Entrevista a Guadalupe Urbina

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La cantautora Guadalupe Urbine recibió el premio del Círculo de las Bellas Artes de Madrid, y se presentó en la Maison de l’Amerique Latine en París, en el Centro Cultural de la Villa en Madrid, en el Teatro Real en Amsterdam, en el Estadio Demba Diop en Senegal y en el One Women Show en Nueva York, entre otros escenarios. (Foto: Luis Alvarado).

“Trabajo en el escenario buscando amor”

La cantautora Guadalupe Urbina presentó el sábado 3 de junio el concierto Cantos simples del amor a la tierra en el Taller del Artista.

Por Ana Beatriz Fernández González | Semanario Universidad (Costa Rica)

Buscando el agua, la guanacasteca Guadalupe Urbina se fue de su tierra natal para vivir en Buenos Aires de Puntarenas, en un proyecto cooperativo llamado Longo Mai. Ahí se volvió a enraizar hace cinco años en medio de la selva, para seguir meditando con los aguaceros a los cuales se acostumbró desde niña en Sardinal de Carrillo.

Acostumbrada también a ir y venir para ofrecer conciertos y conectar con las emociones de las personas, Guadalupe preparó el espectáculo Cantos simples del amor a la tierra, producido y dirigido por el músico Carlo Magno Araya y que se presenta el sábado 3 de junio en el Taller del Artista, ubicado en Tres Ríos.

Con el apoyo de la Escuela de Música, la propuesta es realizada para el programa de la Universidad Nacional “Año de la Madre Tierra”.

La acompañan el trío integrado por el mismo Araya, Andrés Saborío en la guitarra y Fernando Víquez en el bajo, con las voces de Amanda Rodríguez y Álvaro Fernández.

En su parcela de Longo Mai, la artista abre las puertas de su casa a UNIVERSIDAD vía skype, con su voz y acento cantarines, y su sonrisa que siempre dice “pase adelante”, para conectar con ella y su música, su escritura y herencia ancestral.

Mientras conversamos, las chicharras que buscan pareja parecen un aguacero eléctrico y el ceibo joven del patio crece firme, para enraizarse robusto como la misma Guadalupe.

¿Por qué empezaste a cantar?

-Yo canto desde niña porque a mi padre y madre les gustaba mucho cantar. En esos tiempo no había electricidad en Sardinal, entonces una no tenía acceso a discos ni a música. Yo vengo de una familia agrícola, con una vida muy austera con mucho trabajo, la diversión era escuchar la radio, esa es mi banda sonora.

¿Cuándo adquiriste conciencia de que tenías esta vocación y amor por el canto, la música y la escritura?

-A mis 15 años andaba escribiendo cositas. La muerte de mi madre a mis 11 años me marcó; era muy difícil sacar esas emociones de la pérdida y empecé a escribir sobre la experiencia de la muerte de ella.  A los 18 años estaba en la universidad y mi profesor Manglio Argueta (escritor salvadoreño), fue el primero que me dijo que tenía que escribir. Yo llegué muy tarde a la música, a los 19 años decidí estudiar y tuve que luchar porque es un universo muy complejo.

¿Sabías que tenías una voz particular?

-No, hasta que llegué a cantar a Europa. Sabía que tenía un vibrato muy rápido y que no era bueno porque en las clases de canto la profesora siempre me decía que no debía hacerlo así. Nunca me consideré una buena cantante, lo hacía porque escribía mis textos y quería que tuvieran algo de magia. No es sino hasta los 45 cuando me percato que mi trabajo es cantar, que lo hago de esta manera y que tengo que aprovechar mis recursos.

¿Cómo fue tu formación musical?

-Tomé talleres con músicos del mundo como la africana Angélique Kidjo, la cantante noruega Mari Boine y el estadounidense Bobby McFerrin, importantes en términos del aprendizaje, pero nunca fui buena para la academia. Siempre mantuve una anarquía muy saludable que respeta mi propia organicidad y que reconoce y toma lo que realmente necesita, para el objetivo que tengo. Fui a la academia porque eso era lo que se recomendaba y no había alternativa.

