Recuperar la historia. ¿Cómo Panamá resistió al ataque yanky?

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    Helicoptero derribado durante la invasión del 20 de diciembre

    Entrevistas al capitán de las Fuerzas de Defensa de Panamà Asunción Eliécer Gaitán

    • La revista «Marcha» presenta a sus lectores una síntesis del testimonio del Asunción Eliécer Gaitán, publicado en el Diario español «El País» y en el mexicano «La Jornada» y, posteriormente, en Panamá, durante los primeros años de la ocupación estadounidense. Y en la segunda parte una entrevista del mismo período publicada en la revista española «Interviú».
    • Con ello queremos recuperar la historia de una Panamá que resistió al ataque yanki.

    Edición de las Entrevistas realizadas al Capitán Asunción Eliércer Gaitán por «El País» y la «Jornada»

    Cumpliendo con la responsabilidad militar de defender el país, ante la desaparición  del Estado Mayor de las Fuerzas de Defensa, salvo honrosas excepciones [los Tenientes Coroneles Daniel Delgado en San Miguelito y Virgilio Mirones, que estaba en el Cuartel Central cumpliendo las funciones de jefe de turno] un conjunto de oficiales intermedios;  miembros de los Batallones de la Dignidad; y, Voluntarios Civiles tomaron el mando de las operaciones de resistencia durante los actos de Intervención, Agresión, Invasión y Ocupación del territorio panameño por parte del Ejército de los Estados Unidos.

    La primera acción del mando emergente, la realiza el Capitán Gonzalo «Chalo» González, Jefe del Batallón Macho de Monte, localizado en Río Hato, quien, en medio de la agresión estadounidense, ordena la evacuación de las instalaciones militares y la movilización para la resistencia. Por esa acción, inicialmente, el bombardeo contra las instalaciones militares panameñas no produce bajas de consideración, aunque sí se logra una conside-rable destrucción material.  «Chalo» moviliza al «Batallón Especial los Pumas» de Tocumen, creado para responsabilizarse de la operación del canal en el año 2000, y se reúne y coordina al personal de la Unidad Especial Anti-Terror (UESAT), ubicada en Panamá Viejo, que se encontraba al mando del capitán Garrido.

    El resto del mando emergente,  había emplazado una unidad pequeña, fracción de las Fuerzas Especiales, con antitanques,  al área sur de uno de los puentes de Tocumen, en la carretera hacia el Aeropuerto Internacional, cuando se inicia el bombardeo del Ejército estadounidense. Allí, en Tocumen, se realiza el primer choque entre las tropas yanquis y «Los Pumas» de Tocumen, apoyados por comandos especiales, miembros de los Batallones de la Dignidad y voluntarios civiles. Los panameños enfrentan el desembarco de paracaidistas de la 82 División del Ejército estadounidense con armas antiaéreas y ametralladoras 12.5. 

    Ante la resistencia de los combatientes panameños, el Ejército estadounidense desplaza su asalto de paracaidistas hacia el norte; y concentran allí sus fuerzas. Después de ese primer enfrentamiento, un conjunto de combatientes se desplaza al área de Panamá Viejo, al Cuartel de la Unidad Especial Anti-Terror (UESAT), al mando del capitán Garrido, quien había abandonado el Cuartel para iniciar la resistencia, mediante una defensa móvil con ametralladoras antiaéreas de tiro horizontal, orientadas hacia la costa. Garrido y los comandos a su cargo enfrentaron el desembarco y el ataque de los helicópteros Black Hawk que tenían funciones similares a las de Vietnam. La resistencia y los combates se extienden durante toda la noche e impiden que el Ejército estadounidense avance.  Esa noche atacan con fuego masivo y, simultáneamente, en algunos puntos. Los aviones ejecutan una acción de bombardeo aéreo en apoyo de un desembarco anfibio de paracaidistas. El fuego aéreo masivo les sirve de escudo ante el ataque de los  panameños.

