La encrucijada colonial puertorriqueña

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Manifestantes puertorriqueños. (Foto: Reuters).

Por Efraín Vázquez-Vera
Catedrático de la Universidad de Puerto Rico, Licenciado en Ciencia Política por esa misma Universidad, maestro y doctor en Relaciones internacionales por la Universidad Complutense de Madrid.

Resulta desconcertante ver a los puertorriqueños, en su ensimismamiento, intentando comprender la quiebra de su gobierno y cómo recuperarse de ella. Existe una ausencia casi total en el país caribeño de debate serio y sosegado sobre cuál es el origen de la enfermedad y cómo curarla.

Debemos tener presente que la quiebra puertorriqueña no es solo financiera, sino también política, social, moral y económica. Es la quiebra colosal de una colonia. Y el responsable principal de la quiebra colonial puertorriqueña es Estados Unidos, que somete a Puerto Rico a una relación política y económica inmoral, injusta, antidemocrática y discriminatoria, que al mismo tiempo impide salir de la quiebra y recuperarse. Resulta patético ver a los colonizados puertorriqueños culparse a sí mismos de la quiebra, en vez de mirar al que coloniza y encontrar en sus actitudes el origen de los males que les aquejan.

Toda colonia en la historia de la humanidad, por definición, tiene adjudicado el papel de ser un “apéndice” económico de la metrópoli. Toda economía colonial está siempre al servicio de los intereses y del consumo de la potencia colonial, y por ello precisamente no es productiva, es más bien consumista. La única manera de sostener una economía colonial no productiva es mediante subsidios, donaciones y préstamos.

Una economía colonial no puede ser productiva, porque la colonia es incapaz de proteger y promover su sector productivo. Si pudiera, iría contra los intereses de la metrópoli. Hoy día, todos los países soberanos protegen sus sectores productivos. La ley estadounidense colonial en Puerto Rico impide el desarrollo de una economía productiva, y si a ella se añade el trato discriminatorio, injusto y desleal, deliran los que creen posible progresar bajo este régimen colonial.

Igual ocurre con el turismo en las colonias, que tienen como principal mercado la metrópoli, lo cual limita enormemente su desarrollo. Mientras Puerto Rico sea una colonia de Estados Unidos y la mayoría de los turistas potenciales requieran un visado turístico estadounidense, y mientras reinen las leyes coloniales de espacio aéreo y marítimo, el turismo puertorriqueño no alcanzará nunca niveles de aportación económica comparables con los de la mayoría de los países de la región.

Asimismo, ninguna colonia es democrática. Puede haber un sin número de elecciones, pero no existe democracia pues la metrópoli impone sus leyes sin el consentimiento de los colonizados. El padre de la democracia liberal, John Locke, señaló que hay democracia allí donde existe un gobierno con el consentimiento de los gobernados. Quien gobierna en Puerto Rico es Estados Unidos, que impone su ley colonial aprobada por funcionarios no electos por los puertorriqueños, lo que rompe con todo principio democrático.

Otra característica de las colonias es que su principal fuente de empleo es el sector público colonial y no en el sector privado colonial. Al no ser la colonia una economía productiva, el sector privado colonial es incapaz de generar los empleos necesarios. En una relación colonial, a la potencia le interesa generar los empleos en la misma metrópoli, y los necesarios en la colonia para lograr un consumo de los productos metropolitanos. Por ello, son irresponsables las comparaciones de la cantidad de empleados públicos en Puerto Rico con países soberanos o estados de la unión estadounidense. El despido de empleados públicos en una colonia es detrimental para la economía colonial, ya que el sector privado colonial es incapaz de absorberlos.

La economía colonial puertorriqueña ha sido siempre una economía subvencionada por ayudas, subsidios y préstamos para mantener artificialmente un nivel de consumo de productos fabricados o distribuidos por Estados Unidos. Como toda colonia, Puerto Rico ha sido un mercado cautivo de los productos estadounidenses, convirtiéndose en uno de los principales consumidores de productos “Made in USA” en el mundo. Por ello, la continua eliminación de los subsidios y donaciones estadounidenses condenó a Puerto Rico a subsistir solo de préstamos para mantener el nivel de vida colonial, lo que llevó gradualmente a la quiebra que se padece hoy.

Por último, la colonia tampoco puede producir ni buenos líderes ni buenos gobernadores. Aunque los países soberanos también pueden producir malos líderes y gobernadores, pero al menos tienen la opción de producir buenos. En la colonia es imposible producir un buen líder y un buen gobernador, porque ello implicaría darse cuenta que la colonia representa en sí un esquema económico fallido.

Lo más grave de la quiebra colonial puertorriqueña es que aquellos que han vivido siempre de la condición colonial y no conocen otra forma de vida, albergan falsas expectativas de que la colonia es aún salvable o redimible. Son incapaces de reconocer que todo esfuerzo de revivir o estabilizar la colonia es inútil, y que todas sus energías, pensamientos y sueños deben ir encaminados a un Puerto Rico soberano, democrático y productivo.

