La lectura en los tiempos de Internet

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Con su artículo “¿Google nos está volviendo estúpidos?”, publicado en The Atlantic en agosto de 2008, Nicholas Carr desató un polvorín sobre cómo la red cambia nuestra percepción.

La lectura en los tiempos de Internet

Según el autor Nicholas Carr, las nuevas tecnologías propician una lectura superficial y arrastran a nuevas conexiones neuronales.

Por José Eduardo Mora
Semanario Universidad (Costa Rica)

En Dublinesca, novela de Enrique Vila-Matas, el editor Samuel Riba reúne a un pequeño grupo de amigos para ir a Dublín a celebrarle un funeral a la era Gutenberg: el libro impreso va camino a su desaparición y la lectura como se concibió desde hace cinco siglos se enrumba hacia el ocaso.

El motivo de la novela de Vila-Matas quedaría en mera anécdota si la lectura en los tiempos de Internet no tuviera consecuencias, científicamente demostradas, sobre la forma en que se percibe y se analiza el mundo.

En su libro Superficiales, ¿qué está haciendo Internet con nuestras mentes?, publicado originalmente en 2010, Nicholas Carr presenta una profunda investigación sobre cómo la lectura digital se contrapone a la lectura lineal y profunda que propicia el libro impreso, y sobre cómo las nuevas conexiones neuronales modifican de forma drástica la manera en que el ser humano digiere y comprende los contenidos.

Ya antes, en los convulsos y románticos años sesenta, el escritor y pensador canadiense Marshall McLuhan había hecho una advertencia capital que con el paso del tiempo quedó archivada como una reliquia de la inteligencia, pero que en el presente ha vuelto a cobrar relevancia: “El medio es el mensaje”.

El aforismo no solo tiene su carga enigmática en sí mismo, sino que traído al presente también podría explicar lo que representa la lectura en una pantalla de computadora, en una tableta, en un teléfono inteligente o en un libro impreso. Aunque los contenidos sean los mismos, la forma en que se asimila la información será diferente, dado que el medio condiciona el mensaje.

En un país como Costa Rica, cuyos resultados en las pruebas del Programa Internacional para la Evaluación de Estudiantes (PISA, por sus siglas en inglés) no fueron los mejores y estuvieron por debajo de los mínimos, el tema toma relevancia por la forma en que están leyendo los jóvenes.

Según dichas evaluaciones, en 2012 el país en comprensión de lectura logró un puntaje de 436, mientras que en 2015 fue de 427.

Esto podría ser una de las explicaciones de que los alumnos que ingresan a las universidades tengan serias dificultades para leer y escribir, en el sentido de que evidencian serias deficiencias a la hora de interpretar un texto, de acuerdo con Ana María Hernández, educadora y rectora adjunta de la Universidad Nacional (UNA), y Marielos Murillo, investigadora de la Universidad de Costa Rica (UCR).

En 2014, el Ministerio de Educación (MEP) impulsó un cambio de paradigma en la enseñanza del español en primaria, al procurar que se pase de un esquema en el que predominaban los dictados y la copia de textos, a uno en el que los alumnos elaboren sus propias composiciones y las discutan en el aula con la guía del maestro.

Para apoyar este cambio de paradigma, la Asociación Amigos del Aprendizaje (ADA) lanzó en 2012 el concurso Mi cuento fantástico, que les abre puertas a los niños para que elaboren sus propias historias.

Para 2018 ya está abierta la séptima convocatoria de Mi cuento fantástico, y cada año, entre los escritos escogidos en las diferentes categorías, se imprime una antología con el fin de fomentar la lectura del libro impreso, aunque en la web también están disponibles las versiones digitales.

Un cambio similar al impulsado en primaria se desarrolla desde 2017 en la secundaria, y en ambos casos los esfuerzos se han topado con el desafío de que no todos los maestros y profesores cuentan con la capacitación suficiente para enfrentar el nuevo reto.

El país se enfrenta a un nuevo enfoque para fomentar la lectura y la escritura en sus educandos y, a la vez, con el reto de hacerlo en un contexto en el que las nuevas tecnologías representan en sí un desafío, debido a que obligan a una nueva forma de asimilar la información.

El poder de la inmediatez

Para Murillo, la lectura en la era digital responde a la necesidad de la inmediatez en contraposición a lo que sucede con la lectura tradicional, la cual exige un esfuerzo de concentración para quien la realiza.

“La lectura en pantalla es superficial y responde al nivel más básico. Eso se da porque la persona no relaciona lo que está leyendo con sus conocimientos previos y tampoco dialoga con el texto, porque lo que hacen los aparatos es dejar claro que uno está disponible. En esa inmediatez no hay tiempo para profundizar, confrontar con las experiencias propias e, incluso, devolverse a leer para ahondar en lo que el texto nos está diciendo”, afirmó.

Lo que explica la investigadora guarda relación con ese poder del medio del que hablaba McLuhan, que es retomado por Carr para precisar la forma en que este termina por imponerse con sus características.