Te fuiste a Europa donde tuviste bastante impacto…

-A la gente le interesó porque sueno distinto. En Holanda tenía mis carpetas en agencias de jazz, porque agentes que me conocían de los festivales de World Music me recomendaban y estuve en más de un festival de jazz. Yo caminaba muy metida en las cosas que me gustaban; eso ha sido bueno porque me ha permitido hacer cualquier cosa que se me ocurra, y no ha sido bueno porque a veces no dimensiono las cosas. Esa dimensión pueblerina me ha permitido conservar una forma de ser que me hace sentir bien.

¿Qué te llevó a no seguir ese rumbo y volver a Costa Rica?

-Dos razones. Soy una persona con una dimensión espiritual muy importante y la música no solamente es un gran negocio sino que debe servir para conectar a la gente. El viaje que hay que hacer para llegar a ese punto dentro de la industria del World Music es muy rudo, de muchas negaciones de una misma. Hay unos enormes niveles de explotación en el proceso porque para tener un nombre primero tenés que dejarte explotar por un montón de gente. El éxito industrial es muy relativo, y el éxito de la conexión humana, artística, emocional es otro. En este último soy muy exitosa, cuando canto sé que estoy tocando las emociones de la gente y me siento tocada por esas emociones.

¿La otra razón?

-El otro aspecto es la salud. Vivía en un país que no era el mío (Holanda) y tenía que viajar muchísimo por Europa, pues pertenecía a la red Real Music Network, que fundó Peter Gabriel. La red de Europa también me permitió viajar por África. Fue un gran desgaste físico y tuve un tumor en la cabeza en el 2003 y me retiré. Soy candidata a tener tumores todo el tiempo. En el 2015 retomé el cancionero tradicional y los cantos a la tierra que no puedo dejar aunque mi salud no sea maravillosa. La certeza de no saber cuánto tiempo vas a estar sobre la tierra me llevó a decir: no quiero más polución, más ruido, ni comer comida que no es saludable; quiero estar rodeada de un jardín, llevar una vida muy austera, simple. Fue una salida a tiempo.

Tu dimensión política y poética se concreta en tu arte, en tu transmisión oral, hablando sobre tus raíces, sobre tu posición de género…

-Para mí fue muy importante llegar al feminismo en los años noventa, porque determinó una manera de atender y observar el mundo desde mi ser de mujer, de apropiarse del conocimiento desde nuestra propia historia. Tengo conciencia de mi herencia cultural guanacasteca, que no es mía, sino una estética de los pueblos campesinos agrícolas, la pasión por el arte de la palabra. La oralidad es ancestral. Además, existe una conexión muy profunda con la naturaleza. Debido a que tenemos poca agua y a los enormes calores, nuestro encuentro con la época de lluvias es mágico. Recuerdo que de niña cuando venían las lluvias entraba en un proceso de meditación. De ahí viene una filosofía anarquista que tengo: el movimiento constante de la naturaleza hace que no se repitan los procesos de la misma manera. Todo esto es un regalo recibido de mi cultura.

Sobre eso escribís y cantás

-Mis ataduras no son las relaciones amorosas, de pareja; son escribir, pintar, leer. Trabajo en el escenario buscando amor para ser amada, por eso hay que derrochar energía en la consecución de ese amor profundo. La gente te ama si sos honesto, si te abrís, si te das, esa es tu humildad. Yo hago un trabajo de conexión que toca las emociones de las personas porque me gusta tocar lo que es esencial y ancestral en nuestra vida, esa parte mágica, maravillosa, chamánica; y en la medida que lo haga, me toco a mí misma, y me despierto, y cuando una está despierta hace ruido y despierta a los demás.

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