Juan Navas o la dignidad de Colón

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Publicaciones sobre la lucha por la soberanía de la juventud panameña.

Panameño que combatió y fue herido en los días 9, 10 y 11 de enero de 1964.

Por Ana María Pinilla V.

La mirada azabache de aquel muchacho de gesto serio se sigue posando sobre la avenida principal de la ciudad de Colón. Al lado de su rostro pintado sobre un muro gris, entre el rojo, azul y blanco de la bandera, Juan Navas Pájaro (1945-1966) continúa diciéndole al pueblo que amó: “Atreverse a luchar es comenzar a vencer”.

Juan Antonio Navas Pájaro apareció muerto en el corredor de la ciudad de Colón el 31 de mayo de 1966. Su cuerpo de 20 años, presentaba signos de tortura y un golpe contundente en la cabeza.

No tenía más de 48 horas en el país, cuando le tocó a su madre Vicenta Pájaro Vda. de Navas reconocer su cuerpo. Era Juan, el segundo de sus cuatro hijos.

Muchos coinciden en que la reacción del pueblo colonense a la muerte de Navas Pájaro puso en crisis a la oligarquía panameña, al tensar las fuerzas del movimiento popular e incitar al rechazo de la situación crítica que se vivía. Fue un asesinato más de los incitados por las ideas macartistas de la era de la “guerra fría”.

Evadir la muerte

De los sobrevivientes y víctimas del 9 de enero de 1964 se sabe mucho, pero poco se menciona la historia de Juan, quien, durante la gesta, devolvía balazos a los policías “zonians” que atacaban a los panameños.

Resistió la refriega, pero resultó herido en varias partes de su cuerpo, viéndose obligado a viajar a la Unión Soviética para tratarse con médicos especializados en heridas de combate, quienes en la posguerra habían desarrollado un tratamiento que permitía minimizar las intervenciones quirúrgicas.

Perdigones en brazos, piernas y uno en la cabeza lo llevaron a varios meses de tratamiento, que culminaron con su regreso a Panamá, el 30 de mayo de 1966.

Una comitiva lo recibió en el Aeropuerto de Tocumen, entre ellos, Reynaldo Aizpurúa, corresponsal de Prensa Latina en Panamá; Luis Franco, corresponsal de la Agencia Rusa de Noticias (TASS) y el abogado Honorio Quesada.

Alto, delgado, de talante decidido y alegre, ese mismo día Juan viajó a la ciudad de Colón, para estar con su familia.

“Juan había acordado encontrarse con dos amigos esa misma noche. Nunca llegó. Se sabe que desapareció entre la casa de mi madre y mi hermana, a cruce de calle”, cuenta hoy su hermano Luis Navas, profesor de la Escuela de Relaciones Internacionales de la Universidad de Panamá. Él, mayor que Juan por un año, aún recuerda lo que considera una cadena de mentiras del gobierno de aquella época para ocultar a los culpables de la muerte de su hermano.

Colón, entre la oscuridad

A Luis Navas le avisaron en la mañana del 1 de junio que habían encontrado a Juan muerto. Desde Panamá, se dirigió inmediatamente a Colón acompañado por Rolando Carrasquilla.

“Mejor no, Lucho. Quédate aquí y déjame entrar a mí. Es demasiado”, le dijo Carrasquilla a Luis, frente a la puerta de la morgue judicial.

“A los muchachos se les fue la mano”, fue la frase que se le escapó a una de las autoridades del Departamento Nacional de Investigaciones (DENI), institución a la que la familia y la comunidad responsabilizaron de lo sucedido.

Fue después del concurrido entierro de Juan, el 3 de junio, que nació la llamada “Insurrección Popular de Colón de 1966”.

“Nunca antes, las 16 calles [de la ciudad de Colón] se habían convertido en un campo de guerra. Miles de personas se agolparon frente a la sede del DENI para reclamar justicia. La represión siempre fue la respuesta, pues desde el edificio comenzaron a disparar. Así asesinaron al estudiante Carlos Mathews, a la joven Elvira Miranda, y a la niña Diana Gallardo, quien murió asfixiada por las bombas lacrimógenas que se lanzaron”, recuerda el profesor Navas.

La falta de vivienda digna, la ausencia de trabajo formal y la persecución policial se sumaron a la indignación por el asesinato de Juan Navas y de las muertes sucedidas días después.