    A lo largo de la madrugada, el Ejército estadounidense mantuvo el fuego aéreo y extendió el tiempo del desembarco anfibio, que se estaba empantanando ante la resistencia que la UESAT hace desde la costa. Es decir, el desembarco se complementa con el fuego aéreo y el apoyo de los helicópteros Cobra y Black Hawk: como no se pueden tomar el lugar, deciden destruirlo. Los combates fueron encarnizados y las fuerzas anfibias estadounidenses no habrían podido culminar con éxito el desembarco, sin el aplastante apoyo del fuego aéreo de los helicópteros. 

    Paitilla

    El día 20 en horas de la noche, los comandos-especiales- panameños, emplazaron francotiradores en el Aeropuerto de Paitilla en apoyo a las unidades que defendían los hangares militares. En Paitilla se logró frenar el avance de las unidades SEALS (sea, air, land), que estaban desembarcando en forma de anfibios. En el primer contacto, los panameños le causan 18 bajas entre muertos y heridos al Ejército estadounidense. Además se logra neutralizar un helicóptero. Esto hace que se detenga el desembarco y el ataque terrestre e inicie el bombardeo masivo en el área del cuartel de Paitilla. Al final, para  tomarse el lugar, fue necesario que intervinieran en ayuda de la Fuerza Especial SEAL, Helicópteros Apache que obligaron, con un incesante fuego aéreo y superioridad numérica, a los comandos que sobreviven el ataque, a replegarse y abandonar el área, para desarrollar operaciones planificadas en el área de la Embajada estadounidense y otras áreas de la Ciudad de Panamá.  

    Avenida Balboa

    En Balboa, alrededor de las 3 de la mañana, un comando panameño de seis hombres, con un RPG-18 y un RPG-7, atacan con armas automáticas y armas antitanques las instalaciones de la Embajada estadounidense, ubicada en la Avenida Balboa y que era defendida por un pelotón de 30 a 50 Marines, apoyados por blindados  y  unidades de la Policía Militar.  Cuando el comando ataca, con armas automáticas,  las instalaciones de la Embajada de los Estados Unidos, los miembros del Ejército estadounidense ofrecen resistencia, pero no logran evitar que sean alcanzados e incendiados los Blindados.  El ataque del comando panameño provoca que las unidades estadounidenses se replieguen hacia la costa, y le dejen el trabajo y la confrontación a las unidades aéreas y el fuego aéreo masivo. Esto evita el contacto directo entre las unidades del Ejército estadounidense y el comando panameño, que había causado un número indeterminado de bajas, por lo que se decide el repliegue, en contra de la voluntad de algunos de las unidades que querían interrumpir el ataque y tomarse la Embajada. El Comando panameño se moviliza entonces hacia al sector de Santa Ana y Calidonia, en camino al Cuartel Central, para apoyar a otros combatientes en el Barrio de El Chorrillo.

    Pero también, el día 20 de diciembre, el comando, recoge a seis chiquitas que querían combatir pero no tenían armas. Por lo que se les proporcionan armas y se les enseña su manejo. Así aprendieron a utilizar hasta una RPG-7. Estas chiquitas se exponían en serio, decían que no querían que cuando sus hijos crecieran dijeran «nos invadieron y mataron y mi mamá se quedó como si nada». De las seis sólo quedaron con vida dos, las otras cuatro murieron en combate.

    Muchachas y muchachos con una mentalidad de desprecio total por la vida. A cambio de defender a su Patria hacían cosas que iban más allá de las órdenes que recibían, como ocurrió con «Hormiga», un muchacho a quien apodaron así, porque era muy trabajador.

