A 200 años de la Declaración de Independencia, se impone la refundación

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Por: José Ángel Espinoza Suira
Profesor de Filosofía de la Historia – Universidad de Panamá
CRU de Veraguas

Luego de 321 años de vida colonial, un 28 de noviembre de 1821, uno de los últimos bastiones territoriales de la corona española en el llamado nuevo mundo logró su independencia.
No sería casualidad que fuese uno de los últimos, en tanto que, como cintura estratégica de América, Panamá se había convertido en reducto real contra los revolucionarios del sur que liberaban a los pueblos bajo el mando de Bolívar, Sucre, San Martín, Miranda y otros patriotas.
La “Declaración de Independencia de Panamá de España”, de febrero de 1822, fue celebrada por el Libertador en términos enjundiosos. Desde la “Carta de Jamaica”, de 1815, el Libertador del Sur veía a Panamá como la clave geopolítica para vincular extensos territorios liberados, ya que veía al mundo como un eficiente paso entre dos mares.
La crítica contra el sistema colonial español, que justificaba la guerra de independencia, fue acompañada de la visión de integración de territorios emancipados… “que bello sería que el Istmo de Panamá fuese para nosotros lo que el de Corinto para los griegos”.
Obviamente, el transitismo istmeño podía facilitar la construcción de su anhelada “Gran Colombia” mediante la “Anfictionía” de pueblos antes colonias ibéricas, en tanto que reunía las condiciones ideales que nunca podía brindar, en ese momento, la dura geografía de entornos formados por nevadas cordilleras andinas, pantanos y caudalosos ríos, que llegó a conocer en marchas más desafiantes que las soportadas por Napoleón.
Alegrándose Bolívar de las noticias independentistas de Panamá, enviaría a su edecán Daniel Florencio O’Leary al Istmo, de ciudades amuralladas y comerciantes blancos, con el siguiente mensaje: “el Acta de la Independencia de Panamá es el documento más glorioso que puede ofrecer a la historia ninguna provincia americana”.
Conmemoramos 200 años de aquel evento histórico transcendental: su trascendencia no sólo es local, sino hispanoamericana e, incluso, internacional.
Definitivamente, ese hecho sin igual, tendría recuperaciones en la América morena, al situar un antes y un después en los acontecimientos que se producirían en el decurso de dos siglos. Surgirían y se consolidarían Estados Nacionales independientes, pero, en el contexto de ambiciones partidarias y caudillistas que fueron dando al traste con el proyecto bolivariano. El empeño del Congreso Anfictiónico de Panamá sería mediatizado y el Libertador quedó relegado en Santa Marta, Colombia, enfrentando persecuciones, intentos de asesinato y la muerte.
Lo mismo ocurriría en la Cuba del Caribe, con José Mart, y en Panamá, con Justo Arosemena, y otros latinoamericanistas de la talla de Simón Bolívar, quienes lucharían hasta el final, retomando las banderas del patriotismo nacional, regional y continental para bregar por una Hispanoamérica o una Latinoamérica unida. Pero, esos esfuerzos quedarían inconclusos por la acción fragmentadora y estrecha de líderes militares ambiciosos y la presencia visible del Norte capitalista que, no sólo veía con el rabo del ojo los acontecimientos, sino que intervenía como lo denunció Bolívar, al capturar en el río Orinoco un barco “gringo”, dando apoyo a los españoles. Así de traidora fue el águila imperial, contrario a lo que decía defender.
Lograda la emancipación del yugo español y portugués, el águila imperial caería con voracidad nunca vista sobre las jóvenes Repúblicas para someterlas a la explotación rapaz, igual o peor que la que había antes, en tanto que consideraba a la región su patio trasero natural. Iría tomando forma, de esta manera, un liberalismo caudillista y transaccional con las ambiciones imperiales que conformarían las nuevas élites dominantes oligárquicas, anquilosando un poder secular en Repúblicas de opereta, completamente serviles y genuflexas a los intereses neoliberales externos.
Panamá no estaría al margen de esas realidades, deformaciones, influencias y transmutaciones. Desde el momento mismo de la Independencia, en 1903, se comenzó a fraguar la primera venta de la patria, lo cual asumió verdaderas formas y contenido neocolonial en el país naciente: prevaleció el interés crematístico y económico de los comerciantes de la Zona de tránsito, quienes veían en Estados Unidos el nuevo proyecto imperial a imitar.
Para imponer esos planes a la población, tuvieron que ser urdidos en la complicidad del silencio y el soborno. Así se puso fin a la Guerra de los Mil Días y se tuteló la incipiente Repúblical, con dos acorazados apostados en las ciudades de Panamá y Colón, para disuadir el descontento. Así se planeó el fusilamiento del “General de Hombres Libres”, Victoriano Lorenzo, héroe de la guerra independentista popular y social, nunca reconocido en el imaginario de conmemoración de esas efemérides; nunca reivindicado por el Derecho o la Justicia panameña; nunca recogido su ejemplo en los libros de historia de las élites que pregonan las leyendas doradas y negras de la independencia o enaltecen a “próceres” entreguistas de las riquezas materiales y humanas de la nación, como sigue ocurriendo 200 años después.