“Yo tenía 13 años cuando mataron a Juan; lo conocía del barrio. Fue un hecho que despertó mi interés en la política y en las acciones transformadoras para el bien social”, comenta Rodolfo Pérez, presente en la sesión solemne que el Consejo Municipal dedicó a Juan Antonio Navas Pájaro, el pasado 6 de junio, en Colón.

Las fotos de quienes presidieron el Concejo visten las paredes de cemento y madera del salón. En la entrada, está también la imagen de Pedro Prestán. Los presentes se saludan, se conocen de siempre. El motivo del encuentro es la conmemoración de los 50 años de la “Insurrección Popular de Colón del 6 de junio de 1966”.

La junta también fue el espacio para hacer homenaje a quienes, en aquel momento, encabezaron el reclamo de justicia por el asesinato de Juan Navas y terminaron enfrentando la cárcel, cuando las autoridades oficiales lanzaron la teoría de que la muerte de Navas era consecuencia de una lucha interna entre corrientes de izquierda. Eso, después de que la tesis del atropello fuera descartada por el médico que hizo la autopsia, Guillermo Rolla Pimentel.

Desechadas estás teorías por un juicio y por la historia misma, se hizo un reconocimiento a Félix Dixon Kennedy (qepd), a los docentes Rolando Sterling y Luis Navas Pájaro.

Del pasado al presente 

Juan Navas Pájaro, mártir de la juventud panameña.

Catedrático de la Escuela de Relaciones Internacionales, Luis Navas esboza un paralelismo entre aquel 1966 y el presente 2016. “A los panameños nos ha costado mucho alcanzar la liberación de nuestro territorio, beneficiarnos de las entradas económicas del Canal. Nuestra posición geográfica tiene gran valor geopolítico, pues constituimos 5% del comercio marítimo internacional. Por tanto, nuestra política internacional debe cimentarse en la más absoluta neutralidad”.

“Al preguntar qué persigue Estados Unidos al actuar contra estas supuestas actividades delictivas, ya sean las acciones de una firma de abogados o las maniobras económicas de un empresario”, prosigue, “no debemos olvidar la presión que se ejerce sobre nuestro país para que acompañemos sus intentos desestabilizadores en el continente. Tampoco debemos torcer las experiencias que se abren paso como la creación de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) o la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR), una nueva entidad bancaria promovida por Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, diferente al Fondo Monetario Internacional o el Banco Mundial”.

Además, señaló que “cada injerencia del actual embajador de los Estados Unidos es una muestra de que no respeta a nuestro país y menos a nuestro gobierno. Debemos exigir respeto a nuestras instituciones, que, con sus defectos, no son peores que las de Estados Unidos. Una simple imputación tiene que pasar por el tamiz de las pruebas. Nadie puede ser condenado sin haber conocido previamente las imputaciones”.

“Esta exigencia nace de haber constatado la facilidad con la que se fabrican pruebas falsas para aniquilar dirigentes o adversarios y declarar guerras sucias. En junio de 1966, nuestra familia vivió la infamia de las acusaciones falsas. Y no debemos olvidar que, en diciembre de 1989, Panamá fue objeto de una descomunal invasión apoyada sobre mentiras. Lo mismo ocurrió en Irak. Nuestro planeta es un lugar más inseguro hoy, tras inventarse que este país tenía armas de destrucción masiva”, advirtió el catedrático.

Por su parte, José Menchaca, organizador del homenaje, recordó que jóvenes como Juan Navas marcan el futuro a partir de las decisiones dignas, y ofrecen a las nuevas generaciones el ejemplo de la lucha. Actualmente, ¿quién blinda a Panamá de un presente inquietante y un futuro sin héroes?

Perfil

Juan Antonio Navas Pájaro nació y creció en Colón. Fue parte de la juventud que exigía soberanía territorial y enfrentó a los policías “zonians” durante los sucesos de enero de 1964. Su madre Vicenta Pájaro Vda. de Navas y su tía Gala Díaz Venencia estuvieron al frente de la lucha y pedido de justicia por el asesinato de Juan. De él, no hay fotos. Su madre las escondió por los allanamientos en la invasión de diciembre de 1989 y no se volvieron a recuperar.

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