Pompeya en el corazón de Panamá

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La antigua ciudad de Pompeya, que florecía a través de sus vínculos comerciales con Roma y otras poblaciones, fue arrasada y cubierta por una nube de cenizas expulsadas por el Volcán Vesubio hace 2000 años. Cuando las erupciones anunciaban un evento de grandes proporciones, muchos se detuvieron a contar las riquezas que no pudieron proteger de olas de calor asfixiante que se desplazaba a una velocidad vertiginosa e inexorable.

El triste final de Pompeya guarda relación con diversos sucesos de impacto, como los escándalos de corrupción que golpean a Panamá y generan amenazantes olas de malestar que anuncian estallidos sociales. Los ciudadanos empujados al borde de su capacidad de tolerancia, exigen a los círculos de poder cuentas claras, el fin de la impunidad y la prevalencia de la Justicia, en un intento por reemprender un derrotero hacia la seguridad total.

Convencidos de que el final está cerca y de que algo grande va a pasar por encima de sus capacidades para provocar el colapso del modelo de negocios, grupos económicos vinculados al capital financiero intentan acelerar acontecimientos políticos con la idea de preservar riquezas mal habidas, en caso de que el país caiga en una crisis de ingobernabilidad. En verdad, nunca se adaptaron a la idea de tener que compartir riqueza y destino con las mayorías.

La ansiedad de la clase política que responde al capital financiero es cada vez más notoria, ante los malos augurios en el proyecto de imponer en la Corte Suprema a magistrados subordinados al Órgano Ejecutivo y ejercer el control del Órgano Legislativo. La ausencia de escrúpulos del oficialismo es develada a través del desalojo y segregación de tierras en la ciudad de Colón para favorecer la explotación multinacional, sin consultas al pueblo.

Sin embargo, los panameños, largamente entretenidos por rencillas mediáticas, han reaccionado, por fin, ante las evidencias del saqueo de los fondos del Estado y reconocen que al igual que Pompeya, las válvulas de presión subterráneas han sobrecalentado la superficie, y que la sobrevivencia frente la autocracia entregada a los poderes fácticos depende de propuestas unitarias para cerrar la brecha entre ricos y pobres, y recuperar el patrimonio perdido.

Es difícil predecir la fecha de un cataclismo político, pero está claro que mientras Panamá palpite el modelo de la destrucción, será necesario aprender a construir otro diferente en el que no tengan cabida el pillaje, la coima, el crimen organizado, la ruina masiva de los productores agropecuarios y el desamparo de la Justicia socavada en manos de jueces venales que venden fallos al mejor postor y no rinden cuentas a nadie por sus desatinos.

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