Ambigüedad estratégica de EEUU y sensatez

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Presidentes Xi Jinping, de China, y Joe Bide, de Estados Unidos. (Foto: Getty Images). 

Por Julio Yao
Experto en Derecho Internacional

El evidente desorden, la incontrolable anarquía, la incoherencia entre lo que se dice y lo que se hace, las mentiras y los patinazos permanentes de los voceros de Washington, son el telón de fondo del marasmo en el que se encuentra la principal potencia de Occidente, signo irrevocable de su imparable declive.

Sin embargo, nada de esas contradicciones compite con las idas y venidas, con las embestidas y reculadas de Estados Unidos en torno al caso de Taiwán.

Para reiterarlo una vez más: Taiwán ha sido y es parte inseparable de la República Popular China, y esa es una realidad aceptada por la comunidad internacional, sólo que la potencia hegemónica se resiste a dar sus últimos estertores y bramidos y ha introducido políticas y actitudes que tratan de enredar y posponer la permanente y correcta solución de la Isla.

Fue Estados Unidos el que creó el conflicto entre el pueblo chino y Taiwán para crear allí, desde diciembre de1949, una férrea dictadura hasta la muerte de Chiang Kai Shek, en 1975, que eliminó a los pobladores locales y convirtió a la Isla en un bastión geopolítico contra la revolución china, liderada entonces por Mao Zedong y, ahora, por el presidente Xi Jinping. En este sentido, Taiwán y Corea mantienen historias paralelas gracias al intervencionismo norteamericano.

La presidenta de Taiwán insiste en independizarla del continente para satisfacer un prurito de patriotismo, pero con ello aleja a la Isla de una relación armoniosa y mutuamente satisfactoria con el resto de China, como si nada valieran las vidas de los ciudadanos de aquí y de allá que perderían la vida en un enfrentamiento estéril como insensato.

Lo cierto es que, de cara al 95 aniversario de fundación del Ejército de China el 1 de agosto, las Fuerzas Armadas hacen preparativos para tomar acción en defensa de la integridad territorial y la independencia de China Popular con el apoyo decidido de su pueblo. No son bravuconadas ni palabras vacías.

El factor que exacerba la posibilidad de un innecesario enfrentamiento es la anunciada visita de Nancy Pelosi, presidenta demócrata de la Cámara de Representantes de Estados Unidos, a Taiwán en agosto, una prepotente provocación a Pekín que, sin embargo, es desaconsejada tanto por expertos militares europeos como por altos funcionarios del Pentágono que temen una guerra para la que no están preparados y que es imposible de ganar para Occidente.

Tomemos en cuenta que las recientes alianzas militares de Estados Unidos se están desvencijando, cayéndose a pedazos gradualmente por distintas razones; Australia, por ejemplo, en tanto que el BRICS crece.

Estados Unidos aceptó la decisión de la ONU en 1971, de que Taiwán es parte de China, pero firmó el Acta de Relaciones de Taiwán de 1979, que compromete al país con la defensa de la isla. Estados Unidos reconoce que Taiwán es parte inalienable de China, pero se reserva el derecho de anteponer un veto a la posibilidad de que Pekín tome a Taiwán por la fuerza. En esto consiste la “ambigüedad estratégica” de Estados Unidos.

Eso es el meollo de la cuestión, porque, si China es la legítima soberana en la Isla, como acepta el mundo salvo Washington, ¿por qué tendría Estados Unidos derecho alguno para oponerse a la jurisdicción de Pekín en una porción de su territorio? ¿Podría China oponerse a que Estados Unidos ejerza su jurisdicción sobre Alaska o Hawái? ¿Por qué se le permite a Estados Unidos ese status de excepción, ese excepcionalismo?

En 1990, sectores proclives a la reunificación en ambos lados del Estrecho estuvieron de acuerdo con el principio de “una sola China”. Es hora de restaurar la sensatez y la cordura.

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