TRUMP EL SOLDADO DE LA ECONOMÍA-MUNDO

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    Donal Trump (El Confidencial)

    Por. Anastacio Rodríguez Zúñiga
    Analista Político
    Director de la Fundación Friedrich Ebert Stiftung

    Por estos días la elite de la economía internacional se muestra reflexiva en torno al  tema de cómo se podría «reparar” la globalización y volverla más justa; o se preguntan si quizás el capitalismo necesita ser «protegido de sí mismo”. Desigualdad, control de las masas y proteccionismos son las palabra que resuena en todos los círculos de la elite global y su relación con el místico soldado de Donald Trump.

    Donald Trump cuenta la historia de un pasado mítico, el de los Estados Unidos de los años 50, una nación pura, victoriosa, próspera y segura –y no menos jerárquica–. Con ese discurso logró congregar a una «minoría de masas» con ansias refundacionales. Por estos días se lo compara, incluso, con el populismo latinoamericano. Estas analogías ofrecen una puerta de acceso inesperada y atractiva a la política norteamericana, pero no para entender a Trump, sino para analizar las preocupaciones de quienes hacen la comparación. Mientras tanto, las instituciones que lo volvieron posible aparecen hoy dispuestas a salvar el país.

    Atribulados por cambios que no comprenden, agazapados en un rincón con sus armas listas para disparar contra la utopía cosmopolita que los oprime: la hipérbole que deforma a los que votaron por Donald Trump monopoliza la atención de los análisis domésticos, geopolíticos y globales sobre Estados Unidos en este momento de implosión de régimen. Ese votante, una secreción del imaginario modernista en su expedición angustiada a un mundo ajeno, la inspección a la mosca que rompió el espejo, está instalado en un tiempo muerto, dominante. Es el paisaje fijo, prudentemente instalado a los costados, para ocultar el espectáculo verdaderamente aterrador que lo rodea: no el del «fascismo americano» que Trump ha llevado al poder, sino el de las instituciones de la democracia norteamericana que lo hicieron posible y que hoy asoman, familiares y siniestras, dispuestas a ofrecer la salvación del país.

    El movimiento que llevó a Trump a la Casa Blanca se conformó a partir de un rechazo a la creciente desigualdad del llamado «poder material» que hace que los ciudadanos perciban que no tienen un control efectivo sobre el destino de sus vidas y que la política democrática no ofrece un camino para recuperar ese control. Ese rechazo se expresó en un deseo iracundo de retorno mítico a los EEUU de los años 50 en tres imágenes claras: la de la superioridad extrapolítica de una causa nacional forjada alrededor de la Constitución y cuyo mensaje se consolidó alrededor del Tea Party en la última década; la de una fuerte homogeneidad social basada, paradójicamente, en el establecimiento de fuertes jerarquías internas: las de una «América blanca» y una defensa irrestricta de la libertad económica individual; y la perspectiva de una movilidad social ascendente asociada a los dos componentes previos. La renovación de las estructuras políticas que produjo esta combinación es una de las más formidables de la política norteamericana desde el New Deal y no se expresa solo en la figura de Trump: apenas 59 de los 237 diputados republicanos actuales estaban en el Congreso antes de 2008, un recambio inédito para la esclerosada dinámica local.

    Hasta ahí no hay elementos novedosos. Se trata de ideas que están en el corazón de los marcos ideológicos del Partido Republicano. Si el gobierno de Trump prospera, puede que su agenda de gobierno no sea tan distinta de la de otra administración republicana: un programa de reducción de impuestos para las corporaciones, el intento negociado por reducir el gasto público en los remanentes del Estado de Bienestar, la erosión progresiva de los mecanismos regulatorios del Estado en áreas como el medio ambiente, las relaciones laborales, la salud y la educación, y un intento por restringir la movilidad social y la circulación física de minorías diversas, en contraste con una mayor liberalidad en la circulación de los agentes económicos. Muchas de esas ideas son, además, nociones que de distintas formas circulan por las venas del Partido Demócrata, particularmente desde el comienzo de la Guerra Fría, pero con especial énfasis tras la profunda renovación que produjo el partido desde fines de los 80 y que se expresó en la llegada de Bill Clinton al poder en 1992.

