El mundo busca en 2017 un equilibrio perdido

0
52
Donald Trump, durante un acto de la campaña electoral que le llevó a la Casa Blanca, en Manchester (New Hampshire) – Reuters.

De acuerdo con el análisis de Henry Kissinger, que habla de la presidencia de Donald Trump como una “extraordinaria oportunidad”, este año se dan las circunstancias para que algo notable se produzca en la escena internacional.

Por Pedro Rodríguez – Madrid | ABC Internacional

Súper K en la Trump Tower. Una de las imágenes más elocuentes para hacer balance del finiquitado 2016 puede ser la de Henry Kissinger peregrinando hasta el rascacielos en la Quinta Avenida de Manhattan donde reside el próximo presidente de EE.UU. A los 93 años, este león diplomático en mitad de su invierno vuelve a estar de moda. Rodeado como siempre por un intacto ejército de admiradores y detractores, ha vuelto para compartir su filosofía diplomática y hablar de la presidencia de Trump como una “extraordinaria oportunidad”.

Con toda su ironía vigente, Kissinger ha reconocido en una entrevista en el programa “Face The Nation” de la CBS que al contemplar el desembarco de Trump en las primarias “pensé que era un fenómeno transitorio”. Pero con admiración, considera que el magnate ha realizado un alarde de astucia política: “Le doy un enorme crédito por analizar la situación de EE.UU., desarrollar una estrategia, aplicarla contra el liderazgo de su propio partido y prevalecer… Ahora su reto es aplicar esa misma habilidad a la situación internacional”.

De acuerdo con el análisis de Kissinger, para 2017 se dan las circunstancias para que algo notable se produzca en la escena internacional por una combinación de dos factores. Primero, el gran vacío de poder dejado por la Doctrina Obama obsesionada con evitar estériles compromisos para EE.UU. tras los excesos de la Administración Bush. Y segundo, “un nuevo presidente que plantea un montón de preguntas poco familiares”.

Kissinger insiste en su pesimista visión del mundo. Ante la brutalidad de Daesh, declara la inexistencia de “reglas comunes salvo la ley de la fuerza superior”.

Por supuesto, a Kissinger no le gusta que Trump se haya estrenado multiplicando tensiones con China. A él más que nadie no se le olvida que gracias a la aproximación americana al gigante asiático en los años setenta, EE.UU. pudo dar un golpe de timón a la dinámica de la Guerra Fría. Como siempre, o por lo menos desde la Paz de Westfalia o el final de la Segunda Guerra Mundial, todo es una cuestión de equilibrio de poder entre grandes potencias. Aunque, por definición, el equilibrio sea inestable.

El mundo, de acuerdo a la visión realista de este académico de Harvard metido a “consigliere”, es más que nunca hostil y peligroso. En sintonía con el pragmatismo de Trump, Kissinger sigue insistiendo en la necesidad de estabilidad y el avance de intereses nacionales, en detrimento de nociones idealistas como la democracia o los derechos humanos.

En el que podría ser el último libro de Kissinger, “World Order”, no hay ni choque entre civilizaciones ni un triunfante final de la historia en virtud de la democracia y la economía de mercado. Se trata más bien de una exposición razonada de sus obsesiones: la búsqueda de un equilibrado orden internacional y la escuela de pensamiento realista, que evita como algo peligroso mezclar política exterior con valores morales.

El modelo de orden que Kissinger considera como arquetipo no es otro que la Paz de Westfalia, negociada en Europa al final de la Guerra de los Treinta Años (1618-1648). A su juicio, las condiciones en el Viejo Continente en mitad del siglo XVII se asemejan a las del mundo actual: “Una multiplicidad de unidades políticas, ninguna lo bastante poderosa como para derrotar a todas las demás”.

En aquel primer congreso diplomático moderno se adoptaron una serie de principios claros. De todos ellos, el más relevante sería consagrar al Estado –no los imperios, dinastías o religiones– como el “bloque constructor del orden europeo”. Una base estatal completada con autonomía soberana por la cual cada país signatario tenía “el derecho a elegir su propia estructura doméstica y orientación religiosa libre de intervención” (“cuius regio, eius religió”). Con el resultado de producir «un sistema de Estados independientes que evitan interferir en los asuntos domésticos de otros y que controlan sus ambiciones a través de un equilibrio general de poder”.

En definitiva, la paz de Westfalia según Kissinger creó un nuevo orden internacional sostenido por grandes estadistas concentrados en intereses nacionales y limitados por el concepto de balance de poder. A su juicio, el sistema de Westfalia fue un preludio de modernidad por su énfasis en “lo práctico y ecuménico” y por establecer un orden basado en “la multiplicidad y la moderación”.

Mundo cada vez más digital

Kissinger sigue insistiendo en su pesimista visión del mundo, y motivos no parecen faltarle en la actualidad. Ante la brutalidad desatada por Daesh, el autor declara la inexistencia de “reglas comunes salvo la ley de la fuerza superior”. A su juicio, tampoco parece existir alivio en lo referente a la proliferación de armas de destrucción masiva y “la persistencia de prácticas de genocidio”. A lo que se suman cuestiones como la peligrosa anarquía del ciberespacio, que en su opinión ha “revolucionado las vulnerabilidades” de un mundo cada vez más “online” y digital.

Con un panorama internacional entre lo problemático y lo catastrófico, casi perteneciente al estado de naturaleza hobbesiano, Kissinger argumenta que todo el mundo, “de forma insistente, a veces casi desesperadamente, busca un concepto de orden mundial”. Especialmente en un momento de la historia cuando “el caos amenaza por todas partes con una interdependencia sin precedentes”.

En cualquier caso, la gran insistencia de Súper K en la Trump Tower es que el mundo debería lograr por su propio bien un balance basado en «una acomodación práctica a la realidad, y no una extraordinaria comprensión moral».

Dejar una respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here