Leonard Cohen: Una leyenda que se mantuvo vigente en vida

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Leonard Cohen.

Algo tan perdido como el diálogo y la comunicación directa, Leonard Cohen lo convertía en un hábito diario, en la razón de ser de su profunda espiritualidad, solidaridad con sus semejantes, el amor por su oficio y los demás… Leonard Cohen vivió el mundo de la música y de la palabra, los fusionó, escogió la música, pero la dotó de poesía, y ese fue su valor agregado inmortal…

Por Rolando Gabrielli
Desde Panamá
http://rolandogabrielli.blogspot.com/

En un juego de azares y melancolías, vagas señales y anuncios, se fue despidiendo a su manera, con su música y un formidable legado para los nuevos cantautores, el susurrante icono canadiense de los emblemáticos sesenta y setenta: Leonard Cohen.

Se fue en el sueño, en el azar de un día inesperado, después de una caída en su casa, cuando había cerrado el ciclo de una vida intensa, vivida desde la espiritualidad, el amor, la música, la poesía, hasta el final de sus días.

Leonard había nacido en Westmount, Canadá, el 21 de septiembre de 1934; y su lamentable deceso acaeció el 7 de noviembre de 2016, en Los Ángeles (California), Estados Unidos.

Había finalizado su tiempo en un círculo mágico lleno de creatividad y esperanza, alegría, oficio y felicidad, con la sabiduría de un camino recorrido a plenitud.

Partió tranquilo, en paz, como si el sueño borrara su voz. Había luchado contra sus demonios —nadie los derrota del todo—, pero los fue apaciguando con el tiempo que todo lo pone en su sitio, como si no sobrara nada. Después de todo, “todo el mundo sabe que los dados están cargados”.

Fue poeta y novelista, primero el verbo, premiado en Quebec por su libro El juego favorito, pero se fue convenciendo de que sus palabras eran su voz junto a más palabras.

Ha quedado su voz, su poesía, el eco de su profunda melancolía, los sueños que interpretó para millones, una voz inconfundible que surge de un pozo de aguas cristalinas y de las profundidades del alma. Su ética, sin duda, a prueba de cualquier época, estilo o caja registradora.

Con su voz susurrante quería sumarse al silencio expectante de su público, en las distintas capitales del mundo, como si se integrara a una conversación particular con cada uno de los presentes. Algo tan perdido como el diálogo, la comunicación directa, Cohen lo convertía en un hábito diario, en la razón de ser de su profunda espiritualidad, solidaridad con sus semejantes, el amor por su oficio y los demás.

Hablaba de las cosas de este mundo, cuando nadie decía estar satisfecho del todo, aquello que una puerta es incapaz de cerrar, él no podía dejar de susurrar como el viento de una época que está siendo devorada por la estridencia, no de un sueño irrumpiendo, sino de un lenguaje no estructurado, algo parecido a un gorjeo acelerado, tal vez, por lo que desconocemos.

Entre el sonido y la furia

Hace algunos años, tardíamente, y no sé cómo, encontré su música y nunca más la abandoné. Por las tardes, en mi oficina, aún la escucho por sobre el merengue actual, el sonido y la furia, y la recomiendo a jóvenes y mayores, no siempre con la misma acogida que debiera tener un clásico. Son estos tiempos donde la banalidad y el mal gusto realizan sus mejores cosechas en las mentes humanas, atiborradas de un clic sin sentidos e imágenes narcisistas.

Cohen, nacido en Canadá, de origen judío, se inició en la poesía escrita, novela, toda una década, y volvió a la guitarra, las notas aprendidas en su infancia de un maestro español, y así nacía el cantautor después de los treinta años, con las cuatro cuerdas aprendidas de ese suicida que fue su maestro. Se sentía más a gusto con la música, los músicos, que con los poetas, declaró alguna vez, porque un poema —aseguraba—, es igual a una canción.

