Tradición, sensatez y sentimientos

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El paso de Dudamel y la Filarmónica de Viena por el Colón dejó mucho más que una épica del final feliz. (Imagen: Gentileza Armando Colombaroli, Teatro Colón).
  • Gran concierto de Gustavo Dudamel al frente de la Orquesta Filarmónica de Viena.

Fiel a su modo meticuloso y preciso, el director venezolano supo conseguir interpretaciones de prodigiosa transparencia, aunque mostró mayor claridad ante los contrastes emotivos de Tchaikovsky que ante los desarrollos lineales de las variaciones de Brahms.

Por Santiago Giordano
Página 12 (Argentina)

La orquesta Filarmónica de Viena y Gustavo Dudamel ofrecieron en el Teatro Colón un gran concierto que, como era de esperar, pagó con creces las expectativas de un público bien predispuesto al aplauso que colmó la sala. Fue el sábado, en el primer concierto del ciclo Grandes intérpretes internacionales. El sonido como identidad, la tradición como herramienta y la musicalidad como horizonte específico son los atributos de la formación europea, seguramente una de las más reconocidas del mundo. Sobre estas cualidades, el director venezolano, fiel a su modo meticuloso y preciso, supo conseguir interpretaciones de meridiana claridad y prodigiosa transparencia, aunque de alternante energía.

Tras el comienzo con Obertura para un festival académico Op.80 de Johannes Brahms, las Variaciones sobre un tema de Haydn Op.56, del mismo Brahms, y la Sinfonía nº4 en Fa menor Op.36 de Piotr Ilich Tchaikovsky, articularon un repertorio que aunque atractivo, teniendo en cuenta la historia y el peso artístico de los intérpretes, no resultaba particularmente singular.

Sin embargo, este programa animado por obras clásicas en el sentido más amplio de la palabra, resultó altamente redituable en términos de impacto y emoción, como corresponde a una orquesta europea de gira por América. Eso quedó claro en los finales de cada obra y las respectivas ovaciones que recibieron: la enunciación del tema inicial por toda la orquesta, tras el laberinto de las variaciones en Brahms, y el punzante tema del destino que reaparece en el último movimiento en la sinfonía Tchaikovsky, por ejemplo, son distintas formas de esa idea de retorno que ordena las dinámicas emotivas de una conclusión. El regreso, sanas y salvas, de esas melodías trajinadas en desarrollos y variaciones, representa formas de final feliz, a las que las orquestaciones suntuosas imprimían el gesto épico esencial para una teatralidad que, después del esperado acorde final, se completaba en el aplauso fervoroso del público.

Como era de esperar, el paso de Dudamel y la Filarmónica de Viena por el Colón dejó mucho más que una épica del final feliz. La atildada corporación musical vienesa creada en 1842 es una máquina sonora de notable eficiencia, en la que cada sección, atenta a contribuir a un sonido versátil y uniforme, resulta impecable. El sonido sedoso de reflejos mate de las cuerdas encuentra acaso una insólita correspondencia en los bronces, que se empastan con naturalidad con el resto de las secciones. El gesto asentado de Dudamel, más allá del vigor extrovertido y chispeante del muchacho prodigio, ahora es el de un director maduro. La orquesta, con generosidad y precisión, daba lo que el director con directa sencillez pedía, aunque Dudamel mostró en general mayor claridad de ideas ante los contrastes emotivos de Tchaikovsky que ante los desarrollos lineales de las variaciones de Brahms.

En las variaciones del compositor alemán el fraseo medido de Dudamel sacrificaba fibra y consistencia en los segmentos lentos, detalle menor ante la claridad con que articuló el arco expresivo general de una obra que no se destaca precisamente por su aura sinfónica, y mucho menos por su virtuosismo orquestal.

Finalmente, con la sinfonía del compositor ruso llegaron los momentos superlativos de un muy buen concierto. Como la parte central del primer movimiento, cuando Dudamel, sin dejarse trajinar por la emotividad implícita en el articulado torrente sonoro, manejó las intensidades y los colores instrumentales con mano maestra y supo reflejar con precisión absoluta la compleja trama temática en su punto culminante de desarrollo. Idéntico vigor se reflejó en el cuarto movimiento, el cuadro de una fiesta popular según la idea de Tchaikovsky, que resolvió contrastes y despejó sombras hacia la claridad del final. Y otra vez la redención del enérgico acorde conclusivo se completó con la apoteosis de la ovación y los aplausos.

Tanto entusiasmo fue recompensado con dos bises: el vals del Divertimento para orquesta de Leonard Bernstein, antes de Winterlust, una polca vienesa marca Strauss –de Josef–. Como para dejar en claro que las tradiciones no se construyen de un día para el otro.

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