Una hora para Panamá

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Panamá debe decidir si quiere soberanía o subordinación.

Por Julio Bermúdez Valdés

Las relaciones internacionales de Panamá con EE.UU. registraron en los años 70 y 80 una relativa autonomía, en la medida en que se combinaban dos factores: el ascenso internacional de las luchas anticoloniales y la decisión panameña de recuperar su soberanía. Un escenario que dio acogida a la solidaridad demandada por Panamá.

Con la caída del muro de Berlín y el desmantelamiento de la otrora URSS, el mundo estuvo servido para que la única potencia verdaderamente global de ese momento, Estados Unidos, instaurara un modelo unipolar de poder en el planeta; o por lo menos era esa la condición aparente en que los desmantelados poderes fácticos del llamado socialismo real habían dejado la escena internacional.

Sin embargo, las contradicciones propias del sistema (no todos los intereses de la UE siguen el guion de Washington), así como otras fuerzas emergentes (el papel espectacular de China popular y de las naciones del BRICS) fueron remodelando condiciones que impidieron la consumación de la estrategia norteamericana, que creía llegado el momento de cerrar su plan de conquista, logrando influencias decisivas en la Eurasia de las grandes reservas de petróleo.

En una acción política combinada con movimientos militares, a través de la OTAN, Washington ha tratado de inhabilitar las acciones políticas de la Rusia de hoy, mediante un cordón de tropas colocadas a lo largo de la frontera de Rusia con Europa. Al respecto, Moscú que ha sido explícito al sostener que “no queremos imponerle nuestro modelo a nadie, pero tampoco permitiremos que nos impongan modelos ajenos a nuestra idiosincrasia, Putin (mayo de 2016), ha dado una respuesta clara en ese sentido: la forma como ha sido detenida la maniobra política encabezada por el Estado Islámico, con la consecuente permanencia del régimen de Damasco que pretendían derrocar los islámicos. Asimismo, la situación con Corea del Norte, donde hasta Alemania ha salido a decir que no puede ser militar la salida a ese conflicto.

Una cosa es clara: a Washington parece no resultarle tan inmediatas y positivas las demandas ante sus aliados, y aun cuando América Latina ha sido tradicionalmente considerada su traspatio, la Casa Blanca vuelve su mirada ante una región preñada de contradicciones, donde se ha debilitado la férrea presencia estadounidense en los últimos años, en especial después de finales del siglo XX cuando sus tropas y el Comando Sur debieron abandonar la estratégica posición que tenían en Panamá.

Es esa realidad, la que aparece como entorno de la gira que ha hecho por América Latina el vicepresidente Mike Pence, que, a diferencia de la realizada por Barack Obama en 2015, no pareció destinada a tender puentes ni abrazos, sino demandas e imposiciones por la salud de las estrategias y los problemas que confronta la Casa Blanca en el mundo.

Y pareciera que son pocos los que entienden este escenario. El no de Chile a la ruptura de relaciones con Corea del Norte, el fracaso de la Cumbre de Lima y el rechazo colombiano a una eventual acción militar contra Venezuela, son indicativos de que algunas cosas han cambiado en la región. Es un cambio que podría servir a Panamá para recuperar la dignidad con que en otros años llevó su política de relaciones internacionales, sin afectar la innegable fortaleza de la relación de socios que han llevado adelante desde los albores del siglo XX.

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