La musa en una isla griega

En la isla griega Hidra se decidió por la música y encontró a su musa, la belleza noruega Marianne Ihlan, a quien dedicó una de sus canciones más emblemáticas y reconocidas mundialmente, “So Long, Marianne”. Una bellísima lírica, amor y despedida, poesía en estado puro y real. La verdad íntima de su contenido era demostrar que no había despedida, sino un presente largo, inesperado, recurrente, un paisaje quizás disperso en la memoria, lo que solemos repetir en el otro, como un espejo de dos caras que no dejan de mirarse después que se repite el gesto por primera vez.

“You Want It Darker”, su disco póstumo, donde habla del amor de su vida, a quien prometió seguir más allá del más allá, la noruega Marianne, recientemente fallecida. “My falling angel”, dijo, “mi ángel caído”.

Y en una de sus canciones clásicas le dice: “Dance me till the end of love” (“Baila conmigo hasta que el amor se acabe”).

“Si tú eres quien reparte las cartas, me quedo fuera del juego”, subraya, al de arriba, al parecer, en su último álbum. ¿Quién nos reparte las cartas?, una buena pregunta, y cómo uno las va utilizando. Un naipe tiene mucho juego, unas pocas cartas nos limitan al azar, que siempre es sorpresa. ¿La vida es un juego? Leonard Cohen se jugó sus cartas y manejó la baraja que pudo tener en sus manos. El as de la vida y el as de la muerte son una misma carta, finalmente: la mayor, la más trascendente.

Presencia del gran ausente

Cohen es de los tiempos de Bob Dylan, quien reconoció en una oportunidad que si no fuese Bob Dylan, le habría gustado ser Leonard Cohen, cuya poética admiraba sinceramente, y seguramente rendiría algún homenaje pronto o en Estocolmo. Ese día estaría presente el gran ausente, que construyó su historia casi en el silencio, si no fuera porque su voz hizo historia en la música de nuestro tiempo.

Los deseos a veces son sólo ilusiones. Bob Dylan no viajará a Suecia a recibir el premio y se perderá una extraordinaria tribuna para hacer historia sobre la música norteamericana popular y poder agradecer y reconocer a sus pares, que hicieron posible este último peldaño suyo.

Por ahí viajarán los fantasmas de Ginsberg, Kerouac, Burroughs, toda la adrenalina del espanto de los ‘60 y ‘70, la corriente beatnik, el cuestionamiento al establecimiento por la guerra más emblemática después de la Segunda Guerra Mundial, Vietnam, que terminó con una derrota de Estados Unidos y el sacrificio de una generación que se drogó para olvidar. Tiempos de desarraigo y marginalidad, sobre el camino, dioses bajo las estrellas.

Un manifiesto para el siglo XX

Dylan tuvo la oportunidad de contar su propia visión de la historia, recorrer en su memoria el pentagrama popular de la música norteamericana, decir lo que tenía que decir de ese tiempo y el actual, un compromiso con la historia, a no ser que la memoria le haya borrado los tiempos de rebeldía. Bob Dylan tuvo seis meses para pensar su discurso o si cantaría en Estocolmo, o haría ambas cosas, porque así lo prevé el reglamento de la academia en cuanto al tiempo que tiene al ir a recibir el galardón.

El cantautor debía saber que representaría a una generación, toda una época, un estado de ánimo, a la cultura popular musical estadounidense, y que los académicos y mucha otra gente esperaría, como el poeta beatnik aún vivo, Ferlinghetti, algo más que un saludo a la academia y a la gloria. Visitaría en una gira la capital sueca el 2017, quizás se diese alguna sorpresa y decir algunas cosas. Su generación se lo reclamaba. Los tiempos no son tan pop, Vietnam pasó, pero el Medio Oriente y África, Europa misma, el racismo, la persecución a los inmigrantes, son temas que pueden dar para más de una canción.

Qué gran oportunidad le había dado la vida a Bob Dylan con este premio, tribuna para lanzar un manifiesto de época para el siglo XXI, una voz en tiempos de crisis, de deshumanización, tiempo de grandes frustraciones, corrupción, banalidad, consumismo per se, de pérdida del rumbo, agotamiento visceral de las mercancías, explotación, terrorismo, estupidez, vacío. Estaban todos los ingredientes, Bob, tomaría la guitarra y cantaría, y el mundo lo iba a escuchar.

