La pluma Sheaffer (una anécdota)

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Poeta Ricardo Miró.

Por Arturo Tapia Collante
(Dedicada al doctor Fabio Velarde Álvarez, protagonista de este verídico relato).

Recuerdo vagamente, cuando niño en el Interior, haber visto, en casa de mi abuelo, una pluma de escribir de las originales. Era realmente una pluma; era una pluma de ganso cortada en punta, la cual se mojaba en tinta para escribir.

Con ese tipo de pluma escribió Cervantes su voluminoso Quijote original. Hemingway, posiblemente el mejor novelista de nuestra época, tenía una secretaria a quien dictaba. Hay que imaginar lo mucho que hubiera producido el Manco de Lepanto con una estenógrafa o con una máquina eléctrica, como Simenon, el creador de Maigret.

Cuando yo inicié mis estudios primarios en San Bartolo, se escribía con una plumilla de acero colocada en un mango. Cada niño llevaba a la escuela una pluma de ese tipo y un pequeño frasco de tinta.

Me viene a la memoria una ocasión en que tuve una pelea a puños con otro niño, quien me hinchó un ojo; pero yo le rompí el tintero.

Cuando me enteré que en su casa lo castigaron severamente porque tuvieron que comprar otro, me sentí el vencedor. Pero el ser humano va siempre avanzando. Así surgió la pluma estilográfica, cuyo mango hueco se llena de tinta, la cual, al escribir, baja la cantidad necesaria, sin tener que remojada constantemente.

De éstas, la más eficiente y la más elegante era la pluma Sheaffer, realmente un signo de distinción. Cuando me gradué de Primaria, mi padrino, a la sazón alcalde del pueblo, me regaló una Sheaffer. Con ella, partí orgulloso para la capital a estudiar en el Instituto

Nacional. Con ella, hice también, mis primeros pinitos de literato novel.

En la ciudad, me hospedé en la Pensión Velarde, que estaba situada en la esquina de la Avenida Central y la Calle Octava. En la otra esquina de la calle estaba la Heladería Preciado, donde descubrí los deliciosos “milkshakes” de chocolate, que no existían en San

Bartolo, cuya afición, casi adicción, todavía conservo y que son responsables de verdaderas orgías de calorías.

Al frente, estaba la Clínica Herrick, afiliada al desaparecido Hospital Panamá, y en la cual ejercía un grupo de eminentes médicos norteamericanos que habían venido para la construcción del Canal y se habían quedado en nuestro país. Sólo dos médicos latinos había en el grupo. Uno era el Dr. Adolfo Arias, panameño, y el otro el Dr. Julio A. Vengoechea, colombiano. Este último, había gozado de gran prestigio profesional y político en Colombia, y llegó a ser Senador. Precisamente, por razones políticas, tuvo que emigrar a Panamá, pero le sirvió su reconocida fama de internista. En busca de él, venían numerosos colombianos para ser tratados en la Clínica Herrick y en el Hospital Panamá.

A dos cuadras de la Pensión Velarde, estaba el Correo, el único en ese entonces, frente al Parque Catedral, corno se le llamaba, a pesar del nombre oficial de Parque de la Independencia. Allí descubrí que para escribir telegramas había plumillas y tinteros. Cuando estaba de turno un joven Rivera, tabogano (oriundo de la isla de Taboga), iba a llenar mi elegante Sheaffer; él era muy simpático y me lo permitía, no así una señora muy regañona, quien lo impedía.

Un día, acababa de llenar mi estilográfica, cuando se me acercó un señor de mediana estatura y poco más de cincuenta años. Era ligeramente estrábico y llevaba puesto un bombín, un sombrero redondo y duro, ya desaparecido de la vestimenta masculina, pero muy popular en esa época. Debajo de ambos brazos llevaba un montón de libros y revistas que pugnaban por caérsele.

–Jovencito –me dijo–, usted es del Interior. ¿Verdad?

Me sorprendió la pregunta, porque no recordaba haberlo visto antes. Después, me he percatado de que los orejanos teníamos un aire especial que nos distinguía de los capitalinos.

–Sí, señor, le respondí. Pero, ¿por qué me lo pregunta?

–Los muchachos del Interior siempre están dispuestos a ganar unos “realitos” honradamente, me explicó. Quiero que me ayudes a cargar estos libros hasta “La Estrella” (el diario más antiguo del país).

–Sí, señor, contesté feliz.

