Entrevista con el poeta Álvaro Ruiz

0
129
Rolando Cárdenas y Jorge Teillier.

Entrevista con el poeta Álvaro Ruiz

La Unión Chica y la Cofradía de botones negros o cómo la poesía sobrevivió en dictadura

Por Laura Pardo | El Mostrador

El vate habló recientemente sobre el círculo de poetas y narradores asiduos del bar, un grupo sobre el cual vaticinó Jorge Teillier: “Algún día seremos leyenda”. “La única manera de aguantar esos años, para este grupo, era embriagarse a diario, e intercambiar ideas literarias. (Muchos) murieron en la extrema pobreza. Eso también te lo puedo dar firmado. A nadie de estos grupos le fue bien en términos económicos”.

La hazaña de mantener viva la poesía en plena dictadura militar es distinta a la actual. “La gran diferencia es el miedo, el miedo es terrible”, sentencia el poeta chileno Álvaro Ruiz (Ottawa, 1953) durante la conversación que mantuvimos en el bar la Unión Chica, ubicado en el paseo Nueva York 11, pleno centro financiero de Santiago.

La reunión con Ruiz fue después de unos días de su charla “La Cofradía de la Unión Chica, poetas y escritores”, realizada en la Sociedad de Escritores de Chile (Sech), que convocó a varios veteranos de esa congregación que se fue formando de manera espontánea en el centenario local, cuya escenografía pareciera trasladarnos a principios del siglo XX.

Según guías turísticas de Santiago disponibles en Internet, el bar fue fundado alrededor del año 1940, sin embargo, su aspecto definitivo se remontaría a los sesenta. La época de oro y más romántica del local sería a fines de esa década, “cuando se consagra como una especie de círculo de clientes muy parecido al de los ya casi desaparecidos clubes democráticos de vividores y aventureros ligados a la intelectualidad o la deliberación, funcionando como una suerte de alternativa “popular” al refinado Club de la Unión o “Unión Grande”. De ahí el refuerzo a su nombre: La Unión Chica”.

Algunos de esos viejos comensales también se dieron cita en la Sech, entre ellos el tesorero de la Cofradía, Roberto Araya, y herederos de esos tiempos, como el hijo de la poeta Stella Díaz Varín.

Ruiz, poeta de larga trayectoria nacional e internacional, evocó a la “Cofradía de los Botones Negros”, una medida que tomó Enrique (Chico) Molina para distinguir con un botón negro en la ropa a los miembros de la Cofradía cuando empezaron aumentar los allegados, en el “tiempo en que la delación era una virtud”, como sentenció Jorge Teillier. Sentado en el rincón de esta clásica taberna, Ruiz recordó anécdotas, bromas, juegos y conversaciones que allí sucedieron en esos años.

La “Cofradía de los Botones Negros”

-¿Cuál fue el origen de la cofradía que se formó en la Unión chica?

-El primero en llegar a este bar fue el poeta Rolando Cárdenas, y el trajo a Jorge Teillier, y a Iván (Teillier). Esto fue mucho antes que yo llegara a este grupo, el año 1977. Venía con frecuencia a este bar, hasta que partí a México el 94, es decir son casi 20 años. Después se fueron sumando Enrique Valdés, Carlos Olivares, los que están en la antología que se hizo aquí, Nueva York 11, donde viene un prólogo de Jorge Teillier y poemas del “Chico” Molina, que era otro de los contertulios, además de Juan Guzmán Paredes.

El lugar lo escogió Jorge Teillier, a quien conocí el 77, y fue una relación muy empática, muy valiosa para mí, que era casi 20 años menor. Me ilustró, me enseñó a muchos poetas, fue una especie de maestro para mí, con la debida distancia. A Teillier le daba un poco de tedio hablar de poesía, él prefería hablar de cosas cotidianas que ocurrían o pelar a los otros componentes de este círculo, y con eso era suficiente para reírnos. Lo pasábamos muy bien. También venían aquí boxeadores, eran los guardaespaldas del grupo, en la barra. Jorque decía: tenemos un médico, y era un yerbero que iba a buscar distintas plantas al cerro, muy curado. Él era muy orgulloso de este círculo. (Jorge) les dedica a estos amigos el poema Nueva York 11.

