La generación del 47 y el Frente Patriótico de la Juventud

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Mujeres panameñas marcharon en diciembre de 1947, contra el Convenio de Bases Filós-Hines. (Foto de Archivo).

Por Olmedo Beluche
Docente universitario

A la profesora Diamantina de Calzadilla,

digna representante de una valiosa generación.

A la memoria de las compañeras

Jilma Noriega y Bertilda Jurado Noriega.

“Antes de 1943, los estudiantes estábamos ayunos de una tradición de lucha y no se contaba con una organización combativa”, dice Carlos Calzadilla (“Historia Sincera de la República”). La juventud y los estudiantes habían estado “ausentes” de los principales acontecimientos que marcaron la historia de Panamá desde la separación de Colombia.

Los obreros, los inquilinos, los profesionales, los intelectuales e incluso el campesinado habían sido los actores principales de las luchas sociales, pero no la juventud, pese a que existió una primera Federación de Estudiantes, dirigida por Diógenes de la Rosa en los años 20. De pronto, algo cambió, y la juventud saltó al escenario para ser la protagonista de la lucha contra la ocupación norteamericana y contra los gobiernos oligárquicos.

La “rebeldía” juvenil no sólo fue política, sino también de temperamento, caracterizada en “una violencia verbal poco usada en los años inmediatamente anteriores a 1940 y en gestos desafiantes, también desacostumbrados por el mismo tiempo” (Humberto Ricord, “Cinco Ensayos sobre la revolución panameña”).

La victoria de Stalingrado y los Frentes Antifascistas

El caldo de cultivo en que se forjó esa generación incluye ingredientes nacionales e internacionales: un rápido crecimiento urbano de trabajadores extranjeros e interioranos, producido por el “boom” de la Segunda Guerra Mundial, con la presencia de miles de soldados norteamericanos y el primer intento de ampliación del canal; la creación de la Universidad de Panamá (1935) con el aporte de intelectuales de primera línea exiliados de España y Alemania; el inicio de un lento proceso de industrialización nacional a partir del Tratado de 1936. Pero el acontecimiento que produjo un vuelco de los espíritus hacia un optimismo revolucionario y una convicción profundamente democrática en todo el planeta, no sólo en Panamá, lo fue la primera derrota del ejército fascista alemán en Stalingrado, el 2 de febrero de 1943.

Ese año, surgieron por todos lados Frentes Antifascistas que pretendían unir a los demócratas (en especial jóvenes) de todas las facciones políticas y que debían ser la repetición en cada país de la coalición militar de los “Aliados” contra el “Eje”. En América, los partidos comunistas procedieron a disolverse en partidos “amplios” con un eje democrático (“browderismo”). Incluso, Stalin disolvió la propia Internacional Comunista para satisfacer a Roosevelt y Churchill. Así, en septiembre de 1943, el Partido Comunista de Panamá se transformó en Partido del Pueblo, dirigido por profesionales como Clara González y Celso Solano, mezclados con miembros de la “vieja guardia”, como Cristóbal Segundo, Pablo Cordero y Nazario Crespo, incluso como parte de su juventud ya se encontraba Rubén D. Sousa, actual secretario general (César Del vasto, “Historia del Partido del Pueblo”).

Implementando la política frentista, en 1943, se reunió en México un congreso de las juventudes de América en el que se propuso la creación de Frentes Nacionales de la Juventud o Frentes Patrióticos dispuestos a combatir el fascismo y defender los valores democráticos. Por Panamá, participaron en dicho evento Jorge Franco (Partido del Pueblo), Camilo Levy Caicedo (juventud católica) y Jorge Turner. De allí emanó la idea de realizar en nuestro país el Primer Congreso de la Juventud y los Estudiantes que congregara a esa generación en un sentido amplio, es decir, sumando todos los sectores políticos, estudiantiles y cívicos. Congreso que se reunió el 13 de diciembre de 1944 en el Instituto Nacional.