De inmediato, me coloqué los libros debajo de ambos brazos. Él se quedó con unas revistas bajo el izquierdo suyo y puso la mano derecha sobre mi hombro.

Empezamos a andar lentamente. Al llegar a la esquina de la Avenida A, volvió a hablarme.

–Tú estudias en el Instituto, por supuesto, dijo. Me quedé otra vez sorprendido de que me conociera tan bien, sin saber siquiera mi nombre.

–¿Cómo lo sabe?, me atreví a preguntarle.

–Un niño presentable como tú, del Interior, viene siempre a estudiar en el Instituto, nuestra máxima institución de enseñanza pública, contestó, golpeándome suavemente el hombro. Los de adentro estudian en La Salle, añadió.

Los “de adentro” eran en esa época los que ahora llaman “rabiblancos”.

Cruzamos la Avenida en ese momento. Cuando llegamos a la acera opuesta, volvió a preguntarme, seguramente para que me sintiera importante:

–¿Qué carrera piensas seguir cuando termines tus estudios?

Era tan amable ese señor –parecía conocerme mejor que muchos– que me atreví a franquearme con él.

–Pienso dedicarme a escribir, le dije.

–Muy interesante, opinó. Y ¿qué piensas escribir?

–Literatura –expliqué– especialmente poesía. Ya he escrito algunos versos.

El buen señor se detuvo de pronto y me apretó el hombro con firmeza.

–No hagas eso, exclamó con vehemencia. Los poetas venden la libra a medio, por no decir que se mueren de hambre.

–No me importa, respondí. Hay belleza en la poesía aun cuando no se gane dinero.

–En último caso ~agregué– puedo ganarme la vida manejando un camión para traer el ganado de mi padrino a la capital.

–Otro obrero-poeta, estilo Herrera Sevillano, dijo riéndose.

–¿Lo conoces?

–¡Me encanta!, dije entusiasmado.

“Plaza de Santa Ana

yo soy una rama

de tu ramazón”.

–¿No le gusta?, le indagué al terminar la recitación.

–Sí, es muy bonito, comentó.

–¿y este otro?, le pregunté:

“Cuartos donde no entra el sol,

que el sol es aristocrático”

–El poeta siente una emoción que nos trasmite, exclamé.

–Es posible, murmuró como si estuviera meditando.

Seguimos caminando hacia “La Estrella”. Yo me sentía emocionado; percibí que tenía un interlocutor interesado, cosa que no me había sucedido antes en San Bartolo.

–¿No le gusta Miró?, le pregunté.

–A ti te gusta Miró, contestó como si estuviese un poco sorprendido.

–Seguramente, te obligaron a aprenderte “Patria” en la escuela.

–No, señor, dije con énfasis. No es por obligación. Yo le puedo recitar casi todas las poesías de Miró.

“Pero no volarán, ni bajo el rico

oro del sol encenderán sus galas,

ni ensartarán estrellas en el pico,

ni abrirán a la luna el abanico

blanco y maravilloso de sus alas”,

–Veo que te las sabes, dijo únicamente. Ya hemos llegado.

De pronto, me pareció que había perdido todo interés en nuestra conversación. Subimos las escaleras y llegamos a la oficina de un señor McGeachy, quien era el jefe de redacción. Allí entregamos las revistas y los libros.

De regreso a la calle me volvió a apretar por el hombro.

–Olvida la Poesía, me dijo en forma autoritaria: No hay futuro en ella.

–No me importa, le repetí. ¡Hay belleza!

–Como tú digas, dijo al fin. Aquí tienes por tu trabajo. Me puso en la mano un balboa de plata, de los que el presidente Alfaro había mandado a acuñar.

–Señor –le dije– no puedo permitir que usted me pague tanto por lo que he hecho.

–No importa, dijo. No te pago por tu trabajo manual. Por un rato me has hecho muy feliz, más de lo que recuerdo en mucho tiempo.

–Tú sabes, agregó con una sonrisa: ¡yo soy Ricardo Miró!

Acotación de Bayano digital:

Este artículo, publicado en la Revista Lotería 334-335, de Enero-Febrero de 1984, resume un aspecto de la figura ejemplar de Ricardo Miró, el gran poeta nacional de Panamá. Su poesía “Patria” (1909) ha trascendido fronteras. Junto al vate nicaragüense Rubén Darío, su gran amigo, Miró es uno de los exponentes de la poesía latinoamericana en el siglo XX.

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