Panamá debe resurgir de las cenizas

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Ricardo Martinelli, acosado por su pasado.

Por Manuel Orestes Nieto
Escritor y ex Embajador en Cuba y Argentina.

No ha existido en la historia de Panamá un presidente de tal perversidad, que haya distorsionado al extremo las responsabilidades del gobierno y que al usurparlas, para su propio beneficio, haya desarticulado al Estado y producido tanto daño como lo hizo Ricardo Martinelli. Por su esencia de megalómano, el ascenso al poder terminó en una desviación y retroceso del país. La corrupción galopante que desencadenó, destrozó los cimientos republicanos, instituciones y leyes; una mente esencialmente codiciosa e inmoral, jugó con millones de personas y sus necesidades, abusó de todos los mecanismos, recursos y presiones que da la silla presidencial; dirigió personalmente un saqueo incontrolable, a veces enmascarado y, luego, confiado en sus jactancias, de forma abierta, al punto de que se constituyó en la razón diabólica de ocupar el Palacio de las Garzas.

Perversidad que incluyó amigos, parientes y familia. Mezcla sórdida de un mafioso con un ser que despreciaba a los ciudadanos. Para nadie es una novedad que la coima, oscilante entre diez y veinte por ciento de licitaciones direccionadas, contratos directos, obras de todo tipo y servicios, era la regla de oro para el manejo de los fondos públicos. Tampoco es un descubrimiento cómo practicó la magia oscura para desaparecer millones en obras inexistentes, hospitales del sector salud nunca construidos y adulteración de costos en obras públicas como norma permanente que se remontaron a alturas inverosímiles. La palabra millones se convirtió en una de las más usadas del diccionario.

Panamá se dio un lujo que no debimos permitir, donde política, elecciones, integración de órganos del Estado, fue manoseada con una práctica clientelar pasmosamente torcida e ilegal que partió en dos los elementales principios democráticos y violentó el sentido de representación. La intromisión de su poder sobre los demás fue la constante; procuradores, magistrados, jueces, diputados, ministras y ministros se trasmutaron en su reflejo; un entramado visiblemente corrompido; casi nada se movía sin su autocrática autorización, los contaminó o los hizo sus socios, cómplices o testaferros, en el gobierno, en puestos públicos, en empresas fuera del gobierno y en otras empresas fantasmas.

Las consecuencias de su paso de elefante por la cristalería y persuadido de que sus malabarismos lo sostendrían hasta el infinito como el ególatra propietario de Panamá y de sus habitantes, las estamos pagando muy caro. Trató de engañar a una sociedad y someterla y provocó una pandemia inédita de desfalcos. Las instituciones se vinieron al suelo, heridas por sus arbitrariedades de empresario que iba a componer el Estado y lo que ocurrió fue el desastre, envestido de una insensibilidad asombrosa ante los males sociales, organismos enteros saqueados, desabastecimientos de medicinas estratégicas para la vida, todo el agro depauperado y de rodillas, una caída mortal y final de la educación. Esa conducta atrabiliaria ‒entre borracheras y pastillas tranquilizantes, espionaje de adversarios políticos‒ pervirtió el poder y sabiendo lo que hizo, se fue huyendo del país.

Desde allá ‒en un extraño refugio inexplicado en territorio de los Estados Unidos‒ se burla a diario de pueblo panameño, se volvió el tuitero empedernido y aún le adjudicamos el papel de un personaje protagónico de la vida nacional, con opiniones, beligerancia, parte de bancada de su también cuestionable partido, diputados, abogados aprovechadores y voceros increíbles que juegan a las triquiñuelas legalistas, dilataciones, recursos, amparos, chistes de mal gusto y continuidad del desbarajuste en nombre de la ley y la justicia. Fue la cabeza ejecutiva de nuestro país, para nuestra vergüenza, nos guste o no.

Mientras la locura vivía su orgía mental particular y se confundía levantar edificios -un Nueva York tropical que según decían iba volando- con desarrollo humano, postergada la demanda nacional de levantar una sociedad sana y educada, con agua, luz y sin precaristas viviendo en la edad de piedra. Martinelli, terrible y letal, sin sensibilidad alguna por la gente la usó para disfrutar el país de sus ensueños donde siempre quiso más, en una gula insaciable, en materializar su paraíso terrenal, exclusivo, ostentoso pero con más marginados, de helicópteros y aviones de dudosa procedencia, pero con analfabetas descalzos. El que entregaba maletines con decenas de miles de dólares en efectivo en su despacho. Su PAN, su cadena de frío, su ciudad hospitalaria, su Berlusconi y el relajo italiano y sus fiestas paganas de enormes proporciones, como todos sabemos.