-Este lugar está frente a la Bolsa, ¿no es un poco paradójico que escritores tan alejados del capitalismo se hayan dado cita aquí, casi como brokers de la Bolsa?

-Es un lugar estratégico geográficamente. Carlos Olivares, autor de “Conversaciones con Jorge Teillier”, dijo que este era un triángulo de las Bermudas, que uno no podía salir de aquí. El otro era el “Rapanuí”, donde estaban los Almacenes París, y el otro era “El lagar de Don Quijote”, en Teatinos. Esta gente no podía escapar de ahí. Era una visión bastante realista la de Carlos Olivares.

-¿Cómo fue la vida bohemia en esos años de dictadura? ¿Cómo sobrevivió a esos años?

-A punta de alcoholismo. La única manera de aguantar esos años, para este grupo, era embriagarse a diario, e intercambiar ideas literarias. Se publicaron muchos libros aquí, revistas también. Fue un punto que tuvo bastante actividad, independientemente de esa connotación de borrachos que le dieron, a tal punto que se cometió la inmensa injusticia de no darle el Premio Nacional a Jorge (Teillier) justamente por esa condición y por los tiempos históricos. Se lo merecía con largueza. Cuando falleció, hace 10 años, era medianamente reconocido, pero no por las autoridades de la cultura. Chile sigue siendo un país extremadamente conservador. Es un país difícil para un escritor.

-¿Y cómo era el rito de la reunión? ¿A qué hora se llegaba?

-Yo personalmente llegaba almorzado, por instinto de supervivencia. Pero los otros comenzaban antes de mediodía, en otros bares (…) Jorge llegaba después de alguna parada de seguro en el Sergio, en la Escuela Militar. Enrique Valdés tocaba en la Sinfónica, los ensayos eran en el cine Ástor o Grand Palace. Estuvo muchos años sin casa la Sinfónica. Estaban todos en el centro, era un punto estratégico, especialmente en esos tiempos, un tiempo en que cada cuadra era un riesgo, el riesgo de ser detenido por sospecha, o porque sí, porque te leían la mente.

-¿Cómo surge el nombre de “Los Botones Negros”?

-En un momento hubo tantos allegados a estas mesas de los poetas, que se llamó a reunión para determinar qué se hacía. No era agradable estar con gente que apenas conoces. Se nombró un presidente relativo, vitalicio y transitorio, al mismo tiempo: a Eduardo (Chico) Molina y él decidió crear la “Cofradía de los Botones Negros”. Era un chiste en el fondo, pero que se efectuó. Está todo anotado en la bitácora y en el libro de actas, dos libros empastados en donde se llevaba el registro de los días, y que era muy entretenido leerlo… me gustaría saber qué pasó con esos libros. Había testimonios, injurias, anotaciones al margen, inscripciones nuevas… todo en relación a un cobro de botellas, también. Sentarse en la mesa con desconocidos era una multa de dos botellas. El círculo tenía que ser fiel al círculo.

-¿Sabes de dónde nace esta idea de “El Chico Molina?

-La cofradía de los botones negros fue su invento. Era un mitómano, un poeta que nunca escribió nada, y sin embargo está en los registros literarios de Chile. No tiene obra. Dicen que uno que otro poema en una revista, que se hacía firmar “La Marquesita de Pompadour”, según Jorge (Teillier). Pero, en la antología Nueva York 11, el poema que fue atribuido a Molina fue escrito enteramente por Jorge, Carlos Olivares y yo, a punta de Rayo de luna, un trago que lleva whiskey con jugo de manzana. Era un aspecto lúdico para soportar esos días espantosos que fueron los que vivió Chile durante la dictadura. Una manera de evadir esos tiempos era aferrarse a la poesía y a las botellas de vino, salvando escollos cotidianos. El secretario de actas era el que tuviera la capacidad de escribir, el que estuviera menos mareado.