    El discurso revulsivo sobre la inmigración es un campo fértil para ver lo nuevo dentro de una larga tradición política nacional. Trump no inventó el miedo a los inmigrantes como instrumento de control político de la sociedad norteamericana. En su discurso al Congreso en 1995, por ejemplo, el presidente Clinton advirtió sobre los inmigrantes «que ocupan nuestros puestos de trabajo» y «demandan más gastos y mayores servicios del Estado», y defendió su gestión por haber sostenido «un mayor respeto por las leyes» y «haber reforzado las fronteras, incrementado el personal de seguridad y efectuado más deportaciones que las administraciones anteriores». Pero fue Obama quien, de hecho, llevó los números de deportados a su punto máximo histórico. Trump y el núcleo duro de supremacistas blancos que lo rodean acentúan más claramente que en el pasado el rol de este discurso en la producción de disciplinamiento social de dos formas: miedo entre los inmigrantes y beneficio negativo (beneficio de no ser inmigrante) en el resto de la sociedad. Algo novedoso, en todo caso, es el formidable despliegue legal y militar doméstico que Trump hereda de las gestiones de Obama y George Bush hijo.

    Y lo que sí es inédito, y sobre lo que discurren estas líneas, es la forma que toma este programa, los realineamientos que produjo y seguirá produciendo y las consecuencias sobre el futuro político de EEUU. En lo que podría llamarse «fascismo americano», el movimiento de Trump constituye una «minoría de masas» que busca el retorno a un orden fundado en la ideología consagrada en la Constitución y sus derivados, definida como un sistema organizado en torno de la libertad individual y el derecho de propiedad (no siempre dicho, pero referido sobre todo a la esclavitud). Tal sistema está cimentado sobre una serie de derechos negativos que defienden al individuo frente al Estado.

    La llegada de Trump al poder se produce mediante mecanismos institucionales diseñados para la limitación del espacio público y la contención de quienes lo integran. Algunos de estos mecanismos, perfeccionados durante la última década, son de carácter instrumental: sobre todo, los nuevos requerimientos de identificación para votar que excluyen a minorías y sectores bajos de la escala social que no cumplen esos requisitos (contar con identificación oficial y que exista correspondencia entre la dirección que figura en el documento y la efectiva al momento de votar) y los rediseños de distrito (lo que se conoce como gerrymandering) que tornan la participación política local de esas minorías en algo crecientemente inútil. Otros de esos mecanismos se vinculan con la radical transformación de la esfera pública, sobre todo en dos planos: la participación irrestricta de las corporaciones en la financiación de la política, consagrada por la Suprema Corte en 2010 en el caso «Citizens United versus Federal Election Commission», que autoriza a las empresas a aportar fondos de manera ilimitada a las campañas electorales, y el paralelo desmantelamiento del poder de las organizaciones colectivas, particularmente los sindicatos.

    La condición de «minoría de masas» como rasgo básico de esta versión americana del fascismo es crucial para imaginar el futuro de Trump en dimensiones que ni este ni el círculo que lo rodea terminan de imaginar. La obsesión de Trump por encontrar una masa de ciudadanos que lo apoyen en las calles durante su mandato presidencial –que, no se han hecho presente– evidencia su herida narcisista y el legado estético de las multitudes fascistas que forman su imaginario y el de quienes lo rodean. Pero el sujeto político que Trump ha creado está mayormente recluido en su espacio familiar. Más allá de la estética de masas que el presidente anhela, su éxito se juega, en verdad, en lograr una efectiva desmovilización, acentuar la diferencia entre activistas radicalizados y ciudadanos excluidos y perfeccionar los mecanismos institucionales que tornen a la oposición en un actor políticamente irrelevante. Desigual y aislado, el individuo es el verdadero sujeto de la identidad política naciente.

