La despersonalización del Estado panameño

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La despersonalización del Estado panameño

Desde que Panamá empezó a declinar en el manejo transparente del Estado, comenzó a ceder espacios a los usurpadores de las finanzas públicas y a ganar en desprestigio. La imagen que refleja el país hacia exterior es de despersonalización y desconfianza, debido a la falta de seguridad jurídica y a la escasa aplicación de medidas de transparencia y fortalecimiento institucional.

Los sucesivos escándalos financieros que tuvieron como punto de origen a Panamá, debieron haber activado una estrategia rápida y coherente para definir una política exterior audaz, en vez de persistir en un modelo de subordinación que resta la capacidad de garantizar crecimiento y desarrollo humano. En la práctica, persiste lo opuesto al esfuerzo de cohesión nacional.

La falta de claridad en la estrategia oficial y la improvisación que dimana del núcleo gobernante, revelan el fracaso de un modelo autocrático que nunca ha pasado el examen en la forma de dirimir o atenuar problemas políticos concretos. Esas deficiencias dejan al país inerme ante severos conflictos sociales, mientras que los tres poderes del Estado se desgastan en largas pugnas.

En ese estilo de encarar retos, desaparecieron del vocabulario gubernamental términos como consulta y plebiscito, que en el pasado sirvieron de fortalezas en la gestión pública. Corrupción y peculado encabezan la lista de palabras en el lenguaje de los administradores gubernamentales, quienes mantienen una enorme deuda respecto a las promesas nacionales insatisfechas.

La población panameña es testigo presencial del descrédito de las autoridades, pero también de la falta de respuestas para recuperar miles de millones de dólares sustraídos de las arcas públicas. Al panorama de inequidades y riesgos se suman los intentos de privatizar empresas de agua y energía, para completar un modelo de sumisión impuesto por el capital financiero rapaz.

Es imposible quedarse de brazos cruzados cuando el Estado empieza a fracturarse y el gobierno se muestra incapaz de dar seguridad a los ciudadanos. Es tarea pendiente generar respuestas del movimiento social, para ayudar a rescatar al país del marasmo y los desaciertos de los políticos entreguistas y fracasados, a quienes la historia pasará facturas onerosas por dolo.

Panamá necesita un Estado fuerte y con personalidad propia. Pero, ello implica construir soberanía, equidad social, respeto a la voluntad popular y mecanismos que aseguren la recuperación de sumas millonarias ilegalmente sustraídas por grupos codiciosos que han convertido en botín las áreas canaleras. No puede haber perdón para esos saqueadores que siembran miseria.

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