-Dijiste en tu charla que el vate, vaticina. ¿Ves a los poetas como oráculos?

-Era un decir de (Jorge) Teillier: “el vate vaticina”. Algo tenía (él) de adivino. Esos son los auténticos poetas, los órficos. Me influyó sobre todo la visión órfica de la realidad poética, la poesía por la poesía, y un sentimiento de amor por las pequeñas cosas amables de la vida, por un lado. Por el otro, el peso de lo mismo, pero a la inversa. Es decir, todos los prejuicios de los círculos literarios chilenos en su afán de descalificar a sus pares a como dé lugar, y a mí se me etiquetó y se me sigue etiquetando como telleriano y eso es absolutamente falso y mal intencionado. Mi poesía va por un rumbo distinto, lejos de esos alucinantes bosques lluviosos. Chile es un país de horrores y chaqueteos, nos salva la Cordillera, la lejanía, el océano Pacífico y la permanente erupción de sus volcanes y de vez en cuando la Cruz del Sur, siempre y cuando aparezca en la cosmovisión del poeta.

Entre los poetas hay grandes diferencias, qué los inspira, cuál es la actitud, cuál es la observación de la realidad, cuáles son sus sentimientos. Hay otros a los que les resbala todo e igual escriben, pero no tienen esa profundidad del vate. El vate, vaticina. Sobre este local dijo Jorge Teillier “un día seremos leyenda”, y ha ocurrido ese fenómeno con el paso de los años.

-¿Cómo se sobrevivía en dictadura, sin recursos?

-De misterios y milagros. Así sobrevivieron todos, y todos murieron en la extrema pobreza. Eso también te lo puedo dar firmado. A nadie de estos grupos le fue bien en términos económicos. Murieron casi en la indigencia. Es la realidad pura, ese es el costo. Porque tampoco eran poetas insertados en el establishment. Estaban muy lejos de los círculos del poder. Eran disidentes permanentes, eran difíciles, cáusticos, rabiosos, personalidades sensibles y a todo les fue pésimo en términos económicos.

-¿Cómo se hacía la magia de poner vino en la mesa cuando no hay plata en el bolsillo?

-Como decía otro miembro, Roberto Araya, cada uno ponía monedas hasta juntar la botella y era repartida casi por centímetros cúbicos. De pronto llegaba alguien que había tenido un mejor día y ponía un par de botellas también. Siempre vino. Muchos murieron. Ahí yo tomé cierta conciencia del daño hepático. Porque las jornadas eran cotidianas y muy largas. Había una suerte de desesperación, era difícil soportar la realidad. Acuérdate que cuando a (Augusto) Pinochet le hacen una entrevista, le preguntan: ¿qué es lo que más odia usted? – “La poesía, y a los poetas” -, contestó. Es un parámetro importante de esos tiempos. No hubo ni un centavo en cultura. Un gran error. Ahí está el retroceso de este país. Igual que la educación. Yo tuve educación gratuita, en los años 60, y era extraordinaria. En el Instituto Nacional había que pagar sólo la matrícula. Enseñaba francés, alemán, inglés. Era un gran colegio. El internado Barros Arana, el Borgoño, el Liceo Nº 1 de Niñas. La gran educación era pública. El genio que odiaba a los poetas la privatizó y ya sabemos lo que eso significó en el desarrollo del país. Ahora se creen país del primer mundo y no se la pueden, porque son ignorantes y torpes. Siempre está el sinvergüenza, el pillo, el más vivo, perjudicando a los otros. Hay una ignorancia, un problema cultural en esa actitud, que hace retroceder el país. La economía no va a resolver el problema. Ahora están todos llenos de autos. De bienes desechables. Pero se ha perdido lo más importante, la cultura, la educación.

-¿Cómo manejaban el temor?