La primera huelga estudiantil, por culpa de un saludo

Pero la irrupción de la juventud y el movimiento estudiantil como un factor de masas en el Panamá de esa época, se inició por un hecho singular y aparentemente risible, si no fuera porque fotografiaba la sociedad oligárquica, conservadora y pacata que estaba a punto de reventarse contra los muros de una generación que exigía garantías democráticas elementales. Cuenta Carlos Calzadilla que una mañana de octubre del 43, mientras el presidente de la República, Ricardo A. De la Guardia se dirigía a sus oficinas, se molestó porque el profesor universitario Felipe Juan Escobar no le devolvió el saludo. Tan pronto llegó a la Presidencia, ordenó a su ministro de Educación, Víctor F. Goytía, que destituyera al insigne docente.

La respuesta de los estudiantes universitarios a ese atropello fue inmediata y se declararon en huelga, exigiendo la restitución de Escobar. El ministro respondió con más represión: se destituyeron a los huelguistas que laboraban como funcionarios públicos y se cancelaron becas. Los estudiantes arreciaron sus demandas y exigieron la destitución del ministro Goytía. La opinión pública se dividió, los partidos oligárquicos apoyando al gobierno, los sectores populares con los estudiantes. 26 días duró la huelga en la que destacaron personalidades como: Ernesto Castillero Pimentel, Benigno Argote, Federico Velásquez, Carlos Calzadilla, María Jilma de Obaldía, Diógenes Arosemena y Mario Riera.

No se logró restituir al docente. A cambio, el gobierno transó con el primer decreto que proclamaba la autonomía y la participación estudiantil en el co-gobierno universitario. Pero el principal logro fue organizativo, creándose las bases de lo que sería la gloriosa Federación de Estudiantes de Panamá (FEP), que se constituyó entre febrero y marzo de 1944, cuyo primer congreso presidió Federico Velásquez. El primer considerando del acta constitutiva de la FEP dice: “Que es un deber ineludible del estudiantado de Panamá contribuir a la obra común de los estudiantes de América…” (27 de marzo de 1944).

Calzadilla hace la larga lista de personalidades que se forjaron como dirigentes de la FEP, que marcaron la historia nacional en la segunda mitad del siglo XX. Arbitrariamente, destacamos algunos, aparte de los ya mencionados: Moisés Pianeta, Carlos I. Zúñiga, Cleto Sousa, Jilma Noriega, Manuel Solís Palma, Ramón H. Jurado, Joaquín Beleño, Juan Materno Vásquez, Secundino Torres Gudiño, David Acosta, Lilia Jaén, Elvia Chávez, Aníbal Illueca, Humberto Ricord, etc.

En un intento por frenar la organización estudiantil, el ministro Goytía quiso imponer un “contrato” por el cual, quienes aspiraban a matricularse debían renunciar al derecho de asistir a asambleas y asociarse en la Federación. Esto motivó, en septiembre y octubre de 1944, una segunda huelga estudiantil que incluyó tanto a universitarios como a estudiantes de secundaria. Lucha que se saldó con una derrota total de la maniobra represiva y la renuncia del ministro de Educación, el 27 de octubre de 1944.

Posteriormente, el secretario general de la FEP, Moisés Pianeta, logró que se oficializara esa fecha como el Día del Estudiante.

El nacimiento del Frente Patriótico de la Juventud

El espíritu de rebelión juvenil se extendió a las provincias, realizándose en Santiago el Congreso de la “Joven Veraguas” (septiembre del 44). Con la asistencia de observadores de la capital, ese congreso aprobó una moción para convocar a uno nacional que concitara la unidad de la juventud panameña en torno a un Frente Patriótico. Según Ricord, ese congreso nacional, del que nacería el Frente Patriótico de la Juventud, había sido convocado originalmente para abril de 1945, pero la crisis política y las maniobras de algunos partidos, forzaron su adelanto para el 13 de diciembre de 1944. Asistieron jóvenes de todos los sectores políticos y sociales, incluso las juventudes de partidos tradicionales (arnulfistas y liberales), pero la vanguardia del Congreso la tomó la dirección de la FEP, que era independiente.