Cada nuevo medio, entendía McLuhan, nos cambia, pues: “Nuestra respuesta convencional a todos los medios, en especial la idea de que lo que cuenta es cómo se los usa, es la postura adormecida del idiota tecnológico”. Además, este escritor proponía que el contenido de un medio es solo: “el trozo jugoso de carne que lleva el ladrón para distraer al perro guardián de la mente”.

Internet, como medio, busca fomentar las conexiones, de modo que un link lleve a otro y a otro, y esto termina por modificar de manera sistemática y sustancial la manera en que el cerebro se comporta.

“Lo que parece estar haciendo la Web es debilitar mi capacidad de concentración y contemplación. Esté online o no, mi mente espera ahora absorber información de la manera en la que la distribuye la Web: en un flujo veloz de partículas. En el pasado fui un buzo en un mar de palabras; ahora me deslizo por la superficie como un tipo sobre una moto acuática”, explicó Carr al confesar cómo pasó de ser un gran lector basado en la lectura del libro impreso, a un investigador que pasaba horas y horas conectado a la red buscando información.

Si usted históricamente ha sido un buen lector, quizá pueda preguntarse si hoy todavía lo es, o, si a diferencia de hace diez años, ahora le cuesta sumergirse en las páginas de la Odisea y la Ilíada, o como sostienen algunos que ya son incapaces de mantener una lectura como Guerra y Paz.

Ante este nuevo contexto de la información y la lectura, el panorama nacional, por ejemplo, en secundaria, no parece ser tan halagador, porque, según Murillo, aunque hay muchos instrumentos teóricos para fomentar la lectura de textos literarios, ello todavía no se ha logrado como debiera.

“Lo que leen los estudiantes en secundaria son textos de difusión, así como los que encuentran en Internet. Por eso se trata de incentivar las lecturas literarias extraclase, pero todavía no lo hemos conseguido de la manera apropiada”, argumentó.

Murillo destaca que los hábitos de lectura deben adquirirse en la primaria o a más tarde en la secundaria, porque la universidad no está diseñada para fomentar la lectura en sus estudiantes.

Si llegan, como sucede tan a menudo, carentes de ese hábito, lo que hacen es limitarse a leer textos científicos y académicos, pero no tienen el suficiente entrenamiento para hacer una lectura profunda y analítica. Un parámetro que mide esa situación son las citadas pruebas PISA, que miden elementos de la comprensión lectora.

“En la universidad no se le da al estudiante una preparación para que lea esos textos académicos y científicos que son de mayor complejidad; por eso, si no trae los hábitos de lectura necesarios, no querrá leer otros textos que le amplíen el mundo”, puntualizó.

Si Internet, como medio, y los medios electrónicos están cambiando de manera drástica la manera en que se lee, y cada vez más se mira con recelo la cultura impresa, que dominó a la humanidad durante tanto tiempo, la batalla empieza a parecerse a un combate muy desigual.

Frente a esa realidad, Murillo opinó que hay una esperanza y que debe aprovecharse al máximo: los modelos lectores.

“Con un profesor, maestro o familiar que haga de modelo lector en un período de la vida del estudiante, se puede lograr el fomento de la lectura en ese joven. Eso es lo que verdaderamente necesitamos”, argumentó.

Cuando Murillo habla de lectura se refiere a la literatura: novela, cuento, poesía o ensayo, porque son textos que le permitirán al lector adentrarse en un universo totalmente distinto al académico y científico, en el que la lectura sirve “para sopesar y reflexionar”, como uno de los postulados que a lo largo de su vida ha defendido el crítico estadounidense Harold Bloom.

La figura de ese modelo lector va emparejada con el ejemplo. Al preguntársele cómo hacer para fomentar la lectura en los niños, el escritor y divulgador catalán Alex Rovira contestó en el programa Aprendamos Juntos, del diario El País de España: “No hay que predicar. Nuestros hijos nos están mirando. La mejor manera de contagiar entusiasmo por la lectura es que nos vean leyendo, que los niños vean la mesilla de noche repleta de niños, que en cualquier lugar de la casa haya libros”.

Medios para la lectura

Si McLuhan tenía razón, leer con el soporte de las nuevas tecnologías –pantallas, teléfonos inteligentes y tabletas– no es una mera escogencia, sino que ese medio va a condicionar qué tipo de lectura se va a realizar.

En este sentido, el nuevo medio para leer, que es Internet y sus “aliados”, citados en las líneas anteriores, tiene un precio.

“Durante los últimos cinco siglos, desde que la imprenta de Gutenberg hiciese de la lectura un afán popular, la mente lineal y literaria ha estado en el centro del arte, la ciencia y la sociedad. Tan dúctil como sutil, ha sido la mente imaginativa del Renacimiento, la mente racional de la Ilustración, la mente inventora de la Revolución Industria, incluso la mente subversiva de la modernidad. Puede que pronto sea la mente de ayer”, apunta Carr en su libro.

En ese sentido, Murillo consideró y enfatizó, desde una visión “muy personal”, que los nuevos medios, lejos de propiciar una lectura reposada y favorecer la concentración y la profundidad, llevan a una lectura de la distracción.