Los vivos están muertos / los muertos están vivos / todo sigue igual / para no cambiar / basta un espejo de papel / unas cuerdas para tocar / alguna canción perdida / una memoria vieja para olvidar / La época líquida gotea / por una cañería sin fin / hacia algún desván / olvidado. Somos hijos de la palabra oxidada / los sin voz / sin tiempo / sin papeles / sin sol / con un muro por paisaje / de pared a pared / el horizonte que no se ve / ni en el Mediterráneo / El sol es una mercancía para turistas / todo se compra / hasta un poema de Ana Frank / el mismo infinito / para viajar. (RG)

Autenticidad y fidelidad

Poeta, escritor, músico, un artista de su época, Cohen siempre se interrogó sobre los temas propios de la humanidad, la política, la religión, el amor, la vida, la poesía, sobre los cuales escribió y no dejó de reflexionar, conversar con su público en cada presentación hasta el fin de sus días, a través de su magnética voz y mensaje. No se apartó de la vida, palabras que le retratan y dan significado a su existencia: autenticidad y fidelidad con la vida y consigo mismo.

Quizás venía de otro tiempo, quizás iba hacia otro lugar, quizás nunca estuvo con nosotros y cada despedida era una señal de retorno.

Leonard Cohen partió casi susurrando su propia leyenda, en paz, a pesar de su agitada vida, un místico, el hombre que tuvo que rehacer su vida económica a los setenta años, después de que su mánager y amiga, Kelly Lynch, le despojara de más de cinco millones de dólares cuando intentaba reencontrarse consigo mismo en un monasterio zen.

Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡yo no sé!, escribió César Vallejo, pero Leonard Cohen se reconoce más allá del fracaso, las frustraciones, las derrotas y los obstáculos que nos imponen la vida o las personas menos esperadas. De ese golpe surgió como el ave Fénix de sus cenizas y regresó como los viejos nuevos tiempos que volvería a inaugurar con su arte.

Quizás venía de otro tiempo, quizás iba hacia otro lugar, quizás nunca estuvo con nosotros y cada despedida era una señal de retorno, de una ausencia inexistente, el vacío de lo posible que podría marcar un antes y un después, si este fuera del todo tangible o real.

Se transformó en mi reiterada carta de presentación de algo que quería comunicar de manera íntima y generalmente no recibía respuesta de mis interlocutores escogidos al azar, porque creía reñían alguna afinidad con su búsqueda existencial.

Sus canciones están hechas de retazos de su vida, visiones, realidades, contradicciones, espiritualidad, vagas certezas —todo lo que cabe en una canción— y él no esperaba más pompas literarias, se hacía parte de su propia obra en la voz y la palabra. Como Dylan, se inspiró en un principio en la poética de Federico García Lorca, aunque ambos leyeron y vivieron lo suficiente para ser los artistas que se convierten en leyenda. Rimbaud, Whitman, Artaud, la poesía tocó sus cuerdas.

Leonard Cohen vivió el mundo de la música y de la palabra, los fusionó, escogió la música, pero la dotó de poesía, y ese fue su valor agregado inmortal, legado, desde el simple oficio de la vida y de una ética exigente. Pescador de palabras, volverá con las hojas de otoño.

Ante la avalancha de comentarios a nivel mundial tras la partida de Leonard Cohen, escritores, amigos, admiradores, del mundo de la música, toda retórica nueva es innecesaria ante una leyenda que se mantuvo vigente en vida, con una energía, lucidez, tranquilidad pocas veces vista en el mundo del espectáculo.

Fue marinero de la palabra, como Jesús, pescador, y puso a nadar a sus peces en una canasta en el horizonte de sus propias aguas.

Si volverá con las hojas del otoño, se preguntará algún distraído lector. Las interrogantes no siempre son válidas, aunque necesarias, pero en esta ocasión la respuesta encuentra su voz y camino, cuando nos reunimos en silencio, con la música, las canciones, la presencia de este gran artista que fue, es, y seguirá siendo Leonard Cohen.

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