El fracaso de la intimidación gubernamental

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La política gubernamental en Panamá ha sido asociada a prácticas de intimidación y coerción de los poderes fácticos, como parte de un estilo desafiante dirigido a reducir a su mínima expresión a los sectores contestatarios. Su principal objetivo es imponer en forma autoritaria proyectos y negocios de los grupos económicos dominantes y someter por miedo al movimiento popular.

Sin embargo, como sucedió en fechas recientes en la castigada ciudad de Colón y en áreas indígenas del país, los mecanismos de fuerza utilizados por el oficialismo no han conseguido doblegar a poblaciones convencidas de que es necesario luchar con dignidad ante los abusos y la represión, fundamentalmente porque hay que reaccionar frente a la crisis política que atrapa al Estado.

Los actos arbitrarios suelen tener un resultado neutralizador en sociedades desorganizadas o golpeadas por hechos traumáticos, pero dejan de tener efecto disuasivo cuando se enfrentan con la resistencia de fuerzas que ganan popularidad y apoyo ante las diversas formas de castigo. En ese caso, los intentos punitivos se transforman en fracaso y en centro de masivos repudios.

El antiguo arsenal del descrédito, que consiste en arrojar lodo sobre la reputación de líderes populares, tampoco activa viejas alarmas públicas en gente indignada. El uso de esquiroles, saboteadores y divulgadores de “fake news” (noticias falsas) se estrella contra movimientos sociales que se apoyan en consensos comunitarios, la firmeza patriótica y acciones transparentes.

Para que un país avance con dignidad y se eleve en un contexto de desafíos, es necesario construirlo desde la base, con valentía y propuestas, y vencer a los antivalores. No hay justificación alguna para renunciar a la lucha contra los escándalos de corrupción y el entreguismo. El gobierno ya debería saber que ningún modelo autoritario podrá arrogarse el triunfo sobre pueblos en rebeldía.

La represión y la falsedad para sojuzgar son mecanismos que erosionan el camino a la paz. Quienes reprimen, buscan el predominio de los intereses de las cúpulas del capital financiero en un país fragmentado, pero olvidan el valor de las tradiciones y la resistencia en la formación de la conciencia colectiva, opuesta al clientelismo y a los vicios de un poder que se desmorona.

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