La juventud se había convertido en un factor a tomar en cuenta.

El telón de fondo que influiría sobre la convocatoria y los debates del Primer Congreso del Frente Patriótico de la Juventud fue la crisis política entre el presidente Ricardo De la Guardia, que pretendía extender su mandato hasta 1945, y la Asamblea Nacional que deseaba sacarlo para imponer nuevo “designado”. De la Guardia asumió la Presidencia de la República en calidad de “primer designado” (no existía la figura de vicepresidente) después del golpe de Estado contra Arnulfo Arias en 1941. En la Asamblea conspiraban para sacarlo arnulfistas y liberales. Incluso, la Asamblea llegó a nombrar presidente designado a Jeptha B. Duncan.

El Congreso del Frente Patriótico de la Juventud, que contó con la cobertura de los periódicos opositores (La Estrella y El Panamá América), bajo la fórmula de exigir el “respeto a la Constitución”, se ubicaba en una posición crítica a De la Guardia, pero sin pretender hacerle el juego a la oposición. La crisis se resolvió (29/12/44) cuando el presidente, en acuerdo con los principales sectores oligárquicos, suspendió las garantías constitucionales, disolvió la Asamblea, revocó la Constitución del 41 y convocó elecciones a Asamblea Constituyente para mayo de 1945.

Esa convocatoria aplacó los ánimos y canalizó la situación por la vía electoral. Ricord realiza un balance crítico del Frente Patriótico y su primer congreso al señalar que, siendo un movimiento político, no se percibió a sí mismo como tal, adoptando el carácter equívoco de movimiento “cívico”, que hacía críticas a los políticos tradicionales, pero no se proponía tomar el poder. Pese a que tanto Ángel Vega, como Rodrigo Arosemena y Jaime Riera hicieron mociones para la conformación en partido político, esta idea no prosperó. Ricord culpa de ello a la falta de homogeneidad ideológica de los dirigentes del Frente y a la infiltración en sus filas de sectores sociales elitistas y pequeñoburgueses. El Frente perdió la oportunidad de participar con sus representantes en las elecciones y en la Asamblea Constituyente del 45. Incluso, el Partido Renovador le hizo la propuesta a los dirigentes frentistas de postular 3 ó 4 de ellos como candidatos. El Frente llamó a la abstención, lo que luego se evidenció como gran error, que fue reconsiderado cuando se formularon propuestas a la Constituyente.

En julio de 1945, el Frente Patriótico publicó su “Síntesis Doctrinal”, un programa de 19 puntos que Ricord (el que más avanzó por el marxismo de los líderes frentistas) califica de “proposiciones líricas y vagas”. El programa incluye propuestas como: plena garantía de las libertades democráticas; reformas sociales “a fin de que las conquistas de la ciencia y el progreso no sean instrumentos de explotación”; “intensificación y organización del comercio para que sea verdadera fuente de riqueza nacional”; “aceleración, por medio de la intervención del Estado, del advenimiento de la revolución agraria e industrial a fin de que Panamá deje de ser un país de economía rudimentaria y primitiva”; “Condenación (sic) del imperialismo en todas sus formas…”.

Ricord señala como otra debilidad del Congreso el haber descuidado los aspectos organizativos, lo que le impidió constituirse en una organización de masas, quedando reducido a una organización de vanguardia de unos 75 miembros activos, una vez que se retiraron las juventudes de los partidos tradicionales y los sectores apolíticos. La mayoría de sus integrantes fueron universitarios y jóvenes profesionales. Entre ellos: Federico Velásquez, Diógenes Arosemena, César Quintero, Carlos Adames, Fabián Echevers, Ricardo J. Bermúdez, Ramón H. Jurado, Carlos Calzadilla y Jorge Illueca.

