El show político distrae la crisis

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El show político distrae la crisis.

Desde tiempos remotos, los jefes de reinos y clanes han recurrido al ardid para neutralizar o someter a sus súbditos. Panamá no es ajeno a esa práctica ejercida desde el poder. El caso penal que generó la extradición a este país del ex presidente Ricardo Martinelli confirma, una vez más, que un hecho de tipo circense puede servir para distraer a todos en tiempos de crisis.

Muchos han visto con asombro cómo un reo multimillonario es devuelto al país en condiciones de felicidad y gestos triunfalistas y, horas después, es llevado a un hospital, para ser atendido por médicos, a causa de una larga lista de padecimientos que podrían haber puesto su vida en riesgo. Ese show mediático hilarante tomó por sorpresa a un auditorio excesivamente confiado.

Sin embargo, a nadie debería sorprender que algo así ocurra a causa del desmoronamiento de instituciones y la aplicación de un modelo concentrador de riquezas, que da poder a un grupo privilegiado y somete a la pobreza y exclusión a comunidades que en forma progresiva han sido desprotegidas y vulneradas en sus derechos. Ello muestra una realidad que causa estupor.

Panamá sigue envuelta en las redes de la corrupción, el ultraje a su soberanía y la falta de equidad. Esas debilidades del sistema son las que mejor explican el resultado de un sistema judicial permeable a la venalidad de los jueces y a la fractura de pilares del Estado, en condiciones en que los panameños deben decidir el tipo de país que quisieran tener, más allá del que tienen.

El estallido de sucesivos escándalos financieros, el asalto a las arcas del Estado y el entreguismo como componente de la política exterior han sustituido antiguos valores de gobernabilidad que décadas atrás dieron a Panamá personalidad propia y una estatura negociadora en conflictos regionales. Hoy, es el circo y la farsa lo que sustituye la ardua búsqueda de cohesión del Estado.

Definitivamente, una realidad determinada por la burla, el fraude, la deuda y el engaño no debe ni puede ser aceptada por una población sensata que aspira a tener un país en el que predomine el decoro y la certeza del castigo en casos de corrupción de alto perfil. Con una reputación en riesgo y una Justicia desacreditada, está claro que la inversión nacional y extranjera se contraerá.

Es irrelevante ser adivino o mago para entender que el burdo show mediático trasladado a la esfera política tiene límites y terminará por cansar a un pueblo abrumado por los corruptos. Los panameños no deben subestimar la manipulación perversa ni resignarse a ello. En cambio, requieren la unidad del movimiento social para poner alto definitivo a la mafiocracia dominante.

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