Panamá a bordo de un barco fantasma

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Desde hace dos años y medio, Panamá parecía ir a la deriva, sin un plan de navegación definido para llegar a un puerto seguro, pero perdió el curso al adentrarse en aguas profundas y tenebrosas, sin haber asegurado las amarras y las vituallas para un viaje largo.

Ahora, la penumbra que envuelve a la nave del Estado, demuestra que el país viaja a bordo de un buque fantasma, azotado por el mal tiempo, los oleajes y numerosas amenazas externas, que han debilitado el casco y la estructura económica, política y social.

El primer error de cálculo, fue haberse embarcado en una aventura y sustituir a los tripulantes experimentados que ocupaban puestos claves, por grumetes y timoneles incapaces y sin sentimiento nacional, dispuestos a echar por la borda el ancla en cualquier lecho.

Los improvisados en el mando, despojados de sentido patriótico, ignoran cómo moverse con rapidez a través de la bruma, la tempestad y los lestrigones, pero han elevado el riesgo de encallar de la nave del Estado, o de naufragio ante el ataque ruin de piratas modernos y de los mercaderes vendedores de ilusiones.

Monedas y tesoros sustraídos de las arcas nacionales son el nuevo símbolo de estatus de los ricos a bordo, quienes habían prometido seguridad y bienestar, pero serían los primeros en saltar por estribor, como lo hicieron alguna vez las ratas en el zozobrado trasatlántico Titánic, en un mar gélido repleto de icebergs.

Para corregir el rumbo de la nave del Estado, se requiere detener sin demora los fracasos y abusos, buscar la luz, tener un cielo despejado y un equipo valiente e idóneo para vencer los peligros.

Es imposible dar un voto de confianza a charlatanes que carecen de las credenciales necesarias para dirigir en alta mar, en cada travesía, el buque insignia con el mascaron de proa de la dignidad en alto. Es inaceptable aceptar más de lo mismo en el futuro.

En la recuperación del rumbo del país, tampoco tienen cabida los cobardes, los apátridas y los corruptos. Además, hay que impedir que escapen a través de la escotilla los criminales evadidos de la Justicia, los expoliadores y los que juegan con la miseria humana y ponen en venta la soberanía nacional.

Panamá necesita buenos tripulantes y gente honesta a bordo, que no tema a enfrentarse a la codicia, a los impostores y a los procónsules que vienen de tierras lejanas como corsarios al acecho.

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