    «Hormiga» apostado,  por órdenes del jefe del comando, en la azotea de un edificio de cuatro pisos, frente a la Avenida Balboa, donde está la Bahía de Panamá  [cerca de la Embajada estadounidense], esperaba el paso de un blindado que hacía un recorrido desde Punta Paitilla a la Embajada estadounidense, mientras otro miembro del comando preparaba la bicicleta en la que debía huir tras atacar el blindado.  Pero antes del paso del blindado se escuchó el ruido de un helicóptero acercarse por la Bahía de Panamá e inmediatamente después un cohetazo de RPG-7 y el estruendo del impacto de la nave cayendo ahí mismo, pegado al malecón de la Avenida Balboa. El muchacho se tira y cae prácticamente al lado mío.  Le digo: «¡Coño!, no esperaste al  blindado».  «Jefe», me responde, «ese helicóptero me pasó enfrente y no iba a perder la oportunidad de tirarlo esperando a un blindado».  Entonces se escucha el fuerte enfrentamiento por parte de los Macho de Monte y los bombardeos estadounidenses. Era un enfrentamiento desigual, entre armas ligeras y livianas contra helicópteros y aviones que lanzaban bombas de 200 libras.

    Al amanecer se hizo un primer balance, donde se estableció que el Ejército estadounidense hizo un anillo en forma de ocho alrededor de la Ciudad de Panamá, pero todavía no había avanzado más allá de Tocumen. Ante eso, se tomó la decisión de moverse poco y mantener las posiciones durante el día, para tratar de atacar el perímetro del cerco y abrir una brecha para desplazarse hacia las afueras de la Ciudad de Panamá y continuar la resistencia.

    Durante el día, establecimos la manera de desplazarnos en bicicleta, a pie, mezclados entre los que estaban saqueando la Ciudad de Panamá, para visualizar el perímetro estadounidense y los objetivos que serían atacados durante la noche. Fue así que en horas de la noche del 20 de diciembre atacamos Quarry Heights, el Cuartel Central del Comando Sur de los Estados Unidos.

    Ese día, alrededor de las 2 de la tarde, Chalo González con unidades de los Macho de Monte, ataca el perímetro más avanzado de tierra del Ejército estadounidense, que estaba ubicado cerca de la Universidad de Panamá, en la Avenida Nacional. Ahí se destruyeron dos blindados estadounidenses. Y por la noche se hace un ataque al Cuartel Central panameño que estaba tomado por los yanquis. Este ataque se ejecuta más por enojo que por una cuestión militar.

    Las unidades del comando especial expresaron un enojo al enterarse, por medio de un médico que comandaba las unidades de rescate de heridos, que el Ejército estadounidense disparaba contra las ambulancias panameñas que trataban de recoger los heridos agonizantes, entre los que había población civil inocente del  Barrio de El Chorrillo. Es entonces cuando se decide contratacar con  treinta hombres al Cuartel Central y los blindados que el Ejército estadounidense había metido al cuartel. 

    Quarry Heigths

    La noche del 20 de diciembre, desde el patio del Instituto Nacional, hicimos un segundo ataque con fuego de mortero de 82 milímetros y RPG-7, al área de Quarry Heigths. En el operativo sólo participaron ocho hombres. El ataque no fue difícil, porque en esta área existía una casa seguridad, un depósito, con armamentos que pertenecían a las Fuerzas Especiales con mandos clandestinos. El armamento se encontraba en un sitio ubicado detrás del Ancon Inn, ubicado en la Avenida de los Mártires. Allí se recogieron los tiros, la munición y los tubos. Existían casas y depósitos similares en distintas partes de la Ciudad de Panamá, con miras a enfrentar una situación como la que estábamos viviendo.

    Luego, entre la Pizzería Napoli, que se encuentra a un costado del Ancón Inn y desde el patio del Instituto Nacional, se bombardeó Quarry Heights. El bombardeo fue exitoso porque se hizo con mucha precisión: anteriormente se había hecho el estudio y el trabajo de reglaje, por lo que hubo tiempo hasta de hacer las correcciones luego de los dos primeros disparos, que son los previos para ubicar el blanco. Se colocó una de las unidades de observación más avanzada en uno de los edificios más cercanos al blanco, en el Barrio de El Chorrillo.