Incluso, el uso de esos medios en escuelas, colegios y universidades también plantea desafíos en relación con la forma en que se asume esa atención que otrora facilitaba la lectura del libro impreso.

“Hice un ensayo con 120 estudiantes de preescolar de la Universidad de Costa Rica. De los 70 que contestaron a la pregunta de para qué utilizaban el teléfono celular en clase, el 80 por ciento respondió que para asuntos ajenos a ella”, explicó Murillo.

En la actualidad, recordó la investigadora, hay una directriz del Ministerio de Educación de que los niños pueden usar el celular en el aula.

Para Murillo, la nueva forma de leer invita a la distracción, y por eso resulta difícil que los estudiantes profundicen en los textos como muchas veces lo demandan las necesidades del momento.

Esa distracción va dejando huella en la forma en cómo se asume la lectura, relata Carr en Superficiales, ¿qué está haciendo Internet con nuestras mentes?: “(…) Cuando estaba alejado de mi computadora, sentía ansias de mirar mi correo, hacer clic en vínculos, googlear. Quería estar conectado. Al igual que Microsoft Word me había convertido en un procesador de textos de carne y hueso, Internet, me daba cuenta, estaba convirtiéndome en algo parecido a una máquina de procesamiento de datos de alta velocidad… Echaba de menos mi viejo cerebro”.

Para hacer frente a la ola de la nueva tecnología hay que lograr, sobre todo, que los niños se familiaricen con el libro impreso.

“Necesitamos el contacto de los niños con lo que nosotros los educadores llamamos el material auténtico de la escritura y la lectura. Es decir, que el niño manipule el libro, que sienta su forma, el peso, y que aprenda a pasar la mirada por las páginas del libro. No es conveniente que a nivel cerebral se quemen etapas. No es que se obvien las nuevas tecnologías, porque no se puede llegar a ese punto, pero no podemos centrarnos en ellas”, precisó Hernández, quien tiene una amplia experiencia como maestra de primaria y posteriormente en la UNA.

Haga la prueba

Si a lo largo de este reportaje usted ha tenido dudas sobre si Carr o McLuhan, así como investigadores como James Olds, Catedrático de Neurología de la Universidad de George Mason, se aferran a enfoques conservadores sobre lo que representa los nuevos medios y tecnologías, sólo debería de hacer la prueba de qué capacidad de concentración tiene mientras está conectado a la computadora o tiene a mano un teléfono inteligente.

Mientras está, por ejemplo, realizando algún trabajo conectado en línea, podría ser que le entre un correo electrónico a su bandeja, reciba un mensaje de WhatsApp o una alerta de RSSS, y, a lo mejor, al mismo tiempo, tenga que atender una llamada telefónica tradicional.

La tendencia a la distracción, no solo se da cuando está online, sino que también cuando pretende de forma deliberada alejar su mente de la red.

También podría autoexaminar su propia capacidad de lectura mediante un libro impreso: cuántas páginas es capaz de leer sin que sienta la necesidad de alzar la vista y abandonar, aunque sea momentáneamente, el ejercicio.

Jorge Luis Borges, que tantas veces se anticipó con su literatura a acontecimientos de hoy, parecía que también se adelantaba a la era de Internet.

En su ensayo El libro, hizo estas afirmaciones: “De los diversos instrumentos del hombre, el más asombroso es, sin duda, el libro. Los demás son extensiones de su cuerpo. El microscopio, el telescopio, son extensiones de su vista; el teléfono es extensión de la voz; luego tenemos el arado y la espada, extensiones de su brazo. Pero el libro es otra cosa: el libro es una extensión de la memoria y de la imaginación”.

Para comprender lo que dice la novela, el cuento, el poema, el relato o el ensayo que se está leyendo, es necesario concentrarse para que la mente pueda ir haciendo sus conexiones, porque de lo contrario se caerá en una lectura mecánica en la que no se enterará ni será capaz de extraer lo esencial de lo que ese texto le está contando.

Borges no se estaba refiriendo al libro digital, sino al libro viejo, al libro impreso, ese que es capaz de registrar las diminutas manchas del café tras una tarde de lectura memorable, o al que acusa el severo olvido cuando ha sido invadido por las devastadoras polillas.

El poder de Internet y las nuevas tecnologías hoy le sacan ventaja a ese viejo artilugio elogiado por Borges como el más asombroso instrumento ideado por la humanidad.

Es en ese contexto en el que el sombrío Samuel Riba, editor y protagonista de Dublinesca, va camino a Dublín a sepultar la era Gutenberg. Consumada esta, con ella morirá la lectura lineal y profunda que por ahora resiste, sin que se tenga claro hasta cuándo.

Carr y muchos investigadores abogan para que las palabras de McLuhan: “el medio es el mensaje”, no se las lleve el viento y, así, el hombre moderno esté en condiciones de convivir con la era de Internet sin renunciar a esa capacidad que lo alejó del reino animal, su capacidad de lenguaje y pensamiento.

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