, y nunca hubo, rastro de los 300 millones de dólares para Colón ¡ya! de la década de los 80. La privatización de los puertos es una pérdida neta para los trabajadores y trabajadoras de esta parte del país, sin lugar a dudas, en ingresos económicos y desgaste físico.

La Zona Libre es un gran campo de concentración, donde los salarios para las mayorías son de miseria, agravada la situación por la imposibilidad de organización gremial de los trabajadores.

Los niveles de organización de los humildes, por la misma lógica del empobrecimiento, ha dejado de tener líderes creíbles, por decir lo menos.

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