    Esta unidad del comando, hacía las veces de corrector de tiro: veía el impacto y hacía las correcciones.  Después de los dos primeros disparos, el resto de los seis proyectiles cayeron con mucha precisión sobre las instalaciones.

    Claro, era un ataque simbólico al corazón del enemigo, porque en realidad el Ejército estadounidense tenía un sistema subterráneo, así que el Comando estaba dentro del Cerro Ancón. El daño que se hizo fue más bien a las instalaciones de superficie, pero era una de las respuestas a la violación que los estadounidenses estaban haciendo en Panamá de los Tratados de Ginebra y en contra de las víctimas y heridos panameños.  En su contrataque, el Ejército estadounidense arrasó el Barrio de El Chorrillo con una acción de fuego coheteril masivo desde helicópteros Cobra y Black Hawk. Las unidades aéreas bombardearon toda el área. El ataque aéreo produjo el incendio del populoso Barrio de El Chorrillo: tampoco, entonces, el Ejército estadounidense permitió el paso de las ambulancias a recoger heridos y muertos. 

    «Interviú» entrevista en exclusiva a Gaitán

    Asunción Eliécer Gaitán Ríos: no defendí a un individuo ni una idea, sino a un país y su soberanía (…) Estoy preparado para lo peor y nunca me entregaré a un país ocupado.

    Al despedirnos le dije: «Me gusta volver a verlo frío y seguro». Él me dijo: “Has sido leal más de lo que se podía decir de ti». Me preguntó que pensaba hacer y me aconsejó que me cuidara». Esta fue la última conversación mantenida entre el General Noriega antes de entregarse a las tropas invasoras, el pasado 3 de enero, y su jefe de seguridad personal, el capitán Asunción Eliécer Gaitán Ríos. Ambos pasaron los diez días más amargos de sus vidas, asilados en la Nunciatura de Panamá, popularmente conocida como «Pensión Laboa», por las muchas veces que allí se dio refugio a políticos de todos los colores.

    Noriega se entregó a las tropas norteamericanas que invadieron Panamá el pasado 20 de diciembre de 1989, pero el capitán Gaitán, 32 años, es el único refugiado que queda en la Nunciatura, ya abandonada también por los etarras, planteando un problema diplomático de difícil solución. El Gobierno de Endara acusa a Gaitán de haber participado en la matanza de los militares que el 3 de octubre de 1989 se levantaron contra Noriega y que fueron ejecutados después de haberse rendido.

    Los norteamericanos quieren a Gaitán para interrogarlo, por suponerle muy informado, pero el Nuncio Laboa le da asilo político, acogiéndose al artículo treinta y cuatro de la Constitución panameña, que exime de responsabilidad a los militares que cumplen órdenes.

    En Panamá se dice, además, que el Nuncio le está pagando a Gaitán, el único con quien hablaba Noriega en sus días de refugiado político, la colaboración y el papel negociador que jugó en aquellos difíciles momentos. El gobierno español aceptaría acoger a Gaitán siempre y cuando el gobierno panameño le conceda el visado de salida del país. Así las cosas, Gaitán, un hombre preparado para la acción, pasa sus días en la apacible vida de la Nunciatura, vigilada por la policía panameña, y recibe periódicas visitas del actual jefe de la Seguridad Eduardo Herrera, para convencerlo a él y al Nuncio, de que se entregue a los panameños o a los norteamericanos.

    Formado militarmente en Argentina, donde recibió un duro entrenamiento que le permite dormir dos horas diarias, Gaitán fue llamado en el año de 1987 para hacerse cargo de la seguridad personal de Noriega.  «No sé por qué me buscaron a mí, porque yo era totalmente desconocido, aunque bien entrenado y experto en explosivos. Desde entonces yo estudiaba todos los días como podía matar y secuestrar a Noriega, anteponiendo a la guerra de las galaxias, que se supone nos aplicarían los norteamericanos en caso de atentado, lo que yo llamo guerra de cavernas. Es decir, cuando no eres fuerte  en tecnología, tienes que recurrir a la malicia y el engaño».