    Esa identidad está en su lema original: «Make America Great Again». El efecto es extravagante, más poderoso que lo que su simpleza indica. Trump narra la historia de un pasado mítico, el de los EEUU de los años 50, una nación pura, victoriosa y mundial, ideológica y moral en su anclaje constitucional, próspera, segura e imaginariamente irreversible. Por sobre todas las cosas, una historia articulada en el sutil lenguaje de la jerarquía extrapolítica de la raza sobre la cual descansa el orden mayor e inamovible de la propiedad. Ahí, «Make America Great Again» se escucha como «Make America White Again», y «Law and Order» se entiende como la vigilancia del Estado militarizado sobre los cuerpos negros en tanto puente de acero para la libertad de los blancos, una tradición que arranca con el formidable aparato policial y discursivo desplegado desde fines de 1600 para prevenir la fuga de negros, una de las mayores fuentes de preocupación en las colonias del Sur aun antes de que la nación naciera.

    Pero la escatología refundacional demanda una crítica voraz a todo lo que alejó a EEUU de ese pasado grandioso: las guerras que no se ganaron y los militares que ya no pelean para ganar, los diarios que ya no reflejan la verdad, las empresas que llevan sus puestos de trabajo al exterior, los políticos que han abandonado a su comunidad. Y he ahí la paradoja que hace inteligible la confrontación de Trump con el statu quo que viene a rescatar: solo es posible refundar las bases de legitimidad de un orden mediante un ataque frontal a sus elites. Los primeros meses de Trump no se tratan de una acción sistémica de resultados esperables, ni de un acuerdo a espaldas del público, sino de la refundación de un orden.

    La relación de Trump con la prensa, y en particular su pelea con el diario The New York Times, sirve como ejemplo de esta dinámica, no tanto por su importancia como por lo que esa confrontación revela. El New York Times, como cualquier diario de trayectoria y prestigio, es un medio que habla desde el poder. Su discursividad circula por dos carriles bien definidos que tienen muy poco que ver con la crítica o el apoyo a un gobierno. En uno de esos carriles están sus interlocutores, sean aliados o adversarios: el Partido Demócrata, Trump, las agencias de inteligencia, los otros medios, los escritores, aquellos con los que comparte o discute el futuro del país. Es decir, mucho más que «los que mandan», la categoría más tenue con la que el sociólogo José Luis de Imaz describía a un poder nunca consolidado en Argentina; en este caso se trata del mundo de un poder establecido y extendido que se percibe, muchas veces con razón, aun por encima de la competencia política. Por el otro carril, su otra audiencia, la del mundo ajeno, aquel al que van los periodistas del Times: profesionales a mitad de camino entre el representante del diario y el etnógrafo, enviados a recoger información sobre esa realidad distante que no deja de extrañar e interesar, para horrorizarse o para celebrarlo, ya sea el que voto por Trump en Michigan o el inmigrante mexicano a punto de ser deportado. Trump fue quien vio esa distancia infranqueable para el New York Times, brecha que él zanjó con los instrumentos que mejor maneja: los de Twitter, la prensa amarilla y su experiencia en los círculos de la autoayuda financiera.  En su único momento verdaderamente populista, Trump produce un escenario político nuevo: presenta a la elite como una oligarquía. «The failing New York Times», el decadente New York Times, como se refiere el presidente al diario, es una acusación in to al viejo orden. O mejor dicho, es tanto una descripción del diario como una denuncia contra las bases de legitimidad de aquel orden que Trump apuesta a reconstruir.