La anexión de Puerto Rico a Estados Unidos nunca ha sido una opción real. Más bien se trata de un espejismo, una ilusión, una quimera, utilizada por algunos políticos puertorriqueños para poder organizarse políticamente, ser electos y ganarse la vida. Nunca la anexión había sido más imposible que hoy, con un sistema colonial en crisis y un gobierno estadounidense liderado por Donald Trump.

Lamentablemente, muchos puertorriqueños se han dejado seducir por lo imposible. Esta situación ha complicado el proceso de descolonización de Puerto Rico, convirtiendo la idea de la anexión en un impedimento para adelantar la descolonización. En otras palabras, Puerto Rico se encuentra estancado en un lodazal colonial ya que la anexión nunca será reconocida como una opción real por los estadounidenses, conscientes como están del costo económico y político de anexar a Puerto Rico, el cual no están dispuestos a pagar.

No cabe duda de que la anexión representa la dilución de la nación puertorriqueña en Estados Unidos, y convertiría a los puertorriqueños es una minoría racial, religiosa y cultural. La anexión representa para los puertorriqueños la igualdad con millones de estadounidenses que viven diariamente el discrimen, la pobreza, la marginación y la dependencia. Son muchos los economistas y organismos estadounidenses que han dejado claramente establecido cuán dañino sería la anexión de Puerto Rico para su economía. Si Puerto Rico se convierte en un estado de la unión estadounidense, estaría condenado a ser por siempre el estado más pobre y marginado de Estados Unidos.

La causa de aquellos puertorriqueños que promueven la anexión está plagada de contradicciones. En primer lugar, pretenden anexarse a quien ha manifestado desprecio, indiferencia y falta de solidaridad y sensibilidad con la actual crisis colonial puertorriqueña. Igualmente, la anexión representa anexarse a un país que por más de 100 años ha discriminado y condenado a Puerto Rico a la dependencia económica, a una condición política indigna, inmoral e ilegal, y a una relación comercial injusta y desleal que ha propiciado pobreza en el país caribeño.

Cualquier puertorriqueño anexionista que anteponga los intereses de los puertorriqueños, y se enfrente al dilema colonial racionalmente y sin fanatismo, llegará inevitablemente a la conclusión de que la anexión no es una opción y tampoco descoloniza, lo que nos permitiría de una vez y por todas avanzar hacia la descolonización del país.

A partir del gobierno del expresidente William Clinton, las acciones y manifestaciones estadounidenses han sido cónsonas con una agenda de descolonización de Puerto Rico. Estados Unidos parece querer terminar con su colonia, y ya no sabe qué más hacer y cómo más decirle a los puertorriqueños que está en ellos dar el paso definitivo hacia la descolonización y la soberanía. Esta realidad es un hecho conocido por el liderato anexionista puertorriqueño, y la reciente consulta de estatus realizada fue la última bocanada de aire de la ahogada anexión.

Se trató de una elección descaradamente amañada y antidemocrática para crear una mayoría ficticia a favor de la anexión de Puerto Rico a Estados Unidos. Esta infame forma de hacer política logró unir en un boicot a la oposición puertorriqueña a la anexión, por lo que los anexionistas acudieron solos a las urnas. Previsiblemente, lograron una súper mayoría del 97.18% que solo obtienen gobiernos antidemocráticos en sus falsas elecciones. El llamado al boicot fue un éxito rotundo, ya que solo participaron el 22.9% de los electores inscritos. En fin, el gobierno puertorriqueño despilfarró millones de dólares en una consulta inútil de la cual el gran perdedor fue el pueblo puertorriqueño. Increíblemente, el gobierno anexionista puertorriqueño reclamó la victoria y se lanzó a una cruzada descabellada de hacer valer una farsa tan evidente ante el gobierno estadounidense, provocando en Estados Unidos la indiferencia, la vergüenza ajena y la incredulidad.

El empeño disparatado anexionista de hacer valer los resultados, más que un acto senil, debe ser asumido como una gran y última oportunidad para Estados Unidos de evitar en un futuro próximo un problema aún mayor. La metrópoli debe asumir los resultados como válidos y someter la solicitud de incorporación a votación al congreso estadounidense. El resultado es más que previsible. Un rechazo congresional a la anexión será un mensaje contundente hacia la descolonización y soberanía de Puerto Rico. En este sentido, nunca un acto desesperado de una causa perdida sería tan providencial para la descolonización de una nación. Seguramente sin saberlo, el liderato anexionista puertorriqueño está propiciando que el gobierno estadounidense de Donald Trump elimine de un plumazo a la posibilidad de la anexión, avanzando así hacia un proceso de descolonización serio y real, que culmine en la soberanía de la nación de Puerto Rico.

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