    El nombramiento de Gaitán coincide con el comienzo de los problemas serios para Noriega; los norteamericanos le acusan de narcotraficante, mientras le crece una oposición organizada bajo el nombre de Cruzada Civilista.

    Una Guerra desigual

    Norteamericanos y panameños se mueren de curiosidad por saber qué hizo y dónde estuvo Noriega desde la noche del 19 de diciembre, cuando las tropas yanquis entran en la ciudad, hasta las doce del mediodía del 24, cuando el general Noriega se refugia en la Nunciatura, de la que ya no saldrá sino para entregarse a los militares estadounidenses. Se dijo que se había escondido en casa de su vieja nodriza y que pasó varias horas con una prostituta. Su jefe de Seguridad lo cuenta así:  

    «El día 19 estuve con él hasta las diez de la noche en su casa del barrio de Omar en el Recuerdo. De allí me fui a una reunión para prepararnos para la invasión que sabíamos sería esa noche, aunque no a qué hora. A las once de la noche escuché por la radio la clave que avisaba que había movimiento y empezamos la evacuación. La esposa y las hijas del general no habían querido abandonar el país y las llevamos a una zona más segura cerca del aereopuerto, hasta que al día siguiente se refugiaron en la embajada de Cuba. Noriega se detuvo en el hotel Seremi unos minutos para cambiar de coche, y después se dirigió hacia un puesto de mando subterráneo en Chepo, camino a Darién. Yo iba en otro coche y, cerca del Aeropuerto, mis seis hombres  y yo estuvimos nuestro primer enfrentamiento con paracaidistas norteamericanos. Noriega estaba a muy pocos metros, pero no se dieron cuenta. Allí en la rotonda próxima al aeropuerto, murieron muchos norteamericanos y, desde ese momento,  cerramos las comunicaciones  con radio, porque ellos tenían unas posibilidades del cien por cien de localizarnos. La suya fue una guerra tecnológica. Nosotros atacábamos, pero ellos contraatacaban de forma brutal. Fue una guerra desigual, en la que nosotros pagábamos un alto precio en vidas. Rodearon la ciudad e iban cercándola con anillos de refresco. Nos vencieron porque nuestros militares del resto del país no eran fuertes ideológicamente y no vinieron a romper el cerco. Los norteamericanos lo sabían y por eso adelantaron la invasión, porque Noriega también sabía que tenía que reemplazar a aquellos mandos por otros más ideologizados. Como no pudo llegar a Chepo se fue al cuartel de San Miguelito, en donde estuvo desde las dos de la madrugada hasta las cinco».

    «Yo le pedí al general combatir con los comandos y desde ese momento lo perdí de vista. Nos comunicábamos por mensajeros. El llamaba a uno por  teléfono y dejaba el mensaje que me daban cuando yo llamaba al mismo teléfono. Desde ese día estuvo en distintas casas de seguridad, acompañado de su escolta, pero ni yo mismo sabía dónde. No volvía a verlo hasta el día 24, en que me ordenan recogerlo en Juan Díaz, en la carretera que va hacia Tocumen. El traslado desde la casa de seguridad en la que estaba hasta la Nunciatura, lo hicimos de día seis personas, no todas militares, vestido de civil y con una patrulla norteamericana a unos cincuenta metros. Estaba peinando la zona, casa por casa, y supongo que debieron tardar diez minutos en llegar a la que acababa de abandonar el general». 

