La soberanía de Panamá es intransferible

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La ausencia de una política exterior consecuente frente a conflictos internacionales, la subordinación a la geopolítica de Washington y las concesiones a exigencias de tratados supranacionales en materia comercial, configuran un escenario incierto en la tarea histórica de asegurar la soberanía y la neutralidad del Canal de Panamá, así como la necesaria ruta de la autodeterminación nacional.

Los panameños han luchado durante más de 100 años para que una única bandera sea enarbolada en su territorio: la de Panamá. Por encima de diferencias políticas, incluso ideológicas, el país se ha unido en diversas gestas para dar sentido al ejercicio de la soberanía, que es el poder político supremo de un Estado independiente, que tiene la obligación de defenderla cuando esté amenazada.

En los últimos meses, la comunidad internacional ha observado con asombro y repugnancia, cómo el gobierno del presidente Juan Carlos Varela ha llevado a este país por un sendero de concesiones, entre escándalos de corrupción que afectan la reputación de Panamá y de declaraciones absurdas que avalan el proyecto de desestabilización contra Venezuela, y que genera un rechazo hemisférico.

Para las autoridades panameñas, acostumbradas a desacreditar a los movimientos sociales, debe quedar claramente advertido el principio de que nada, ni nadie, justifican la cesión de la soberanía nacional a otro Estado, y que la Constitución francesa de 1793 fue el segundo texto legal en reconocer que “la soberanía reside en el pueblo” y que jamás se aceptará la negación de sus derechos inalienables.

Los intentos de introducir en Panamá el Acuerdo sobre el Comercio de Servicios (TISA) es una acción de sectores oficialistas vinculados al capital financiero para quebrantar al Estado y burlar los principios soberanos. Ese grupo ignora o simplemente desconoce que varias generaciones se inmolaron para ejercer la soberanía y desmontar el enclave colonialista canalero convertido en una quinta frontera.

El pueblo panameño debe prepararse para enfrentar con coraje los nuevos retos, defender la soberanía nacional y evitar que este país se convierta en “cabeza de turco” para agredir militarmente a otras naciones del continente americano, o ser la plataforma logística y de comunicaciones para provocar un golpe de Estado en Venezuela, lo que generaría una desestabilización regional sin precedentes.

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