Su andamiaje necesitaba ser barrido hasta sus cimientos. Eso no ha sucedido en tres largos años. Las explicaciones y excusas que hemos escuchado de poner freno definitivo a una monstruosidad como la que nos desgobernó, no han resultado creíbles sobre cómo y quiénes volatilizaron de Panamá miles de millones. El ejecutivo se planta en que no es de su competencia lo judicial, ni abre juicios. Pero tampoco hay constancia plena de que todas las instituciones que tenían que hacerlo hayan remitido evidencias de posibles delitos para ser investigados.

Dudo mucho que se pueda entender que desde Miami nos saque la lengua a diario y no esté aquí respondiendo por los cientos de delitos que cometió. Las alertas rojas emitidas tendrán valor real cuando baje de un avión en Tocumen y los jueces actúen y sentencien. Si ello se convierte en un efecto más sin concretarse su detención y extradición, no estamos hablando de nada. Hasta ahora todo está en trámites o no está.

Después de aquella pesadilla nada ha terminado donde debería. El gobierno que sucedió al estado mafioso ‒y que por dos años fueron parte de aquello, aunque moleste recordarlo y con ministerios tan decisivos como el de economía‒ no está, por demostración reiteradamente pública, a la altura de la sanidad nacional que se esperaba. Para asombro de muchos, siguieron contratando por miles de millones a los mismos constructores de obras públicas, sin molestarse en explicarlo al país. El presidente del partido, el ministro consejero presidencial vivía varias vidas púbicas y otras ocultas; hizo estallar los Panamá Papers, y el tratamiento fue el de un problema subjetivo, menor, casero y casi legal, mientras sacudió al mundo y el país quedó expuesto a una dañina imagen. Aquí, en el epicentro de su pillería global, éramos muy tibios y cuidadosos, escurriendo el bulto de aquí para allá.

Las preguntas irritables son tales como: ¿se puede seguir esta fiesta de degradación política y del aparato estatal como si nada? ¿Seguir fingiendo, usando máscaras, en una democracia herida? ¿Qué voluntad restauradora hay para parar las demencias y tener un país con rumbo y no a la deriva? ¿Cómo es posible que alegremente nos dirigimos hacia el año 2019 para elegir otros gobernantes y otra asamblea igual a lo que hubo y hay? ¿El ejemplar Chello Gálvez seguirá siendo el modelo ciudadano y de la juventud panameña?

Por otra parte, el dinero suena, truena y hace milagros. En medio de una hecatombe se reproducen como esporas las ganas ‒con un Canal panameño y ampliado, la cintura de oro‒ de adueñarse, bajo otras formas, del país de mercaderes que casi Martinelli se lo lleva para su casa. Apetencias que no cesan. ¿El país desequilibrado, con aguas negras en el centro de la capital, con bastante hambre y miserias que crecen sin amparo ni políticas de ningún tipo para resolverlas, será el país inmediato y más inequitativo, ante un abismo, sin ley, de matones, ladrones y piratas?

Por supuesto que no hay sostenibilidad alguna en lo que ahora vivimos. No se puede prolongar hasta el infinito estos tumores penosos que tantas desgracias ocasiona. No creo que Panamá merece ser menos país y más tierra de nadie. Merece un gobierno decente que maneje sin robar el presupuesto de la Nación que va por unos veinte mil millones cada doce meses.

O se encuentra un camino convergente nacional de solución a los problemas sociales, al evidente agotamiento de una ya fracturada democracia, a la impunidad, a la inseguridad, a una justicia, a las medias verdades, o se nos va a partir el eje de la carreta.

A pesar de los pesares, de los que quieren vivir como rémoras millonarias, los rumbos nacionales pueden enderezarse, tienen que tomar su cauce, sin los más vivos ni los más estafadores. Otra convivencia, otra moral, debe y puede ser fundada; ya ésta fue duramente dañada. Se trata de cirugías mayores no de aspirinas ni mentolátum, ni más de lo mismo, ni apostadores aventajados de la política, ni usureros manipuladores de las necesidades acumuladas, demagogos, avivatos ni mesiánicos. Hay que atreverse a evitar la paulatina destrucción del país, o mucho mejor, a volver a edificarlo.

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