    Presiones y amenazas

    Y, estando en la Nunciatura, vinieron las presiones de unos  y otros. Y las amenazas: «Cuando llegamos a la Nunciatura había por lo menos veinte refugiados, entre ellos los etarras a los que yo conocía por haber hablado en el época que Noriega pensó darle categoría de refugiados. Aquellos diez días, el Nuncio estuvo sometido a mucha presión. Los gringos pusieron sus equipos psicológicos a trabajar y cada día le planteaban una situación nueva. Le dije que no me considerara un obstáculo para tomar una decisión y nunca influí. No me explicó por qué decidió entregarse a los norteamericanos, pero creo que le influyó el mensaje de sus abogados dándole esperanzas de que saldría bien en el juicio. Yo no aplaudo ni condeno su decisión y me reservo mi opinión por honor militar. Mi trabajo fue militar y patriota, y sería miserable por mi parte juzgar a Noriega por tomar la decisión de vivir. En este país todo el mundo tiene «cola de paja»,  es decir, algo de qué puede ser acusado. Aquí ni los gringos pueden controlar cómo la cerveza sale de su Zona del Canal para ser vendida de contrabando. Noriega vivió una época de  vacas gordas en el país y seguro que hubo cosas de las  que acusarlo, pero creo que también muchas de ellas son motivadas por intereses políticos».

    El argumento más utilizado por los panameños para justificar la invasión yanqui es que todos los demás intentos fracasaron y no había manera de deshacerse de Noriega. Gaitán no está de acuerdo:

    «La situación tenía que cambiar con urgencia, pero no se podía aceptar la imposición norteamericana. Aquí no hubo lucha política. A Somoza, a Marcos, A Pinochet los tumbaron luchando, pero aquí los de la Cruzada Civilista sólo hacen política de lunes a viernes. Ellos no tuvieron ni un muerto y los panameños que murieron en la invasión no fueron de la oligarquía ni de la burguesía. Ellos celebran la recuperación del poder político que habían perdido con Torrijos, no la invasión. Es falso que no hubiera otra forma de derrocar a Noriega. Lo que ocurre es que ellos sólo querían lo fácil, conspirar los fines de semana en Playa Coronado. Casi todos estudiaron en Estados Unidos y desconocen la historia de su país, no saben que la historia se repite y que esto lo van a pagar algún día».

    Hijo y nieto de militares, anticomunista y nacionalista convencido, Gaitán dice que su comportamiento es una cuestión de honor militar y de coherencia política. «Estoy preparado para lo peor y nunca me entregaré a un país ocupado. Yo no defendí a un individuo ni una idea, sino a un país y su soberanía. Defender ahora a Noriega, está fuera de lugar, porque la situación es otra. Los de la Cruzada Civilista se declaran antimilitaristas y aceptan que un ejército extranjero patrulle en las calles con armas.  Lo que ocurrió el 3 de octubre es un hecho penado por leyes militares. Hubo un levantamiento pagado por los norteamericanos, como se demostró después, y si no actuaron ese día fue porque los traidores se le adelantaron al creerse descubiertos, y los cogieron desprevenidos. Hubo enfrentamiento y muertos ejecutados por orden del mando militar que dió orden sumaria».

    «Cumplíamos una orden de unas Fuerzas Armadas legalmente constituidas, y no fue un delito común. No niego mi participación en aquellos hechos, pero el responsable es quien da la orden y eso lo deja claro el artículo 34 de la Constitución panameña.»

    Gaitán se levanta todos días a las cinco y media de la mañana. «Desde que se fue Noriega, duermo seis horas». Hace gimnasia. Asiste a misa. Reza el rosario. Estudia italiano. Escribe, «para no olvidarme de todo lo que viví y sé». Colabora en las tareas domésticas de la nunciatura cocinando un riquísimo «Guachito de Guandú». Para no perder el ánimo, apenas escucha panameñas. E insiste: «Prefiero morirme a entregarme a los invasores. Estoy tranquilo porque sé lo que tengo que hacer. Mi plan es irme a España o morir, nunca entregarme». Y termina: «Si voy a España, seré bueno. Me dedicaré a estudiar filosofía y política».

    El capitán panameño Asunción Eliécer Gaitán Ríos, jefe de le Seguridad personal  Noriega, cuenta en exclusiva a Interviu, desde su asilo en la Nunciatura del Vaticano en la capital centroamericana, los pormenores de la actividad del derrocado dirigente durante la invasión militar norteamericana y los diez días que pasaron juntos en la embajada vaticana hasta que el general decidió entregarse.

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