El Frente Patriótico y el rechazo de las bases militares norteamericanas

El acontecimiento que colocó a esta generación con huella indeleble en la historia nacional, en particular al Frente Patriótico de la Juventud, fue el rechazo del Convenio de Bases Militares de 1947. Con motivo de la Segunda Guerra Mundial y con la excusa de defender la vía acuática, Estados Unidos hizo firmar al gobierno panameño un convenio para instalar 136 bases militares a lo largo del territorio nacional y por fuera de la Zona del Canal. Expirada la guerra en 1945, el tratado perdía vigencia. Pero a lo largo de 1947 se iniciaron negociaciones secretas entre Estados Unidos y el gobierno de Enrique Jiménez para dar continuidad a las bases militares, en lo que se llamó el Convenio Filós-Hines.

La cobertura de la negociación era el inicio de la guerra fría con la URSS y la firma del Tratado de Defensa Hemisférica (TIAR).

La primera voz que se alzó contra dicho pacto provino del periódico Jornada, publicado por dos dirigentes del Frente, Carlos Calzadilla y Vicente Meneses. El 27 de agosto, emplazaron públicamente al canciller Ricardo J. Alfaro para que se pronunciara al respecto, en momentos en que éste se encontraba en Río de Janeiro en las negociaciones del TIAR. A partir de allí, se lanzaría una campaña de concienciación sobre el tema de las bases, a cuyo retiro se oponía la burguesía comercial panameña que veía peligrar su prosperidad de “burdeles y cantinas”. Al principio, el ambiente estaba frío y, el 10 de diciembre de 1947, cuando se firmó el Convenio, los dirigentes del Frente Patriótico salieron a las calles a reventar las casillas de alarma del Cuerpo de Bomberos, para que toda la ciudad se enterara de lo que estaba pasando. Calzadilla, Solís Palma y otros fueron detenidos. Ricardo J. Alfaro renunció a la Cancillería. El firmante del tratado, Francisco Filós, intentó detener a Secundino Torres Gudiño.

El día 12, cuando se procedía al primer debate del convenio en la Asamblea Nacional, los institutores marcharon hasta allá a expresar su rechazo, pese a la represión policial que se desató. El 13 de diciembre se inauguró el Segundo Congreso del Frente Patriótico en medio de esta agitación, por lo que se aprobó sesionar en las calles. Los líderes del Frente se hicieron populares por sus capacidades oratorias demostradas desde la tribuna del Parque de Santa Ana.

El 16 marcharon 16.000 mujeres vestidas de negro y en silencio. El 22 de diciembre, el pleno de la Asamblea debía dar el último debate al convenio. El presidente de ese organismo acudió personalmente al Instituto Nacional y le propuso a Calzadilla que aceptaran el tratado con “reservas”, a lo que el joven le contestó que la posición era “rechazo total” o los diputados serían “guindados” en el Parque de Santa Ana. El flamante político sólo atinó a responder: “jovencito, es usted un irreverente, dése cuenta que está hablando con el presidente de la Asamblea, el presidente de los Padres de la Patria”, y Calzadilla respondió que también “hay malos padres”.

Esa tarde, más de 20.000 personas marcharon hasta los predios de la Asamblea, que se encontraba en las Bóvedas, en el edificio que hoy pertenece al Instituto Nacional de Cultura, y se estacionaron en sus puertas. La policía se había replegado. Al caer la noche cortaron la energía eléctrica en el área para intimidar a la multitud, pero ésta no se movió. Tomaron la palabra Manuel Solís Palma, Federico Velásquez, Carlos I. Zúñiga, Jorge Illueca, Calzadilla y otros. Casi a medianoche, los diputados votaron nominalmente. Ganó el NO. La multitud efervescente salió a festejar por las calles de la ciudad. Habían sido derrotados por primera vez el intervencionismo yanqui y sus serviles del patio.

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