Por supuesto, a dos siglos de historia y acontecimientos complejos, no todo ha sido deprimente o desalentador. Por suerte, la historia también la escriben los pueblos y sus auténticos líderes. Desde mediados del Siglo XIX, los movimientos autonomistas y las causas federalistas e independentistas fueron gestados.
Dignos patricios, como Don Justo Arosemena y otros, marcharon al frente de las batallas ideológicas y filosóficas por la edificación del Estado nacional soberano y popular. Puede afirmarse, sin lugar a duda, que la independencia de Panamá de 1903, también se nutrió de la maduración social y política anterior y comenzó a proyectar una visión nueva, distinta de la visión corrupta y adulterada de los grupos económicos que se han sucedido en el control de diferentes gobiernos, muchos de ellos vigilados por el injerencismo estadounidense. Y no puede haber mejor evidencia que la Invasión militar norteamericana de 1989 a Panamá. Con la excusa de apresar a un dictador formado por la CIA, asesinaron a miles de inocentes y prohijaron exabruptos inconcebibles que perviven en la psiquis de los ciudadanos.
Esta conmemoración, en medio de una pandemia sanitaria que se prolonga en sus secuelas sociales, económicas y psicológicas, no debiera servir sólo para fiesta y fanfarria, bombos y cornetas o desfiles para saludar corruptos en palcos y tarimas.
Un acontecimiento histórico de tanta importancia para la vida de millones de panameños y latinoamericanos reevaluar y repensar el modelo de Estado y nación que hemos venido construyendo, remendando y emparchando: todas las instituciones que emergieron con la independencia deben someterse a una revisión implacable, para discernir si han cumplido o no, a lo largo de estos 200 años, con los ideales y anhelos de sus más preclaros e ilustres fundadores, o para determinar si han cumplido o no con las expectativas y sacrificios de hombres y mujeres que, incluso, ofrendaron sus vidas en el altar de la patria y de la lucha social por un mundo justo, igualitario y equitativo.
Es necesario hacer un alto en el recorrido histórico para discernir, con ojo crítico, epistemológico y axiológico, colectivo e interdisciplinario, sobre… ¿Dónde estamos y hacia dónde vamos y qué realidades hay que cambiar para el progreso material y espiritual de las poblaciones humanas?
Vivimos tiempos en que se han agravado as crisis, que no son sólo de naturaleza social o política, sino de carácter ambiental y energético. La reciente Cumbre de la Tierra ha revelado que el mundo está al borde de un colapso climático sin parangón alguno en la historia. Pero, esta vez, somos responsables de insistir en un modelo de crecimiento socioeconómico mundial depredador, consumista y disruptor de equilibrios medioambientales que hacen posible la vida. Ese modelo fue heredado de los tiempos de la conquista y la colonización de América, punto de inflexión que cambió el rumbo de todo. Lo que pudo ser un encuentro amigable y humanista de dos mundos, el europeo y el americano, se fue convirtiendo en la vertebración de sistemas locales, regionales y mundiales opuestos a los ideales y objetivos de libertad, igualdad y fraternidad, proclamados por las revoluciones burguesas francesa y estadounidense.
En su libro “Las venas abiertas de América Latina”, Eduardo Galeano se quedaría corto en la descripción de lo que vendría después con el saqueo de la riqueza natural y metalífera, lo que haría más ricos a los ricos y más pobres a los pueblos que, siendo potencialmente ricos, por poseer esa riqueza material, nunca la explotaron para el bienestar y progreso colectivo.
Esto sigue ocurriendo… y en Panamá pareciera que sólo se piensa en el Bicentenario para cantar con doble discurso … “patria son todas cosas bellas”, mientras nos hundimos en la inmundicia social, la minera extractiva a cielo abierto, la entrega gratuita de nuestros recursos naturales y humanos a las transnacionales y el ahondamiento de las brechas sociales de una desigualdad que jamás podrán cerrarse si no pasamos a una refundación urgente de la República para rescatar lo que una vez fue nuestro principal recurso: el Canal de Panamá, ahora en manos de los oligarcas del patio, que nunca apoyaron la causa de la soberanía nacional y administran esa vía para el beneficio de los poderes fácticos internos y externos. Ya  lo había advertido Omar Torrijos.
Seamos consecuentes con la responsabilidad que legaron las generaciones precedentes y aportemos a la colectividad social una visión integral de lo que hemos sido, somos y debemos ser en la tarea de reconstruir la identidad ontológica, en toda su policromía, para acercar los anhelos de “Anfictionía” por los que lucharon y ofrendaron sus vidas muchos héroes de América.

2 COMENTARIOS

  1. Panamá está en el corazón de nuestros pueblos. A Panamá la vemos con amor y con respeto. Hay que estudiar al maestro Justo Arosemena. Leer y releer la historia y nunca olvidarnos de ese gran dirigente y estadista que defendió la Soberanía y la Dignidad de Panamá. Me refiero, por supuesto, al general Omar Torrijos Herrera. El quería también como Simón Bolívar y Ernesto Che Guevara la Unidad de la Patria Grande. ¡Viva Panamá!, ¡Hasta la Victoria Siempre!
    Fernando Acosta Riveros

    • Hola Fernando Acosta Riveros:

      Agradecemos sus comentarios y lo exhortamos a seguir leyendo los artículos incluidos en nuestro medio digital.

      Saludos,

      David Carrasco
      Director de Bayano digital

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