-Caminando en puntillas, pegados a los muros. Caminando derechito los que habían tomado. En ese tiempo las caídas (detenciones) por ebriedad eran pan de todos los días. Eran una forma de obtener recursos para el Estado. Micros llenas de gente que no estaba curada, que se había tomado una copa y ya el hálito les significaba una multa. También controlar, pedir el carnet de identidad era frecuente.

-¿Cómo manifestaban su descontento contra la dictadura?

-Todos eran disidentes. Todos escribían en contra de la dictadura, sin que se diesen cuenta los inteligentes de la cultura de esa época. Porque en ese tiempo había que pedir autorización para publicar un libro, y tenía que ser aprobado por un departamento que estaba en el Diego Portales, lo que es hoy día el GAM. Ahí estaban las oficinas de las Fuerzas Armadas. Mucha gente se saltó el permiso de circulación. Me acuerdo que Enrique Valdés llegó aquí y dijo: quemaron toda mi edición (de un libro de poesía), “Aviso Luminoso”, creo que se llamaba. Fue un atentado. Eso de llevarse preso a Jorge (Teillier), tirar bombas lacrimógenas en el Refugio López Velarde, en la Sociedad de Escritores, que era otro lugar donde íbamos con cierta frecuencia.

-Aparte de ti, ¿qué otros miembros quedan de la Unión chica?

-Ramón Díaz Eterovic. A él le ha ido bastante bien con Heredia y sus novelas. El otro sobreviviente es Juan Guzmán. El poeta Juan Cameron que a veces venía de Valparaíso, se sentaba aquí en la mesa también. Y perdonen los que se me escapan. En el libro Nueva York 11 están todos, menos los extranjeros que eran recibidos algunos en la mesa. La antología era el grupo cerrado, Arestizábal, Molina, Mardoqueo Cáceres, Enrique Valdez, y los otros.

-A la distancia, ¿pudiste proyectar la trascendencia de este lugar?

-No, yo nunca me di cuenta de eso. Me di cuenta en México, cuando tras la muerte de Jorge empezó a reivindicarse este lugar, y que llegaron otras generaciones, pero no les resultó. Había que tener ese espíritu de camaradería, primero, segundo la voluntad y la amistad, la amistad a toda prueba. Eso echo de menos, porque eran de mi confianza todos. Nos ayudábamos entre nosotros. Y cada uno preocupado de su obra, con una rivalidad benigna. Era importante esa rivalidad sin maldad, sin los codazos que veo hoy día.

-¿Por qué en Chile es poco conocida esta historia, más allá de la Antología Nueva York 11?

-Chile es así. Yo hablé en mi charla en la SECH de una especia de necrofilia que vive este país, adorando a los poetas una vez que se mueren. Lo he podido comprobar en más de un autor. Lo suben de peldaño. A Jorge (Teillier) le ha ido bien en su difusión en el mundo, en lengua castellana, en España, México, Perú. Este fenómeno ocurrió con él después de muerto.

La vida en la poesía

“No soy canadiense, a pesar de haber nacido ahí y haber vivido muchos años. Siempre tuve muy clara la Cordillera de Los Andes en mi corazón y en mi cerebro, soy eminentemente austral. La introversión del chileno, la capacidad de observación, indican que Chile es un país de poetas. Tan lejos del mundo, incide en que en Chile se dé la poesía”.

Así se define Ruiz (Ottawa, 1953), quien entrega luces en su relato “Carta de relación” sobre el origen de su relación con la poesía, vinculándolo con el haber crecido en una ciudad cosmopolita, donde se hablaban muchas lenguas: “Los idiomas eran sonidos, distintos sonidos, como el de los pájaros entre el follaje intenso del verano (tan opuesto al rigor del invierno). Inglés, francés, castellano, alemán, polaco, chino, rumano, etc. etc., en mis oídos… el sonido y la furia… los sonidos…all that sound…sounds… los idiomas… los sonidos… ”

Éste y otras narraciones forman parte de su último libro “Prosa Reunida” (2014). Además, ha publicado “Es tu cielo azulado” (1989), “Casa de barro” (1991), “La Virgen de los Tajos” (2001) y “Cola de gallo” (2010).

Deja un comentario