    Las posibilidades de sobrevivir en esa confrontación son limitadas por definición. No porque esto sea una revolución, sino porque, justamente, ahí se juega la supervivencia de un orden. Cierto, el enfrentamiento de Trump con las agencias de inteligencia y militares  se han licuado en el ábaco de las asignaciones presupuestarias y el concierto del complejo militar-industrial. La irrupción de un escenario frecuente de confrontaciones militares internacionales puede ayudar a hacer ese proceso aún más rápido.  La impresión que da esta movida en el tablero de ajedrez mundial es que, las batallas ideológicas son disputas sobre las bases materiales del poder es que el final de esa pelea por construir un futuro anclado en un pasado ideal está lejos de ser claro o favorable para Trump.

    Las probabilidades de que las instituciones acechadas «salven» a EEUU de la amenaza de Trump son tan altas como las de que Trump acomode su estrategia para convertirse en un líder efectivo de esas elites.

    En este juego geopolítico de Trump por convertirse en la estrella de la elite internacional y de la economía-mundo como bien definió el sociólogo Immanuel Wallerstein cuando decía “Las contradicción del sistema indican un problema irresoluble en el propio sistema, generalmente referente a los intereses a corto plazo frente al largo plazo. Por ejemplo el problema de la caída del consumo, derivado de la bajada de salarios que en principio aumenta el beneficio de las élites capitalistas a corto plazo, pero que a largo plazo esa disminución de salarios tiene un efecto negativo reduciendo la demanda para el producto y por tanto los beneficios”.

    Esta última analogía nos refiere  a la pregunta ¿Puede Trump llevarse el premio de estrella del año? Después de un año tumultuoso, y a menudo degradante, en el cargo, Trump ha conseguido que el Congreso apruebe enormes recortes de impuestos a las empresas y las personas que beneficiarán a las multinacionales estadounidenses y a los ricos del 1%. Pero no logró revertir Obamacare, esa política limitada de subsidios para seguros de salud privados; aún tiene que construir el ‘muro’ para mantener alejados a los inmigrantes ilegales de México; y no puede hacer mucho para frenar las importaciones de productos chinos que inundan los EEUU.

    Hasta ahora, Trump había producido mucha más retórica que decisiones concretas. Pero con su decisión de imponer aranceles a las importaciones desde China materializa una de las amenazas más graves para la estabilidad internacional. El proteccionismo no solo daña al comercio internacional y a la economía mundial, sino que socava el principio del multilateralismo, que garantiza que las diferencias comerciales entre Estados se zanjen en mesas de negociación con los arbitrajes, reglas, garantías y mediaciones adecuadas. En cuanto se conoció la decisión del presidente, las Bolsas cayeron con estrépito (Wall Street el 2,8%), atemorizadas por la esperada reacción de Pekín a unos aranceles cuyo impacto se estima entre 50.000 y 60.000 millones de dólares (China probablemente racionará las importaciones de sorgo, soja y porcino, una de las fuentes de ingresos de la agricultura estadounidense).

    Washington inicia así una fase económica de incertidumbre crispada, que solo puede resolverse con la vuelta de la Administración estadounidense al orden multilateral. Este es el evento inesperado o cisne negro que podría frenar el crecimiento mundial este año. Era de temer y ya está aquí. La imposición de aranceles es un ejercicio de paranoia y un ejemplo de ignorancia de principios económicos elementales. Los efectos son conocidos por todos: menos crecimiento para el país que los aplica, más inflación a medio plazo y pérdida de empleos; todo ello sin contar los daños que causarán las medidas de retorsión. Pero el daño principal que causa el despropósito trumpiano es el caos y la incertidumbre que introduce en el comercio mundial. Alterando el tablero geopolítico antagonizando a China de forma gratuita y confirma la idea desoladora de que la política económica estadounidense ha quedado en manos de un soldado más radical proteccionistas y más contrarios al mantenimiento del orden multilateral, parece que estaremos pronto asistiendo al entierro de la sardina de modelo proteccionista y nacionalista de Trump.

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